Por: Carlos Escobar
Para buena parte de la izquierda colombiana, Abelardo De La Espriella representa una amenaza directa. Su llegada desde fuera del círculo político tradicional rompió con la monotonía de linajes políticos, discursos ambiguos y partidos camaleónicos que habían mantenido al centro-derecha contenido y sin un mensaje firme sobre disciplina, propiedad privada y rechazo al comunismo.
Sin maquinaria electoral ni trayectoria burocrática, De La Espriella irrumpe con la autoridad que le da su experiencia en el sector privado: litigios, presencia mediática y emprendimiento.
No sigue el molde del político profesional; habla sin eufemismos y se comunica en emisoras y plataformas digitales con un lenguaje que conecta con la gente común, no con los analistas.
Un comunicador eficaz que incomoda a la izquierda
Esa capacidad comunicativa —retórica directa, imágenes virales y un tono confrontador— resulta profundamente irritante para la izquierda. No se trata de sofisticación académica, sino de eficacia mediática.
Su fuerza está en desmontar los formalismos que han paralizado al centro-derecha y en obligar a los actores políticos a definirse con claridad.
Esa habilidad para romper moldes hace que su mensaje circule con rapidez entre sectores ciudadanos que sienten que la política tradicional dejó de hablarles hace años.
El establishment, sin embargo, lo subestima por ser un “forastero”. Pero es justamente esa condición la que le otorga valor estratégico: altera patrones, obliga a clarificar posturas y propone una agenda de seguridad y ley firme sin concesiones.
En un país cansado de ambigüedades y discursos calculados, esa franqueza resulta seductora para un electorado silencioso que nunca encontró voz en los partidos tradicionales.
De La Espriella se convierte así en un catalizador para sectores que buscan orden, claridad y una ruptura con la narrativa hegemónica progresista.
El reto de construir poder sin perder coherencia
El principal obstáculo es el sistema político colombiano: para avanzar necesitará alianzas con las casas políticas tradicionales.
Si llega a una segunda vuelta presidencial deberá sentarse a negociar, un paso inevitable en el camino hacia cualquier posibilidad real de gobierno.
El desafío será conservar márgenes éticos mientras construye coaliciones amplias en un entorno donde las fronteras entre apoyo legítimo y clientelismo suelen difuminarse.
Como observación práctica, una propuesta temprana, seria y concreta sobre ciberseguridad podría marcar una diferencia sustancial.
No basta con el discurso: si De La Espriella se compromete a implementar una plataforma de verificación inspirada en modelos similares a los que promovió DOGE en los inicios del gobierno de Trump —algoritmos integrados a plataformas públicas para verificar procesos, costos y gastos, maximizando eficiencia y reduciendo riesgos de corrupción—, su oferta adquiriría credibilidad técnica y política.
Sería un paso que conectaría con el electorado que exige modernización estatal tanto como orden.
Personalmente, yo, Carlos Escobar, respaldaría una campaña de Abelardo De La Espriella siempre que su compromiso con la ciberseguridad no quede en la retórica, sino que se materialice en la implementación efectiva de una plataforma verificadora y transparente, con capacidades reales para auditar procesos y disminuir la corrupción.




