Por: Fernando Torres Mejía
La naturaleza tiene una extraña e implacable forma de recordarnos nuestra absoluta fragilidad. Una vez ocurrido el temblor de este lunes, las redes sociales colapsaron de inmediato con reportes de ciudadanos asustados, mensajes de verificación y llamadas a la calma. Sin embargo, ni la furia repentina de la tierra fue capaz de frenar, ni siquiera por unos minutos, la profunda polarización y el veneno ideológico que enferman a los colombianos. Ante un fenómeno telúrico que debería unirnos en el pánico compartido y en la solidaridad inmediata, la criatura digital se desató para mostrar su peor cara.
Resulta profundamente doloroso y alarmante ver cómo ciertos sectores político-partidistas convierten una tragedia en potencia o un susto nacional en un trofeo efímero para ganar interacciones y aplausos virtuales. No vale la pena otorgarle protagonismo ni menciones directas a los autores de semejantes desfachateces, pues su único objetivo es el escándalo, a pesar de tratarse de «personajes» con notable reconocimiento en cada orilla política. Sin embargo, sí es imperativo reflexionar con seriedad sobre el nivel de descomposición al que hemos llegado. Con el temblor fresco en la memoria colectiva, aparecieron publicaciones inaceptables que rozan la miseria humana.
Desde orillas afines a la derecha extrema se lanzaron frases tan desobligantes como aquella que rezaba: «Zurdos hdp tiemblen y Colombia tembló». Una burla insensible frente a un evento que puso en riesgo la vida de miles de compatriotas, utilizada burdamente para estigmatizar al adversario político bajo la lógica del odio mutuo. O que tal este ¨No me pidan empatía por el Temblor en el Choco. Se les recuerda que es una zona petista que casi nos condena a una presidencia de Cepeda. Abelardo no debería ni darles un vaso de agua. Que sufran esos zurdos aptas. Este tipo de expresiones son reprochables bajo cualquier punto de vista.
Del otro lado del espectro, sectores de la izquierda radical no se quedaron atrás, publicando mensajes igualmente disparatados al señalar: «Sintieron el temblor. «Es la madre naturaleza avisándonos que debemos luchar contra el fascismo». Otro escribió «Honestamente no creo en eso de las señales o designios, pero no deja de ser llamativo que haya ocurrido tremendo terremoto de 7.4 en el primer día hábil del gobierno de Abelardo de la Espriella y lo haya cogido durmiendo por la borrachera que seguramente se metió ayer en Medellin». Por si fuera poco, comentarios mesiánicos e incoherentes del tipo «La tierra grita y quién escucha sus mensajes» terminaron de completar un cuadro dantesco donde las placas tectónicas parecen interpretarse según la conveniencia ideológica de turno.
Como analista político y, sobre todo, como un ciudadano profundamente preocupado por el rumbo de esta sociedad, resulta angustioso constatar que en Colombia ya no existen espacios sagrados ni treguas humanitarias. La grieta ideológica se ha vuelto tan profunda que cualquier eventualidad, por más natural y devastadora que sea, se instrumentaliza para humillar al oponente. Nada, absolutamente nada justifica que ante un evento de esta magnitud se hagan comentarios tan mezquinos tan solo por sumar unos cuantos «likes» y demostrar desprecio hacia el contradictor. Jugar con el miedo, con la zozobra y con la vulnerabilidad de la gente es cruzar una línea ética inadmisible que corroe los cimientos de la convivencia nacional.
Esta situación refleja un síntoma patológico de nuestra democracia. Hemos permitido que el fanatismo nos deshumanice hasta el punto de celebrar o trivializar el peligro ajeno si este proviene de quienes piensan diferente. La política electoral y el debate ideológico son legítimos, pero subordinar la empatía básica a la necesidad de lanzar un insulto en redes sociales demuestra un vacío moral colectivo que debería avergonzarnos a todos, sin importar el bando. Con la seguridad humana, con la integridad física y con la zozobra de las familias no se juega bajo ninguna circunstancia.
Es urgente hacer un llamado nacional a la cordura y al respeto mutuo. La crispación permanente en la que nos han sumergido las trincheras digitales nos está robando la capacidad de reconocernos como seres humanos antes que como votantes de izquierda o de derecha. Si somos incapaces de detenernos un momento cuando la tierra se mueve bajo nuestros pies para cuidar al vecino y dejar de destilar bilis partidista, difícilmente podremos construir un futuro viable para este país.
El verdadero reto que enfrentamos los colombianos no es derrotar al adversario en una discusión digital, sino rescatar la decencia y la sensatez del secuestro al que las redes sociales las han sometido. Necesitamos con urgencia frenar esta espiral de hostilidad antes de que el siguiente remezón termine por derrumbar lo poco que nos queda de fraternidad, comprobando con tristeza que la naturaleza solo refleja nuestra propia agitación cuando la tierra tiembla y el odio se alborota.
