Por: Johana Baldovino
Tan pronto se conoció el resultado electoral del pasado domingo con el triunfo de Abelardo de la Espriella, el presidente Gustavo Petro salió a desconocer la validez del escrutinio. Aunque no sorprendió porque los colombianos ya estamos acostumbrados a que al jefe de estado de vez en vez se le dispare un reto a las instituciones, sí logró estremecer. Se revivió con algo de escalofrío la escena venezolana de hace dos años cuando el entonces dictador Nicolás Maduro decidió negar los resultados que daban ganador a Edmundo González, candidato de la oposición, en medio de una sensación de frustración y tristeza en la que el pesimismo volvió a ser la rutina. En Colombia se prendieron las alarmas y hoy se presiente que para el 21 de junio algo van a hacer.
El enardecido discurso antifascista y la actitud desafiante pretende un levantamiento popular sí su candidato, Iván Cepeda, no gana en la segunda vuelta. Esto me trajo a la memoria esas películas de dictadores comunistas que arengaban contra el fascismo en el antiguo Bloque Soviético antes de la caída del Muro de Berlín. Nicolae Ceausescu en Rumania, Gustáv Husák en Checoeslovaquia, Wojciech Jaruzelski en Polonia, János Kádár en Hungría, Todor Zhivkov en Bulgaria o Enver Hoxa en Albania, quienes agitaban banderas del socialismo internacional y prometían un mundo mejor, pero sometieron durante 70 años a medio continente europeo. Esa falta de libertad y ese enfoque de lucha de clases fue lo que estudió y aprendió Cepeda y es lo que asusta.
Los jóvenes no conocieron esta historia y por eso algunos creen en esos discursos supuestamente revolucionarios. Tampoco recuerda nuestra generación las masacres a poblaciones enteras, asaltos bancarios, tomas guerrilleras, violaciones de niñas reclutadas a la fuerza y sometidas sexualmente desde su infancia por los comunistas de las FARC, el ELN y un sinnúmero de siglas subversivas que han ensangrentado nuestra nación, reducido a la población civil y sometido a la juventud campesina a toda clase de vejámenes durante 70 años, como los comunistas de la Cortina de Hierro. Da pánico ver a Petro igualando a Maduro, calcando a Hugo Chávez, copiando a Fidel Castro e imitando al “Che” Guevara. No sería raro que por estos días aparezca con boina roja.
No han entendido los jóvenes que le creen al Pacto Histórico la tragedia que protagonizó el M 19, el grupo guerrillero que surgió como disidencia de las FARC y del cual se siente orgulloso militante el presidente Gustavo Petro, cuando se tomó por asalto el Palacio de Justicia y fueron quemados y fusilados los magistrados que habían sido sus profesores en la Universidad Externado de Colombia. Tampoco entiende la juventud lo que advierte el constitucionalista Mauricio Gaona, hijo del presidente de la Corte Suprema, Manuel Gaona Cruz, inmolado en ese atroz acto criminal, cuando dice que estas elecciones pueden ser las ultimas de la democracia en Colombia porque Petro y su heredero quieren una constituyente para acabar con el Estado de Derecho.
Ya es muy tarde para cambiar la opinión de aquellos jóvenes que se han dejado alienar por el carreto socialista de Gustavo Petro, o se han dejado embaucar por la idea de que la masacre del Palacio de Justicia fue una genialidad del M 19, o que el símbolo de la corrupción política durante décadas, Armando Benedetti, es un loco revolucionario y heroico. O que Petro castigó ejemplarmente las prácticas corruptas de su secretaria privada, Laura Sarabia y la envió como Embajadora en Londres, que las maletas de dinero y las bolsas con billetes son una forma de administrar recursos propios. Que los polígrafos en los sótanos de Palacio y los diplomas falsos de Juliana Guerrero, su niña consentida, no son delitos sino actos de persecución por ser mujer, negra y pobre.
Lástima que la oposición a Gustavo Petro haya sido tan mediocre. Le criticaban sus zapatos Ferragamo, los tenis de una ministra y los bailes arrítmicos de la primera dama. Le criticaban su tufo, la lengua arrastrada y su aspecto desordenado en apariciones publicas y sus elucubraciones de soñar con ser un líder intergaláctico. Le criticaban sus operaciones estéticas o sus implantes de pelo. Pero muy pocos se pusieron la camiseta para debatir con argumentos sólidos y demostrar, por ejemplo, la irresponsabilidad económica al pretender aumentar el salario mínimo sin tener en cuenta las mínimas variables de inflación o de productividad.
Poco se escuchó a la oposición debatir si era jurídicamente viable pagar ladrones para que no roben y no maten por un celular.Ahora esos mismos opositores critican a Abelardo de la Espriella por no usar medias, por no comer ajiaco, por sus juegos infantiles con gatos y lo descalifican con adjetivos elitistas y excluyentes de corroncho, fantoche o fanfarrón, o por usar chaleco y tarimas de acrílico antibalas.
Pero pocos confrontan sus propuestas de entregar las cárceles a contratistas privados o de reducción del estado que afecta el empleo o la no viabilidad de digitalizar la tramitología porque robotiza el trabajo.
Sergio Fajardo, con semejante estatura académica, se limitó a criticar a El Tigre por usar el verbo destripar en vez de desbaratar o desvertebrar, al crimen organizado, por haber sido ateo y luego converso o por maltratador de mujeres al bromear con la comediante de un programa de humor. Y es que al paso que van ya no serán tibios, sino congelados porque sí se mira la calidad argumentativa de Claudia López, que se siente un faro en la lucha contra la corrupción y ataca a De la Espriella con frases de cajón por haber sido defensor de delincuentes como si eso contaminara por ejercer el derecho.
Quienes siguen a Fajardo y a Claudia aún no se enteran de que la gente ya no se mueve por repeticiones acusatorias ni por señalamientos desde posturas inmaculadas. Hoy la gente quiere ver el talante para enfrentar crisis y la garra que se tiene para liderar causas. Ya no se sensibiliza con la insinuación insulsa o sin pruebas, ahora se entusiasma con alguien como El Tigre que da nombres propios de los compradores de votos y de los traficantes de conciencias.El desespero de los petristas en su tácito reconocimiento de la pérdida del fervor de la gente puede terminar con furiosos coletazos que aceleren el proceso de asalto a la voluntad popular.
Dios nos libre, pero la soberbia de Petro, que cada vez más demuestra que es suicida, lo puede llevar a intentar darle un zarpazo de hiena a El Tigre y defraudar al electorado el 21 de junio. Aunque en sana lógica sería bueno dejarlos que se muerdan la cola, pero el peligro es que pueden poner un petardo a la democracia que termine en un proceso irreversible. No hay que olvidar que en el alma guerrillera subsiste un Ricaurte en San Mateo en átomos volando que está dispuesto como los ladrones a que si no se lo pueden robar lo destruyen.




