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Saturno devorando a su hijo: la obra que Goya pintó hace 200 años en las paredes de su casa describe con una precisión inquietante lo que Petro le está haciendo a Colombia y a su candidato Iván Cepeda

por El Expediente
junio 8, 2026
en Ciudadanas
Tiempo de leer:3 mins read
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Saturno devorando a su hijo: la obra que Goya pintó hace 200 años en las paredes de su casa describe con una precisión inquietante lo que Petro le está haciendo a Colombia y a su candidato Iván Cepeda
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Francisco de Goya tenía 73 años, era completamente sordo y vivía solo cuando pintó esto. No lo pintó para una catedral ni para un rey. Lo pintó en la pared de su comedor.

La obra no tiene título original. Nadie sabe con certeza cómo la llamó Goya, ni si le puso algún nombre. Los inventarios posteriores a su muerte la registraron simplemente como «Saturno». El título que el mundo conoce hoy se lo pusieron otros.Mide 143 centímetros de alto por 81 de ancho. Está pintada directamente sobre yeso con una mezcla de óleo y técnica mural — una decisión técnica insólita que ningún otro pintor de su tiempo tomó para una obra de esa naturaleza. No era un cuadro. Era una pared. Su comedor.

El mito que Goya eligió tiene una precisión que no es accidental. Saturno — Cronos para los griegos — era el dios del tiempo. Gobernaba el universo hasta que una profecía le reveló que uno de sus propios hijos lo destronaría. Su respuesta fue la única que le parecía lógica: devorarlos a todos al nacer. Devoró a seis. El séptimo — Zeus — fue escondido por su madre, quien le entregó a Cronos una piedra envuelta en pañales. Zeus creció, regresó y cumplió la profecía. El poder que destruye lo que crea para no perder lo que tiene. El miedo al sucesor convertido en canibalismo.

La figura de Saturno surge de la oscuridad absoluta. Los ojos son lo primero que impactan: enormes, desorbitados, blancos, con una expresión que mezcla el terror con la furia. No es la mirada de un dios todopoderoso. Es la mirada de un hombre aterrorizado por lo que hace y que no puede parar de hacerlo. Las manos son garras. Los nudillos blancos de la tensión. Aprietan el cuerpo del hijo con la desesperación de quien sabe que lo que sostiene puede salvarlo o hundirlo.

El cuerpo del hijo ya no tiene cabeza. La ha comido. Está comenzando con el brazo izquierdo. El cuerpo es adulto — no un bebé como en el mito original. Goya lo cambió deliberadamente. No es inocencia lo que se destruye. Es vida plena, futuro concreto, un hombre que ya existía. La sangre es el único color cálido de la obra. Todo lo demás es negro, gris, ocre cadáver.

Goya pintó las catorce Pinturas Negras entre 1819 y 1823 en las paredes de su casa a orillas del río Manzanares. Vivía solo. Era sordo desde 1792. Había sobrevivido la invasión napoleónica, la Inquisición, la restauración del absolutismo de Fernando VII y una enfermedad que casi lo mató en 1819. España se devoraba a sí misma. Fernando VII había abolido la Constitución de Cádiz en 1814, prometido restaurarla bajo presión militar en 1820 y luego, con el apoyo de la Santa Alianza europea, vuelto a suprimirla en 1823 con una invasión francesa. El absolutismo que devoraba la modernidad cada vez que esta asomaba la cabeza.

Las pinturas nunca fueron vistas por el público durante la vida de Goya. Las pintó para sí mismo en las paredes de su casa. No eran decoración en ningún sentido convencional del término. Eran, en el sentido más literal posible, lo que vivía dentro de su cabeza. En 1823, cuando terminó las pinturas, huyó a Burdeos. Donó la casa a su nieto y nunca regresó. Murió en el exilio en 1828.

Existe una leyenda parcialmente documentada: que en la versión original de la pared, la figura de Saturno tenía una erección. Esa zona se perdió con el deterioro del mural o fue eliminada durante su transferencia a lienzo en 1874. Lo que queda es suficientemente perturbador. Lo que se perdió añade una capa de significado que los especialistas no han terminado de procesar: el poder que destruye y que simultáneamente afirma su propia vitalidad en el acto de destruir.

El cuadro cuelga hoy en el Museo del Prado de Madrid. Goya lo pintó porque era lo que veía cada vez que miraba a su alrededor: el poder aterrorizado ante su propio fin, devorando todo lo que creó antes de soltarlo.El mito de Saturno no tiene fecha de vencimiento. Tampoco cambia según la latitud. En cualquier época y en cualquier país, el dios que devora a sus hijos para no ser destronado termina igual que Saturno: solo en la oscuridad, con las manos ensangrentadas, mirando con ojos desorbitados el momento en que Zeus regresa a cumplir la profecía.Colombia vota el 21 de junio

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