Por: Fernando Álvarez
Nadie sabe para quien trabaja. La juez con mal libreto que sin ocultar la saña condenó al expresidente Alvaro Uribe Vélez puede pasar a la historia como la protagonista del milagro de haber logrado el tiro por la culata en la jugada fraguada por el gobierno para golpear a Uribe y afectar las elecciones del 2026. El día de la sentencia en ejercicio de su mejor lucidez la juez terminó por meter en el ruedo a Tomás Uribe y lo que ha logrado es despertar algo que ni el propio expresidente se hubiera imaginado, que la gente empezara a pensar que no hay mal que por bien no venga, y que como Dios sabe cómo hace sus cosas, todo apunta a que le llegó el momento a su hijo mayor de tomar la posta y lanzarse a seguir la causa contra los designios de Petro y del Socialismo del Siglo XXI. El propósito era sacar a Uribe del juego en las elecciones del próximo año, ya que él es el principal líder de la oposición y ante el desprestigio y la corrupción del gobierno cualquier cosa podía ir en beneficio de quien sea quizás el único que estaba en capacidad de encabezar una cruzada para buscar el reemplazo de Petro. Y en primera instancia lo sacaron, pero metieron a su hijo.
Había que evitar a toda costa que Uribe dirigiera la campaña que propiciaría una derrota fulminante a la izquierda en Colombia. No se ahorraron esfuerzos desde el gobierno y haber nombrado ministro de justicia a quien fungía como víctima en el juicio a Uribe enviaba un contundente mensaje. Condenar a toda costa a Uribe. El juicio puso en evidencia la precariedad probatoria en contra del expresidente y los colombianos pudieron observar que los testigos se contradecían y que más bien quien salía muy mal librado era el senador comunista Iván Cepeda, antagonista de esta historia de falsos testigos y prebendas a hampones para que atestiguaran en contra de Uribe. La debilidad conceptual surtida con un mamotreto ideológico mal leído y pésimamente expuesto por la juez dejaron al descubierto que había manos ocultas e intenciones oscuras detrás de la estruendosa condena, a todas luces desproporcionada frente al déficit probatorio. Esta inquina manifiesta, en la que la gran ausente fue la imparcialidad, generó toda la solidaridad de los uribistas y como nadie hubiera pensado toda clase de manifestaciones reprobatorias por parte incluso de varios otrora enemigos acérrimos del expresidente Uribe. O sea que como en las tesis del técnico de futbol colombiano Francisco Maturana Uribe ganó perdiendo.
La tapa del papel histriónico de la juez sucedió cuando se fue lanza en ristre contra Tomás Uribe, el hijo mayor del expresidente. Hasta el punto que fue el único momento del juicio en que Uribe se indignó y le pidió enérgicamente a la juez que con su familia no se metiera. Acción y reacción pusieron a bailar el nombre de Tomás. Tomás Uribe no se ha destacado como dirigente político ni ha hecho pinitos para seguir el ejercicio de su padre, pero la encarnizada que se ha notado en este juicio lo ha llevado a pronunciarse y a enarbolar la causa de la justicia en contra de su instrumentalización con fines políticos. Y aunque nunca ha mostrado ambiciones políticas tiene casta y carisma, pero sobretodo goza de la principal condición que requiere Uribe en esta coyuntura, la lealtad. Con él está totalmente garantizado que no habría traición como le ha tocado soportar a Uribe en más de una ocasión en los últimos episodios de “el que diga Uribe”. Además, a pesar de que existen importantes dirigentes que podrían jugar un papel importante, en esta ocasión, lo principal que se requiere es alguien que una más fuerzas y no solo las del uribismo.
Tomás es probablemente el único que podría concitar las fuerzas de centro derecha y de centro que hasta el momento no se han visto convocadas ni en las filas uribistas, ni en las fuerzas que habría que juntar hoy para que Petro no se salga con la suya, de prolongar la agonía colombiana con otro gobierno de la mezcla perversa de izquierda y corrupción, si es que finalmente opta por permitir las elecciones. Tomás Uribe podría llegar a convertirse en el fenómeno que busca la sociedad colombiana para salir de este letargo en donde las encuestas no han mostrado un auténtico liderazgo. Ni en la derecha, ni en el centro, ni en la izquierda. Y como quiera que los enemigos normalmente no se heredan y la simpatía personal de Tomás Uribe no está en discusión puede más bien resultar la carta salvadora de un partido que sabe que sin Uribe en la arena aumentan en mucho las posibilidades de perder las elecciones. Los dirigentes y aspirantes a ser el escogido por Uribe, algunos con sobrados méritos, al principio se incomodarían, pero saben que este es el momento de anteponer egos y buscar la unidad para garantizar el triunfo.
Por el lado de los demás partidos, con un Germán Vargas Lleras que no une y un César Gaviria que desune, inicialmente harán mala cara y hablarán hasta de nepotismo, pero al final saben que el uno es medio delfín y el otro tiene que velar por el futuro de su delfín, y este conoce a cuál más que es mejor saber hacer cola y no patear la lonchera con temas sobre delfinazgos. Y hasta Andrés Pastrana se animaría porque con Nohra y los niños podrían vislumbrar la vigencia de la saga conservadora. El antiuribismo de algunos es personal y ante las maniobras de la extrema izquierda para sacar a Alvaro Uribe del ring, ha disminuido el voltaje. Los antituribistas saben que lo que comenzó con este juicio puede no dejar títere con cabeza en la Colombia democrática. La justicia como arma política no presagia una respuesta de sálvese quien pueda ya que nadie por más pasional que sea puede sentir que podría alegrarse porque la canoa está haciendo agua solo por el lado del vecino. El temor a lo que es capaz de hacer Petro, hoy por hoy, obliga a los demócratas de todos los rincones patrios a hacer causa común. Eso hará que todos a una apoyen a Tomás y no esperar a que les toque ver para creer.




