Por: Manuela Arango
El suelo de la patria “ruge”. No es un eco cualquiera; es el crujido de una nación que se debate en una encrucijada histórica y existencial, emulando los días agónicos en que el noble Reino de Jerusalén se vio al borde del asedio final y un Rey Balduino IV de Jerusalén, a pesar de su fragilidad física, se negaba a entregar este destino. En este rincón del mundo, las elecciones de Colombia deponen su carácter de mero trámite burocrático para transformarse en una auténtica batalla de los Cuernos de Hattin: un choque definitivo entre la caballería que defiende la ley y la Cruz de las instituciones, y las fuerzas que buscan desunir el reino desde sus cimientos para entregarlo al asediador.
La conspiración de Outre-mer: El Barón disidente y el asedio interno
En los pasillos más oscuros de la corte, allí donde las nieblas de la intriga ocultan las verdaderas intenciones de poder, se mueve la figura de Iván Cepeda. En esta crónica de resistencia, Cepeda asume el papel del Barón disidente (como aquellos que en la Jerusalén histórica anteponían sus ambiciones feudales a la supervivencia de la Corona): el noble que no busca la victoria en el campo de honor abierto, sino el poder mediante la conspiración y la tregua vergonzosa, tejiendo alianzas proscritas con los enemigos históricos de la República para desmantelar el Consejo de Estado. Para quienes ven en él una amenaza al orden constitucional, su estrategia evoca la del traidor que debilita las murallas de la ciudad desde dentro:
La alianza con los sitiadores: Mientras los grupos armados esparcen la crueldad en los campos, quemando casas campesinas y ejecutando con tiros de gracia a sus moradores, sembrando el terror con la misma frialdad con la que las huestes enemigas asolaban los principados cruzados, Cepeda actúa como el embajador que les otorga perdón y legitimidad. Justifica la violencia bajo el manto de una política denominada “La Paz Total”, una paz claudicante ante el invasor, que Cepeda continuará, según lo ha declarado abiertamente.
El pacto de la Habana como la capitulación de la corte: La firma de los acuerdos se asemeja al momento en que facciones cortesanas pactaron treguas humillantes a expensas del honor del reino. Sus críticos denuncian que en esa negociación se entregó la dignidad de la justicia, permitiendo impunidades lacerantes y abriendo la puerta a la desprotección de los más vulnerables. A la luz de estos acuerdos, los grupos armados se han sentido en libertad y siguen reclutando niños. Es una vergüenza insoportable. Resulta doloroso constatar que, bajo la sombra de estos acuerdos, los grupos armados actúan con total impunidad, sintiéndose en plena libertad para continuar el atroz reclutamiento de menores. Esta criminal práctica solo logra inflar la ya devastadora cifra de 18.677 víctimas documentadas por la JEP, una herencia de dolor del gobierno actual y de gobiernos anteriores, que se niega a desaparecer. Los acuerdos se han convertido en un permiso tácito para que nuestra juventud campesina siga siendo arrastrada a las filas del horror en las fronteras olvidadas; el ejemplo más reciente es la masacre de 11 niños en combates entre disidencias en el Guaviare. ¡Es inadmisible que Iván Cepeda, sin un ápice de pudor, se jacte de llevar más de 14 años negociando procesos de paz, mientras el país se desangra con una alarmante cifra de muertos y un crecimiento descontrolado de los narcocultivos! Su insistencia en no levantarse de la mesa, ante esta barbarie, es una afrenta a la dignidad nacional.
La primera línea: Los mercenarios del asedio: Cuando la intriga política no basta para desestabilizar, el estratega encuentra en la «Primera Línea» a su fuerza de choque urbana. Una facción encapuchada, armada con escudos de vicio y fuego, que sitió las ciudades del país de la misma forma en que los rebeldes sitiaban las fortalezas reales, desgastando la resistencia civil y sembrando el caos en la vida diaria de los ciudadanos.
«No busca la armonía bajo la luz de la justicia; busca fracturar el país desde dentro, ofreciendo una falsa tregua a cambio de la rendición total de las leyes ante el asediador».
El guardián de la era cruz: Balduino y la voluntad de hierro
Al otro lado del campo de batalla, donde el sol aún brilla sobre el acero de la legalidad, se alza Abelardo de la Espriella. Él encarna la voluntad indomable del Rey Balduino IV de Jerusalén: el protector del orden institucional que, a pesar de los ataques y la adversidad, sostiene el estandarte. Es un hombre que no necesita esconderse tras capuchas ni pactar con señores de la guerra ilegales para defender a Colombia. Su fuerza proviene de la educación, el carácter y la defensa irrestricta del código de honor constitucional.
Quienes ven en Abelardo al defensor de las libertades del reino destacan las virtudes que lo convierten en el paladín de este relato:
La forja del conocimiento: Su mente ha sido esculpida en las academias más estrictas, el equivalente moderno a las enseñanzas de los grandes sabios de Outremer. Su dominio del Derecho es su espada de Estado: una hoja templada en el estudio constante, la elocuencia y el respeto a los fueros. Sin alianzas con la criminalidad ni pactos en la clandestinidad, su renombre se debe al peso de sus argumentos en los tribunales de la opinión pública.
