Por: El Expediente
Entró al M-19 a los quince años. Era 1979, Cali, y sus primeras tareas eran servir de mensajero entre el colectivo de la cárcel de Bucaramanga y el de La Picota. Sus compañeros de armas eran Eduardo Chávez y César Ucrós. Uno de sus compañeros de militancia en ese movimiento era un joven llamado Gustavo Petro. Hoy, cuarenta y siete años después, Carlos Alonso Lucio dirige el aparato programático de la campaña que busca derrotar al heredero político de ese mismo Petro. Pocas trayectorias en la política colombiana describen con tanta precisión los giros que ha dado este país.
Lucio nació en Cali el 2 de septiembre de 1964. Su familia era religiosa y tradicional, lo que no impidió que a los quince años decidiera unirse a la guerrilla urbana más creativa y audaz que ha producido Colombia. El M-19 no era una organización campesina ni una guerrilla de montaña: era un movimiento político y militar de ciudad, con operaciones tan simbólicas como el robo de la espada de Bolívar y la toma de la Embajada de la República Dominicana. Lucio creció en ese entorno, llegó a ser parte de su dirección y vivió desde adentro el proceso que culminó con la desmovilización del movimiento y la firma de la paz en 1990.
Lo que vino después fue una de las carreras políticas más turbulentas y fascinantes de la historia reciente del país. Tras la paz, Lucio se convirtió en Representante a la Cámara entre 1994 y 1998, y luego en Senador de la República entre 1998 y 2002. En el Congreso se hizo conocer como un hombre que no le tenía miedo a nadie: investigó la corrupción, cruzó las líneas partidistas con una libertad que desconcertaba a sus colegas y construyó una reputación de político incómodo para el establecimiento. Fue también abogado defensor del expresidente Ernesto Samper en el proceso del caso 8.000 y participó en negociaciones de paz con distintos grupos armados, incluyendo gestiones con el ELN que el propio gobierno de Pastrana desconoció públicamente.
Su trayectoria no estuvo libre de sombras. La Corte Suprema de Justicia lo condenó por estafa y falsa denuncia. Fue señalado de vínculos con el narcotráfico y el paramilitarismo. Tuvo que refugiarse en Cuba. Regresó. Y cuando parecía que su ciclo político había terminado, dio el giro más inesperado de todos: se convirtió al protestantismo, se ordenó pastor cristiano en la Iglesia Casa Sobre La Roca y fundó Palabra.com.co, un medio de diálogo social desde el que hizo grandes denuncias sobre los ataques a la iglesia protestante en Colombia. También se convirtió en empresario agrícola y ganadero. La vida de Lucio no tiene un solo capítulo, tiene varios que parecen pertenecer a personas distintas.
Lo que une todos esos capítulos es una convicción que nunca varió: que la violencia en la política es una línea roja que ningún proyecto democrático puede cruzar. Esa convicción, forjada en los años de la guerrilla y confirmada en los años del Congreso, es la que explica por qué un exmilitante que compartió filas con Gustavo Petro dirige hoy el aparato programático de la campaña que enfrenta al heredero de ese proyecto. Para Lucio, la diferencia no es ideológica: es la diferencia entre quienes usan la política para transformar y quienes la usan para dominar. Y ese es un diagnóstico que construyó desde adentro, no desde la tribuna.
En la campaña de Abelardo De La Espriella, Lucio se encargó de traducir las convicciones del candidato en un programa de gobierno coherente: seguridad, mano dura contra la delincuencia, veinte nuevos penales, defensa de la libre empresa, familia como núcleo de la sociedad y una visión del Estado que combina autoridad con libertades individuales. No es la agenda de alguien que llegó a la derecha por conveniencia. Es la agenda de alguien que recorrió el camino completo y llegó a sus propias conclusiones.
Tiene 61 años. Ha sido guerrillero, congresista, acusado, pastor, ganadero y estratega. Y en las últimas semanas antes del 21 de junio, está poniendo todo ese recorrido al servicio de la campaña más exitosa que ha producido Colombia en años recientes.




