Hoy no se decide un presidente. Se decide el rumbo de Colombia

Por: Carolina Toro

Nunca quise hacer política. Lo digo con absoluta sinceridad.

Soy abogada de la Universidad del Rosario, una institución que ha formado presidentes, magistrados, ministros y algunos de los más importantes líderes de la vida pública colombiana. Sin embargo, desde muy joven tomé una decisión distinta. Mientras muchos encontraban en la política una vocación, yo preferí construir mi camino por fuera de ella.

Durante años observé ese mundo desde la distancia. Creía que para prosperar en política había que aceptar dinámicas con las que no me sentía cómoda. Pensaba que demasiadas veces las lealtades personales terminaban pesando más que los principios, que los padrinazgos abrían más puertas que el mérito y que era necesario hacer concesiones que yo no estaba dispuesta a hacer.

Por eso elegí otro camino.

Construí mi carrera profesional en el sector privado. Trabajé, estudié, me preparé y asumí responsabilidades que me enseñaron el valor del esfuerzo, la disciplina y los resultados. Más adelante también tuve la oportunidad de asesorar entidades públicas desde mi experiencia profesional, pero siempre entendí esa labor como un aporte técnico y profesional, no como el inicio de una carrera política.

Durante mucho tiempo pensé que esa sería mi relación con los asuntos públicos: observar, analizar y, ocasionalmente, opinar.

Pero en 2019 algo cambió. Comencé a escribir columnas de opinión. Lo hice porque entendí que el debate público no podía quedar únicamente en manos de quienes ejercían el poder o aspiraban a él. Descubrí que las ideas importan. Que las palabras importan. Que los ciudadanos también tienen el deber de participar en las conversaciones que determinan el rumbo de un país.

Tuve el honor de ser reconocida durante varios años por el panel de líderes de opinión de Cifras y Conceptos entre las columnistas destacadas del país. Lo recibí con gratitud, pero también con una enorme responsabilidad: la de seguir escribiendo con independencia, sin compromisos políticos y sin deberle favores a nadie. Sin embargo, escribir columnas era una cosa, lo que vino después fue completamente distinto. Jamás imaginé abrir una cuenta en X para participar activamente en el debate nacional, jamás imaginé pasar cientos de horas escuchando y participando en Spaces con colombianos de todas las regiones y jamás imaginé abrir un canal de YouTube para entrevistar personas, analizar noticias, contrastar información y aportar mi voz a una conversación que consideraba cada vez más importante.

Mucho menos imaginé que terminaría dedicando buena parte de mi tiempo libre a intentar equilibrar una discusión pública que, a mi juicio, se inclinaba cada vez más hacia una sola narrativa, la de la izquierda.

No lo hice porque aspirara a un cargo público, no lo hice porque perteneciera a una campaña, no lo hice porque alguien me lo pidiera. Lo hice porque llegó un momento en que guardar silencio dejó de parecerme una opción responsable; vi cómo el deterioro de la seguridad comenzaba a normalizarse, vi cómo el reclutamiento de menores por parte de organizaciones criminales dejaba de generar la indignación nacional que debería provocar, vi cómo comunidades enteras volvían a convivir con la extorsión, el miedo y la ausencia efectiva del Estado, vi cómo los escándalos ocupaban titulares una semana tras otra hasta convertirse en parte del paisaje cotidiano, vi cómo el mérito parecía perder espacio frente a discursos que castigaban el éxito, el emprendimiento y la iniciativa privada, vi cómo la confrontación permanente reemplazaba la construcción de consensos.

Y entendí que no bastaba con observar, había que participar. Mi aporte ha sido pequeño, una cuenta en X, cientos de horas escuchando y participando en Spaces, un canal de YouTube que nació de la convicción de que los ciudadanos también deben tener voz. Entrevistas, conversaciones, análisis, muchas horas intentando comprender mejor lo que ocurre en nuestro país y una que otra intervención en medios para expresar mi opinión.

Nada comparable con las grandes maquinarias políticas, pero suficiente para confirmar algo que siempre he creído: la democracia no se defiende únicamente desde las instituciones. También se defiende cuando ciudadanos comunes deciden involucrarse.

Por eso hoy quiero dirigirme especialmente a quienes aún no han decidido su voto, a quienes están pensando abstenerse, a quienes consideran votar en blanco, a quienes sienten frustración, cansancio o desencanto. Los entiendo. Colombia ha vivido demasiadas decepciones, demasiadas promesas incumplidas y demasiadas razones para desconfiar.

Pero precisamente por eso, esta vez no participar también tiene consecuencias. La abstención no castiga a los políticos; la abstención simplemente deja que otros decidan por nosotros.

Y aunque respeto profundamente el voto en blanco como expresión democrática, también creo que hoy Colombia enfrenta una decisión muy trascendental para limitarse a expresar inconformidad. No estamos eligiendo un candidato perfecto, porque no existe. Estamos eligiendo un rumbo.

Estamos decidiendo si queremos un país donde la seguridad vuelva a ser prioridad. Si queremos un país donde los niños estén en los colegios y no en manos de grupos criminales.

Si queremos un país donde el esfuerzo, el trabajo y el mérito vuelvan a ser motores de progreso.

Si queremos instituciones fuertes y respetadas.

Si queremos una economía que genere oportunidades para millones de colombianos.

Si queremos recuperar la confianza en que el futuro puede ser mejor.

Yo ya tomé mi decisión. La tomé después de meses de reflexión, de lectura, de entrevistas y de conversaciones con cientos de colombianos. La tomé pensando en mis hijas, la tomé pensando en el país al que espero regresar algún día con la tranquilidad de saber que avanza en la dirección correcta. La tomé pensando en una Colombia donde los ciudadanos honestos tengan más oportunidades que los criminales, donde la ley se respete, donde la libertad se valore y donde el mérito vuelva a ocupar el lugar que nunca debió perder.

Ayer ejercí mi derecho al voto, lo hice con una lágrima y una oración. Una lágrima por las preocupaciones que compartimos millones de colombianos y una oración porque sigo creyendo que este país tiene todo para salir adelante. Por eso voté por Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo.

Respeto a quienes llegaron a una conclusión distinta.

Pero a quienes aún no han decidido, les pido algo muy simple:

No renuncien a su voz, no permitan que otros decidan por ustedes. Analicen, reflexionen, comparen y voten.

Porque hoy no se decide únicamente quién ocupará la Casa de Nariño, hoy se decide el rumbo de Colombia y esa decisión pertenece a todos.

CAROLINA TORO @CarolinaToro

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