Por: Gustavo Rugeles, director de El Expediente
Cuando Abelardo De La Espriella anunció a José Manuel Restrepo como su fórmula vicepresidencial, el escepticismo fue inmediato y casi unánime. La pregunta que circulaba en los corrillos políticos era legítima: un economista meticuloso, formado en la disciplina de los números y la aridez técnica de las cifras, acostumbrado a los auditorios universitarios y a las mesas de negociación, no parecía el perfil natural para una campaña que necesitaba fuego, calle y conexión emocional con un país profundamente hastiado.
Los escépticos tenían razón en lo que veían. Lo que no podían anticipar era lo que Restrepo guardaba debajo de esa apariencia técnica y contenida.
Con el paso de las semanas, José Manuel Restrepo fue revelando una dimensión que nadie había tenido ocasión de ver antes: la de un hombre genuinamente cercano, espontáneo sin artificio, capaz de recorrer la Colombia profunda con la misma comodidad con la que se mueve en un foro económico internacional. No aprendió a conectarse con la gente. Simplemente resultó ser así.
Sus detractores no encontraron otra cosa por criticarle que su falta de destreza en la pista de baile. Esos videos, que circularon con la intención de ridiculizarlo, terminaron produciendo el efecto contrario: mostraron a un hombre sin poses, sin la actuación calculada que caracteriza a tantos políticos colombianos cuando se acercan a las regiones. Mostraron a un José Manuel sin máscaras, y esa autenticidad resultó ser más poderosa que cualquier coreografía.
Restrepo le dio a la campaña del Tigre algo que ningún asesor puede fabricar: solidez técnica de altísimo nivel y, al mismo tiempo, el rostro más amable y humano de toda la fórmula. Es un fenómeno infrecuente en la política colombiana que la figura vicepresidencial sume sin restar, que complemente sin competir, que atraiga sin opacar. Restrepo lo logró con una naturalidad que desarmó incluso a sus críticos, quienes han tenido que reconocer, a regañadientes o no, sus virtudes como economista y como persona.
En el tramo final de la campaña, de cara a la segunda vuelta del 21 de junio, Restrepo se está recorriendo el país palmo a palmo. A donde llega, lo reciben con aplausos. No es el aplauso protocolar que se le tributa a un candidato por cortesía. Es el reconocimiento espontáneo a alguien en quien la gente percibe verdad.
Lo que ha construido esta fórmula no tiene antecedente claro en la historia política reciente de Colombia. Ni en los momentos de mayor fervor uribista se vio una combinación semejante de intensidad popular, respaldo transversal y cohesión entre los dos nombres de una misma tarjeta. Abelardo De La Espriella despertó el movimiento. José Manuel Restrepo lo convirtió en algo más amplio, más incluyente y más difícil de detener.
Resultó ser el mejor fichaje posible. Y nadie lo vio venir.




