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Trump: del aislacionismo al hiperactivismo estratégico

por El Expediente
enero 5, 2026
en Opinión
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Una Colombia llena de problemas
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Por: Jair Peña Gómez

Por un largo tiempo, críticos y simpatizantes dibujaron y describieron la misma caricatura: Donald Trump sería el gran aislacionista del siglo XXI, el presidente que quería encerrar a Estados Unidos detrás de sus fronteras y renunciar a su papel histórico como garante del orden internacional. La realidad —como suele ocurrir— terminó siendo distinta y bastante más compleja que lo que indicaban dichos lugares comunes.


Un reciente análisis de National Review lo explica muy acertadamente, «Trump no es un aislacionista, sino un presidente hiperactivo en materia de política exterior, inclinado a intervenciones quirúrgicas, de bajo riesgo relativo, diseñadas para eliminar amenazas concretas y reforzar la capacidad disuasiva de Estados Unidos». Dicho de otro modo: menos guerras interminables, más golpes precisos. Menos retórica wilsoniana y más cálculo estratégico.


Ese giro no es accidental. Es el reconocimiento tardío —pero ya irreversible— de que la era de la falsa autosuficiencia y del repliegue acomodaticio ha terminado. En un mundo multipolar, fragmentado, violento y crecientemente autoritario, Estados Unidos puede renunciar a liderar… pero no puede escapar de las consecuencias de no hacerlo.
Intervenir sin permanecer


Trump no volvió al intervencionismo clásico de Irak o Afganistán. Tampoco abrazó el aislacionismo nostálgico de los años treinta. Lo que emergió es algo distinto: intervención selectiva, breve, quirúrgica y explícitamente instrumental.


Ucrania es el primer ejemplo. Washington no ha abandonado el tablero europeo ni ha entregado Kiev a Moscú, pero tampoco ha comprado la fantasía de una guerra moral ilimitada. El mensaje ha sido claro: apoyo militar, sí; cheque en blanco, no. Presión diplomática, sí; sacrificio indefinido del interés nacional estadounidense, no. No es retirada: es jerarquización de prioridades.
Irán ofrece una versión aún más explícita del mismo enfoque.

Los ataques estadounidenses contra instalaciones estratégicas no buscaron “cambiar el régimen” ni exportar democracia, sino imponer costos reales a un actor que cruzó líneas rojas. El objetivo no fue convencer, sino disuadir. No fue pedagogía liberal; fue realismo armado.


En Yemen, la campaña contra los hutíes siguió la misma lógica. Estados Unidos no se convirtió en árbitro del conflicto interno, pero sí dejó claro que la libre navegación y la seguridad del comercio global no son negociables. Golpear, degastar, retirarse. Un patrón que se repite.


Nigeria —con operaciones discretas y puntuales contra células yihadistas— confirma que este hiperactivismo no necesita cámaras ni discursos solemnes. Basta con que el mensaje llegue al destinatario correcto. Y luego está Venezuela.


El mensaje que ya nadie esperaba
La captura de Nicolás Maduro marcó un punto de inflexión. No sólo por el hecho en sí —un jefe de Estado arrestado en una operación relámpago— sino por lo que simboliza: el retorno explícito del poder estadounidense al hemisferio occidental, sin complejos y sin tanta retórica.


Durante años, Washington toleró la ficción de que Venezuela era un problema interno, regional o diplomático. Trump rompió esa inercia. La operación no fue humanitaria ni multilateral. Fue estratégica. Un golpe directo a una narcodictadura alineada con Rusia, Irán y redes criminales transnacionales.


El mensaje fue doble. Para el régimen en Caracas: el tiempo de la impunidad terminó. Para el resto del mundo: Estados Unidos vuelve a actuar cuando sus intereses —y los del mundo libre— son desafiados de manera frontal.


¿Un nuevo intervencionismo?


Aquí aparece una figura clave: Marco Rubio. Como secretario de Estado, Rubio encarna una tradición que muchos daban por enterrada: la convicción de que el poder estadounidense no es un problema en sí mismo, sino una herramienta que, usada con inteligencia, puede estabilizar regiones enteras.


Rubio no cree en la neutralidad moral frente a las dictaduras, pero tampoco en la ocupación permanente. Su visión —claramente neoconservadora— combina valores y fuerza, pero con un realismo táctico que el siglo XXI impone. No se trata de salvar al mundo; se trata de evitar que el mundo se vuelva ingobernable.


Así pues, Trump no abandonó el “America First”. Lo redefinió. Primero Estados Unidos no significa Estados Unidos en solitario. Significa Estados Unidos decidiendo cuándo, cómo y por qué intervenir, sin pedir permiso ni ofrecer disculpas.


La pregunta ya no es si Estados Unidos debe liderar. La pregunta es si el mundo está preparado para cómo lo hará en esta nueva etapa.

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