La noche del sábado 30 de mayo, horas antes de que se abrieran las urnas, Abelardo de la Espriella anticipó en su entrevista con Westcol lo que ocurriría esta noche: que toda la clase política que acompañó a Paloma Valencia llegaría a buscar un lugar en su campaña. Y dejó un mensaje claro: «No me voy a dejar extorsionar.»
El resultado del 31 de mayo confirmó su predicción con precisión. Valencia obtuvo el 6,92% de los votos y esta noche anunció su apoyo a De la Espriella. Detrás de ella vendrán los partidos, los congresistas, los dirigentes regionales y los operadores políticos que durante meses lo atacaron, lo compararon con Petro y apostaron por otro caballo.
La posición de De la Espriella no es nueva. Días antes de la primera vuelta había declarado: «No voy a tender puentes con corruptos y con gente que le ha hecho daño a Colombia. Voy a gobernar con la gente decente.»
La tensión para la segunda vuelta es real. De la Espriella necesita sumar votos — los 664.361 que lo separan de Cepeda en primera vuelta se pueden remontar, pero la geografía electoral muestra territorios donde sin estructura política el camino es más difícil.
La clase política que él rechaza tiene exactamente esa estructura. Pero su campaña llegó hasta aquí sin maquinaria. Sin los partidos tradicionales. Sin repartijas. Con 10.328.955 votos construidos desde la ciudadanía.
Ceder ahora el modelo que lo trajo hasta aquí, a tres semanas de la victoria, sería la contradicción más costosa de su proyecto político.
«Ya no hay espacio para la indiferencia. Esta será la batalla más grande de nuestras vidas para derrotar para siempre el comunismo y salvar nuestra patria», declaró De la Espriella esta noche ante sus seguidores en Barranquilla. Su alianza, dijo, es con el pueblo. No con los que llegan a cobrar.