La máscara de hierro y el escudo de la toga: Ejercer la defensa en una tierra fracturada por el conflicto es una tarea de alto riesgo. Por asumir causas complejas y portar la toga con orgullo frente a poderosos adversarios (como Balduino portando su máscara y armadura ante Saladino), Abelardo ha cargado con el estigma y las calumnias de los pregoneros enemigos. Sin embargo, en la lógica del caballero, cada abolladura en su armadura es una prueba de que ha estado en el centro de la batalla protegiendo el debido proceso, cambiando su tranquilidad por la seguridad de un chaleco antibalas.
La filantropía en el gran asedio: Cuando la peste de la pandemia cayó sobre el territorio, paralizando el mundo y hundiendo en angustia a los pobladores, Abelardo demostró que su nobleza no se limita a las cortes de justicia. Mientras otros hacían política con la miseria, él financió de su propio bolsillo la compra directa de cosechas enteras a los campesinos atrapados en el olvido rural, salvando vidas y demostrando que la verdadera bondad se ejerce con el auxilio directo al pueblo, fortaleciendo el «reino» desde sus bases.
El choque de dos visiones en Jerusalén
Iván Cepeda (La facción de la tregua)
Origen del poder: Pactos con señores de la guerra, amnistías a la insurgencia y movilización de choque en las calles.
Acción en la crisis: Respaldo a las milicias urbanas de la Primera Línea y validación política de las guerrillas asediadoras.
Percepción pública: Arquitecto de un modelo que debilita el castigo legal y la Corona para favorecer a actores criminales externos e internos.
Abelardo de la Espriella (La voluntad de hierro de Balduino)
Origen del poder: Educación rigurosa, éxito legítimo en los tribunales y defensa de la Constitución (la Vera Cruz institucional).
Acción en la crisis: Filantropía directa, salvamento económico de campesinos vulnerables durante el asedio de la pandemia, becas estudiantiles para jóvenes de bajos recursos.
Percepción pública: Defensor inquebrantable de las instituciones, dispuesto a soportar la difamación y el dolor físico por su labor de contención.
El desenlace en las urnas del reino
La batalla por Colombia no se librará con espadas de metal ni en los muros de Acre, sino con tarjetones electorales que definirán si el reino sobrevive o cae ante el asedio y la oscuridad. Iván Cepeda y las huestes del Pacto Oficialista avanzan con la confianza de quienes creen haber cercado la democracia mediante la combinación de la agitación social y la erosión moral de los valores tradicionales. Su visión es clara: si no estás de acuerdo con sus maneras, entonces solo te queda el destierro.
Desolador leer las palabras de Iván Cepeda, quien, con un desdén profundo, lanza una invitación dolorosa al exilio: «Si no te gusta Colombia, nuestra gente, nuestra cultura y nuestra comida: ¿POR QUÉ NO TE VAS DEL PAÍS?».
Esa invitación al abandono, a la rendición, nos deja una amarga certeza: cuando habla de «nuestra gente», su definición excluye. No habla de los ciudadanos que, con sacrificio y apegados a la ley, defendemos la institucionalidad. Tampoco habla de quienes nos resistimos a arrodillarnos ante una barbarie perpetua, esa violencia interminable ejercida por grupos criminales que, lejos de detenerse, no han dejado de delinquir. Es desesperante ver cómo, ante el panorama electoral, esta barbarie solo se recrudece, volviéndose más salvaje y despiadada.
Pero lo que quiebra el alma por completo, lo que te sume en la más absoluta impotencia, es pensar en esos 11 niños. Imaginar el terror indecible que debieron experimentar en sus últimos momentos… Y luego, la maldad inefable de que sus propios verdugos, con un desprecio inhumano, coloquen explosivos en sus cuerpos inertes para multiplicar el dolor y la destrucción. Tanta maldad nos deja sin palabras, solo con una pena infinita que no encuentra consuelo.
¡Pero en esta Jerusalén moderna! La resistencia civil encuentra en figuras como Abelardo de la Espriella una voluntad de hierro, un muro de contención institucional y una defensa de un país donde incluso los detractores son bienvenidos. Es el choque definitivo entre la capitulación ante el terror disfrazado de «cambio», y la defensa orgullosa del mérito, la legalidad y la patria. Las urnas dictarán si Colombia se entrega a los conspiradores y sitiadores, o si se mantiene como el bastión eterno de una nación que se negó a morir, y se convirtió en “La patria milagro”.
“Un rey puede mover a un hombre, un padre puede reclamar a un hijo, pero recuerda que incluso cuando quienes te mueven sean reyes o hombres de poder, tu alma está solo en tu custodia. Cuando te presentes ante Dios, no puedes decir: ‘Pero otros me dijeron que hiciera esto”. Esto no será suficiente. Recuerda eso.» Balduino IV




