Por: El Expediente – 24 de julio de 2026
El 11 de agosto de 2020, un periodista – activista con quince años de trayectoria en una de las revistas más influyentes del país recibió, sin previo aviso ni llamada, un mensaje de WhatsApp. Era escueto, casi administrativo: le agradecían los servicios prestados y le informaban que su columna terminaba ahí. Era Daniel Coronell. Quien envió el mensaje no fue el director editorial de la revista, como hubiera correspondido en cualquier redacción del mundo, sino la gerente general: Sandra Suárez. La escena, que Coronell hizo pública casi de inmediato, quedó como una de las imágenes más nítidas de cómo opera Sandra Suárez cuando tiene que tomar una decisión incómoda: rápido, sin rodeos, y sin que el peso simbólico del otro lado de la mesa la haga dudar. Ese hecho le generó amenazas y una camñaña de desprestigio en su contra que no le afectó el lo absoluto.
Ese mismo temperamento, frío para ejecutar, leal a quien la contrata, indiferente al ruido que genere, es, casi dos décadas después de haber sido una de las ministras más jóvenes de la historia reciente del país, lo que hoy la lleva a manejar el presupuesto social más grande del Estado colombiano.
Suárez nació en Medellín y entró a la vida pública por una puerta que pocos funcionarios transitan: la publicidad. Antes de la política fue gerente de mercadeo de la firma de cosméticos Yardley y directora de comunicaciones de la operadora celular Occel, un oficio que le enseñó, según ha contado ella misma, a pensar en términos de mensaje, percepción y ejecución antes que de burocracia.
En 1999 se sumó como coordinadora de agenda a la campaña presidencial de Álvaro Uribe Vélez, y cuando este llegó al poder en 2002 la nombró alta consejera para el Plan Colombia, el programa de cooperación con Estados Unidos contra el narcotráfico. Ahí lideró Familias Guardabosques, una estrategia que pagaba a campesinos de zonas cocaleras, Putumayo, Tolima, Norte de Santander, por cuidar el bosque en lugar de sembrar coca, y amplió Familias en Acción, el programa insignia de transferencias condicionadas de esa administración.
En noviembre de 2003, con apenas 34 años, Uribe la nombró ministra de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, convirtiéndola en una de las titulares de cartera más jóvenes que ha tenido un gabinete colombiano en las últimas dos décadas. Durante su gestión promovió el trasvase del río Guarinó, un proyecto hidroeléctrico que generó fuerte oposición ambiental y social en Caldas y Tolima, y que hasta hoy se cita como uno de los episodios más discutidos de su paso por el ministerio.
Salió del Gobierno en 2006 hacia lo que ella misma describe como su verdadera vocación: la gerencia. Fue vicepresidenta corporativa de Desarrollo de Talento en una multilatina con operaciones en tres países, directora de Salud Pública en Pfizer, y en 2016 asumió la gerencia general de Publicaciones Semana, cargo que sostuvo durante siete años consecutivos, un tiempo extraordinariamente largo para la alta gerencia mediática colombiana, atravesando además uno de los cambios más delicados en la historia reciente de esa casa editorial: la llegada del capital de la familia Gilinski a la revista.
Mientras buena parte del equipo editorial tradicional de Semana sentía el remezón de la nueva propiedad, Suárez se mantuvo, ejecutando los recortes y ajustes que exigía el nuevo control accionario, el mismo tipo de decisión fría que poco tiempo después terminaría con la salida de Coronell.
Ese nivel de confianza construido con los Gilinski se puso a prueba, y se confirmó, en 2025, cuando Vicky Dávila la nombró gerente de su campaña presidencial. Desde ese cargo, Suárez administró el movimiento Valientes y su proceso de recolección de firmas, financiado en un 88 % —2.100 millones de pesos, según los reportes oficiales ante el Consejo Nacional Electoral— por Gabriel Gilinski, dueño de Semana.
Mientras dirigía esa campaña, Suárez mantuvo también su rol como asesora no exclusiva de Publicaciones Semana al frente del Círculo de Mujeres, así como su lugar en la junta directiva de la compañía junto al propio Gilinski.
Lejos de representar un conflicto, esa doble función ilustra el tipo de relación que Suárez ha cultivado con quienes la contratan a lo largo de los años: una confianza tan sólida que le permite operar simultáneamente en distintos frentes del mismo círculo de poder, sin que eso genere fricción ni cuestionamientos desde adentro.
Cuando la candidatura de Dávila se desplomó, Suárez no se replegó a la vida privada: en mayo de 2026 anunció, en una carta pública de dos páginas, su respaldo a Abelardo de la Espriella, a quien dijo conocer «personalmente hace más de dos décadas en el ejercicio profesional», destacando su «disciplina» y su «forma rigurosa y metódica de trabajar».
En el mismo texto dedicó también elogios a Paloma Valencia, la rival interna de De la Espriella en ese momento, un gesto que reveló algo de su estilo político: construir puentes incluso al tomar partido, sin quemar del todo ninguna relación.
Hoy se define en su perfil profesional como mentora, coach ejecutiva y conferencista, presidenta de capítulo de la red internacional de liderazgo Vistage, una faceta de desarrollo humano que convive, en su hoja de vida, con la frialdad operativa que ha demostrado en los momentos más duros de su carrera.
Esa combinación, origen en el mercadeo, paso temprano por la arquitectura social del Estado con Familias Guardabosques y Familias en Acción, años de gerencia bajo presión en uno de los medios más influyentes del país, y una capacidad demostrada de gestionar simultáneamente distintos frentes de confianza dentro de un mismo círculo de poder, es exactamente el perfil que ahora hereda Prosperidad Social, la entidad encargada de administrar los programas sociales más grandes del Estado colombiano: transferencias a millones de familias vulnerables, atención a víctimas del conflicto, el pilar solidario de la reforma pensional y buena parte de la política de lucha contra la pobreza extrema del país.
Suárez llega con la reputación de saber ejecutar sin titubeos y de sostener la confianza de quienes la respaldan durante décadas. El reto ahora es distinto a cualquiera que haya enfrentado antes: no gestionar la reputación de un medio o el dinero de una campaña, sino el bienestar directo de millones de colombianos que dependen de que esos recursos lleguen exactamente a donde deben llegar.




