Editorial | El Expediente
Hay una escena que se repite en los pasillos del poder colombiano. Un periodista se acerca a un congresista, a un ministro, a un gobernador, y pide una foto. La obtiene, la publica, la acompaña de una frase de afecto y la guarda como credencial: miren a quién conozco. Después vienen la invitación al almuerzo, el viaje en la comitiva, el contrato de publicidad para la empesa de un socio, el cargo para un familiar. Ese oficio tiene un nombre popular en el país y lo conocemos todos: lagartería. Quien lo ejerce puede llamarse periodista, pero hace otra cosa.
No hablamos de la foto. Un reportero que cubre un acto público, que entrevista a un funcionario o que aparece junto a un presidente porque trabajaba ese día no hace nada reprochable. El problema comienza cuando el acercamiento es la finalidad. Cuando el contacto con el poder se busca no para preguntarle, sino para pertenecerle; cuando el círculo social del político pasa a ser el círculo del periodista; cuando el apoyo recibido, sea un favor, una pauta o una entrada, se convierte en la razón para no publicar lo que el lector tenía derecho a saber.
Ahí el daño es doble. Para el lector, porque ya no sabe si lo que lee es información o gratitud. Para el oficio, porque cada periodista que cambia independencia por cercanía le baja el precio a la palabra de los que no lo hacen. Kapuściński escribió que los cínicos no sirven para este oficio. Habría que agregar que los cortesanos tampoco: el cínico al menos desconfía del poder, el cortesano lo necesita.
La cercanía tiene una segunda consecuencia, menos comentada que el silencio: el ataque. El periodista que almorzó, viajó y departió a manteles con un político termina, con frecuencia, adoptando a sus enemigos. Las columnas, los trinos y los supuestos reportajes se dirigen entonces contra los rivales de su anfitrión, con la misma energía con la que se calla sobre él. Criticar a un adversario político no tiene nada de indebido; es parte del oficio, siempre que se haga con documentos y sin deudas de gratitud pendientes. Lo que delata el encargo es la dirección única: una dureza que cae solo de un lado y que llega, además, en el momento en que al protector le conviene. En esos casos el mapa de las fotografías explica la agenda del periodista mejor que cualquier investigación.
La prueba es sencilla y no depende de ninguna fotografía. Si mañana hubiera que publicar la historia más incómoda sobre quien aparece en esa foto, ¿el lector creería que el periodista la escribió sin contenerse? Y a la inversa: ¿ese mismo rigor lo aplica a los amigos y a los adversarios de quien lo recibe? Si la respuesta a la primera pregunta es no, o la dureza solo apunta en un sentido, el daño ya ocurrió, aunque nunca se haya escrito una línea de elogio. La independencia de un periodista no se declara: se infiere de lo que publica y de lo que calla.
Tampoco conviene engañarse con el argumento más repetido por quienes viven de esa cercanía: que el acceso es indispensable, que sin conocer a los políticos no hay fuentes. Es cierto que el periodismo necesita fuentes. Pero una fuente es alguien a quien se le pregunta, se le contrasta y, si hace falta, se le contradice. Un amigo es otra cosa. El periodista que depende del favor para obtener información termina publicando solo lo que le convenga al que se la da, y llama a eso acceso.
La responsabilidad no es solo individual. Muchos medios sostienen sus finanzas con la pauta oficial y premian en sus redacciones a quien mejor se lleva con la fuente. Mientras esa estructura exista, la lagartería seguirá siendo rentable, y lo que es rentable se reproduce. Por eso la independencia es también una decisión empresarial: separar el contenido comercial del editorial, decirle al lector cuándo algo es publicidad y negarse a que quien paga decida lo que se publica.
El periodismo no se mide por la cantidad de políticos que lo saludan, sino por la cantidad de veces que el poder prefiere que no se publique algo
