Por: Jair Peña Gómez
Cuenta una leyenda ampliamente extendida que el soberano macedonio, Alejandro Magno, dormía cada noche con una daga y una copia de la Ilíada en su cabecera. El joven conquistador, educado por Aristóteles, había leído que la Guerra de Troya no vio su fin por medio de un tratado de paz, sino a través del ingenio y la fuerza de un gran caballo de madera.
En ese mismo sentido, cuando los atenienses, en el marco de la Guerra del Peloponeso, se enfrentaron a los melios que apelaron a la justicia, respondieron con una sentencia tan brutal como vigente: «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Esa máxima, inscrita en el libro V de la Historia de Tucídides, no es un elogio de la crueldad, sino un recordatorio de que el poder no se mendiga, se ejerce.
Dichas lecciones clásicas parecen haber sido olvidadas por los artífices de la política de «paz total», que no ha traído paz, sino todo lo contrario: una rendición encubierta del Gobierno y del Estado de Derecho. Los números no mienten. El Departamento de Estado de los Estados Unidos, en septiembre de 2025, descertificó a Colombia en la lucha contra las drogas, aduciendo —con toda razón— que los cultivos de coca habían alcanzado niveles récord durante la administración Petro. Se estima que, para este año, Colombia tiene alrededor de 260.000 hectáreas sembradas de coca.
Esto, en realidad, es sólo la punta del iceberg. La Fundación Ideas para la Paz reportó en enero que los grupos armados superan los 27.000 integrantes y generan ingresos anuales cercanos a los 149 billones de pesos, el doble del presupuesto de defensa colombiano. Esas cifras en frío no comunican mucho, pero la tragedia humana es desgarradora. Al menos 257 niños fueron reclutados forzosamente en 2025, y más de 250.000 personas han sido desplazadas o confinadas.
En Putumayo, Guaviare, Vaupés, Cauca y otros departamentos, los grupos armados imponen toques de queda y prohibiciones de prácticas espirituales indígenas. Básicamente se convirtieron en un Estado paralelo que ha vuelto más importante el carné del frente que la cédula de ciudadanía.
Ante este desastre, hay quienes insisten en que la solución a los problemas de seguridad en el país pasa por más diálogos y concesiones. ¿Pero hasta cuándo?, porque la historia reciente nos enseña lo contrario. Hans Morgenthau observó que «la política internacional, como toda política, es una lucha por el poder». Aunque el argumento fue concebido para explicar las relaciones entre Estados, resulta válida también dentro de las fronteras nacionales. Cuando el Estado pierde capacidad coercitiva, otros actores compiten por llenar el vacío. No hay espacios vacíos en política: el poder que abandona una institución es ocupado —casi de manera inmediata— por otra.
Resulta de bobalicones creer que organizaciones al margen de la ley, cuya existencia depende del narcotráfico, la extorsión, el secuestro y la minería ilegal, abandonarán voluntariamente sus negocios a cambio de buenas intenciones. Lo dijo Kissinger con su característica claridad, la búsqueda de la paz sin equilibrio constituye una de las grandes ilusiones de nuestro tiempo. La negociación puede ser una herramienta valiosa, pero únicamente cuando se desarrolla desde una posición de fuerza y no de absoluta debilidad.
Los romanos resumieron esa verdad en una sentencia que ha perdurado por siglos: si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepárate para la guerra). No porque la guerra sea deseable, sino porque la fuerza legítima es una condición previa e impostergable para la paz duradera.
En otros términos, Colombia necesita recuperar el control efectivo de su territorio. Y eso se logra, primero, con voluntad política; segundo, fortaleciendo las Fuerzas Militares; tercero, respetando y haciendo respetar el orden y la ley. Esas son condiciones sine qua non para que, llegado el día de la negociación, el Estado sea quien imponga las condiciones de la capitulación y no quien desde una posición genuflexa ruegue un acuerdo de entendimiento.
Volviendo a Alejandro Magno, cuenta Plutarco, que no conquistó el mundo con discursos, sino con falanges y mano de hierro. Pero el gran rey también comentó: «Todo lo que ganamos por nuestra espada no es seguro ni duradero; el amor ganado por la bondad y la moderación es cierto y duradero». Empero, antes del amor, viene el orden, porque la paz que no descansa sobre la fuerza no es paz: es tregua, ilusión, calma que precede a la tormenta… Y Colombia, señores, ya ha tenido demasiadas tormentas.




