Por: El Expediente
El sábado 6 de noviembre de 1985, en la casa de los Gaona en Bogotá, un niño observó a su padre salir hacia el Palacio de Justicia con una ponencia bajo el brazo. Mauricio Gaona tenía entonces la edad suficiente para notar algo que solo entendería del todo años después: la tensión en el rostro de Manuel Gaona Cruz, magistrado de la Sala Constitucional de la Corte Suprema, que llevaba semanas recibiendo cartas de amenaza firmadas por el cartel de Medellín. El documento que cargaba esa mañana era la ponencia que dejaba en firme el tratado de extradición con Estados Unidos, la herramienta jurídica que Pablo Escobar más temía en el mundo. Al día siguiente, un comando del M-19 tomó el Palacio por asalto. Manuel Gaona murió con tres disparos a corta distancia, en la sien, la nuca y el omóplato, después de negarse a servir de escudo humano a sus captores. Su cuerpo fue arrojado por las escaleras del edificio en llamas para que el Ejército lo viera.
Cuarenta años después, ese niño que vio salir a su padre por última vez es hoy uno de los constitucionalistas colombianos con mayor proyección internacional, y el mismo hombre que Abelardo de la Espriella escogió para representar a Colombia ante las Naciones Unidas. La coincidencia no es menor ni casual: Mauricio Gaona ha dedicado buena parte de su vida adulta a reconstruir, con el rigor de un investigador forense, lo que ocurrió aquellas 28 horas en el Palacio de Justicia. Documentó la trayectoria de las balas, contrastó testimonios, contradijo versiones oficiales y extraoficiales por igual, y llegó a enfrentarse públicamente, en un debate radial memorable de junio de 2025, con el entonces ministro de Justicia Eduardo Montealegre, antiguo alumno de su padre en el Externado. La tesis que ha sostenido durante años y que la Comisión de la Verdad de la propia Corte Suprema terminó por confirmar en 2025 es que su padre fue asesinado por el M-19, en momentos en que el gobierno de Gustavo Petro, exintegrante de esa guerrilla, insinuaba una versión distinta sobre la responsabilidad de esa muerte.
Formado con honores en la Universidad Externado de Colombia, la misma casa de estudios donde su padre enseñó derecho constitucional, Gaona construyó después una carrera académica que lo llevó por Harvard, McGill, UCLA, Oxford, Cambridge y la Universidad París II Panthéon-Assas. Es doctor en Derecho con especialidad en Derechos Humanos, magíster en Derecho Internacional y máster en Derecho de la Unión Europea, y ha ejercido como profesor investigador y analista internacional en instituciones de cuatro continentes. En 2023 publicó el libro La Constitución soy yo, un título que resume su preocupación central como jurista: el riesgo de que un poder ejecutivo se confunda a sí mismo con el orden constitucional que debería servir. Esa misma inquietud lo llevó a participar activamente en el debate público durante la última campaña presidencial colombiana, alertando sobre lo que consideraba amenazas al equilibrio de poderes bajo el gobierno saliente.
El nombramiento anunciado este lunes por De la Espriella llega en medio de un reordenamiento drástico del servicio exterior colombiano: el propio presidente electo confirmó, horas antes, que su gobierno cerrará al menos catorce embajadas y varios consulados como parte de un ajuste que él mismo describe como necesario para «recuperar el prestigio internacional del país». Gaona reemplazará en Nueva York a Leonor Zalabata, defensora de derechos humanos y primera mujer indígena en ocupar la representación permanente de Colombia ante la ONU. El contraste entre ambos perfiles, uno construido desde el activismo étnico y otro desde la academia jurídica de élite, ilustra con precisión el giro que el nuevo gobierno busca imprimirle a la diplomacia colombiana.
Lo que separa a Gaona de la mayoría de los diplomáticos que ocuparán cargos similares en este gobierno no es solamente su currículo, extenso incluso para los estándares exigentes de la ONU. Es que su relación con el derecho internacional y los derechos humanos no nació de un interés profesional elegido en abstracto, sino de una pérdida concreta que marcó su infancia y que, con el tiempo, se convirtió en oficio: pasó de ser el niño que vio a su padre salir con una ponencia bajo el brazo, a ser el hombre que estudió durante años, en las aulas más prestigiosas del planeta, precisamente aquello que a su padre le costó la vida defender. Ahora llevará esa misma vocación a la sede de Naciones Unidas en Nueva York, en representación de un país cuya historia reciente, la de su propia familia incluida, sigue disputándose entre versiones enfrentadas sobre quién defendió realmente la institucionalidad y quién la destruyó.
