Apenas tres días después de posesionarse, el presidente Abelardo de la Espriella se puso al frente de la atención del terremoto de magnitud 7.4 que sacudió a Colombia el 10 de agosto. Desde las primeras horas, el mandatario asumió personalmente el liderazgo de la respuesta estatal y envió un mensaje claro a los afectados: “No están solos.
El Estado está presente y actuando”.
De la Espriella ordenó de inmediato la instalación de un Puesto de Mando Unificado en la sede de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) en Bogotá, con puestos adicionales en Armenia y Quibdó. Solicitó un reporte detallado de daños y necesidades urgentes, y reunió a su gabinete para declarar la situación de desastre nacional.
El mismo día visitó dos de las zonas más afectadas. Primero llegó a Quibdó, capital del Chocó (departamento del epicentro), donde se reunió con las autoridades locales, anunció un subsidio de arriendo para las familias que perdieron sus viviendas y aseguró que “nunca más será la tierra de los olvidados”.
Luego se trasladó a Cali, una de las ciudades con mayores daños, desde donde entregó un balance de la tragedia, confirmó la llegada de 228 rescatistas con equipos caninos y 105 ingenieros militares, y ordenó el refuerzo de más de mil hombres para resguardar el orden público.
La primera dama, Ana Lucía Pineda, y Tatiana Céspedes, esposa del vicepresidente, quedaron a cargo de la gestión de ayudas humanitarias. El presidente anunció además que este martes se desplazará al Eje Cafetero, especialmente a Pereira.
“Este es un gobierno que responde, que está comprometido con la gente y que nunca va a dejar solo a los ciudadanos”, dijo De la Espriella. En medio de la tragedia, con más de un centenar de fallecidos, el nuevo presidente optó por el liderazgo directo y la presencia en los territorios afectados.




