Cuando Abelardo De La Espriella le contó a su esposa que quería lanzarse a la presidencia de Colombia, Ana Lucía Pineda le respondió que le parecía una idea loca. Y que lo respaldaba. Esa respuesta, dicha desde Italia donde la pareja vivía en ese momento, resume con precisión quién es esta mujer: alguien que no le huye a los retos, que pone la familia por delante de la comodidad y que cuando decide acompañar, lo hace con convicción total. Regresaron a Colombia y empezó la campaña. El resto es historia conocida.
Ana Lucía Pineda tiene 38 años, nació en Montería y estudió en el Colegio Británico de esa ciudad antes de trasladarse a Bogotá para graduarse como administradora de empresas en la Universidad Javeriana. Su formación no es la de alguien que se preparó para ser esposa de un candidato: es la de una mujer con criterio propio, visión empresarial y una trayectoria construida con independencia.
La historia de cómo se conocieron tiene la textura de las historias que duran. Abelardo la conoció desde que era una bebé, porque sus familias sostenían una amistad de años en Montería. Le lleva diez años. La volvió a ver cuando ella tenía 17 o 18 y estudiaba en Bogotá, la vio caminar por la calle y quedó flechado. Llamó a su madre y le dijo que había visto a una de las mellizas Pineda. Su madre, que conocía a la familia, arregló un encuentro en la oficina de Abelardo una semana después. Fue flechazo inmediato, según contó él mismo en entrevista con Tropicana.
Lo que vino después reveló de qué estaba hecha Ana Lucía. Al poco tiempo de iniciar el noviazgo, alguien envió un paquete bomba a la oficina de Abelardo. Su equipo de seguridad lo desactivó a tiempo. Ella estaba allí, haciendo quinto semestre en la Javeriana. Abelardo le dijo con toda la claridad del mundo: Llevamos 10 días de novios, aún estás a tiempo de saltar del barco porque lo que viene de aquí pa’ lante es jodido. Ana Lucía respondió: No, yo estoy firme. Dieciocho años después, cuatro hijos y una campaña presidencial más tarde, sigue estando firme.
Estuvo vinculada desde los primeros años a la construcción de De La Espriella Lawyers, donde trabajó en cumplimiento, calidad y selección de personal, los cimientos administrativos que le dieron estructura a la firma en sus etapas más exigentes. Luego fundó Amoree Gelateria y dirigió empresas en los sectores gastronómico, cultural y de entretenimiento en Estados Unidos. No es una empresaria de papel: es alguien que ha levantado proyectos desde cero en entornos competitivos y exigentes.
Con Abelardo lleva dieciocho años juntos, diecisiete de matrimonio, y tienen cuatro hijos: Lucía, Salvador, Filippo y Francesca. La familia es el centro de su vida y también el argumento más poderoso de la campaña: en un país donde la figura presidencial suele percibirse como distante y calculada, la imagen de Abelardo como padre de familia presente y enamorado de su esposa ha resonado con millones de colombianos que reconocen en eso algo genuino. En mayo de 2026, Abelardo publicó un video de su reencuentro con Ana Lucía en Medellín y escribió: Un día sin verla y siento como si hubiera pasado un año. Ella es mi todo. Sus seguidores lo compartieron miles de veces. No porque fuera un mensaje de campaña, sino precisamente porque no lo era.
Durante la campaña, Ana Lucía no fue solo la esposa que acompaña en los actos. Fue la gestora del movimiento Tigresas de la Patria, la iniciativa que sumó a mujeres de todo el país alrededor de la candidatura, convirtiendo el respaldo femenino en una de las columnas más visibles del movimiento. Compartió rutinas de ejercicio en sus redes, recorrió el país junto al candidato y le habló directamente a las mujeres colombianas con un mensaje claro: esto no es solo política, es una causa.
Su visión del rol de primera dama no es protocolar. Lo ha dicho con sus propias palabras: quiere ser una gestora social activa que trabaje por la mujer, por los niños y por las personas de la tercera edad. No una figura decorativa. Una mujer con agenda propia dentro de un proyecto político que ella ayudó a construir desde el principio, desde aquella conversación en Italia donde dijo que sí a la idea más loca. Y desde aquel día en la oficina donde dijo que no saltaba del barco. Esa es Ana Lucía Pineda.




