En Colombia existe una especie política que sobrevive a todos los ciclos electorales sin importar quién gane ni qué defendió ayer. Se llama lagarto. No es un insulto, es una descripción zoológica precisa: son de sangre fría, se camuflan con el entorno y siempre saben hacia dónde viene el calor.
Esta campaña los tuvo en abundancia. Los mismos rostros que estaban «convencidos» con Vicky Dávila, que en enero de 2026 descubrieron que Juan Carlos Pinzón era «el líder que Colombia necesitaba», que en marzo después de la consulta juraron que Paloma Valencia era «la única capaz de derrotar al petrismo», esos mismos rostros amanecieron este 1 de junio proclamándose firmes por la patria, guardianes de la democracia y soldados del Tigre.
El giro no requirió ninguna explicación. Tampoco ninguna disculpa por haber atacado, insultado y calumniado al candidato que esta noche obtuvo 10.328.955 votos.
El lagarto tiene una habilidad que ningún politólogo ha logrado explicar del todo: cambiar su discurso sin que le tiemble la voz.
Ayer De la Espriella era peligroso, populista, irresponsable. Hoy es el estadista que Colombia necesitaba. El tránsito entre una posición y la otra no toma más de doce horas y no requiere ninguna justificación pública.
Su segunda habilidad es convencer a los demás — y a veces a sí mismo — de que su apoyo es fundamental.
El lagarto no tiene votos. No arrastra bases, no mueve territorios, no representa a nadie más que a sí mismo. Pero tiene una capacidad extraordinaria para hacerse notar, para aparecer en la foto correcta, para que los demás crean que su cercanía al candidato es estratégica y no oportunista.
El escudo que siempre usan es el mismo: están salvando la democracia. No están buscando un contrato, una curul, un cargo o simplemente likes. Están sacrificando sus diferencias por el bien superior de Colombia.
Es el disfraz más viejo del oportunismo político y también el más efectivo porque es imposible de rebatir sin quedar como enemigo de la democracia.
Lo más revelador es que el lagarto no necesita hacer ese ejercicio. Podría simplemente votar por De la Espriella el 21 de junio, guardar silencio y tragarse en privado todos los insultos que profirió en su contra.
Nadie se lo impediría. Nadie se lo reprocharía. Pero el lagarto no puede quedarse quieto, necesita ser visto, necesita que sepan que está ahí, que su conversión fue pública y ruidosa y que por tanto merece reconocimiento.
Colombia tiene tres semanas de campaña antes de la segunda vuelta. Es tiempo suficiente para que el ecosistema lagartil complete su migración y llegue al nuevo poder con credenciales de siempre haber estado ahí. De la Espriella y su equipo ya saben quiénes son. El electorado que votó por él también.




