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De Mandela a Petro, la gran diferencia

por El Expediente
junio 29, 2024
en Opinión
Tiempo de leer:5 mins read
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LA INVOLUCIÓN DE GOBIERNO DE IZQUIERDA 
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Por: TC (r) Gustavo Roa C

La corriente política mundial auto denominada, como “progresistas”, ha generado gran cantidad de pseudo líderes en todo el mundo, pero especialmente en América Latina, donde el “progresismo”, pretende avanzar con una propuesta política utópica, no solo en planteamientos sociales y económicos, sino también en la inexistencia de infraestructuras y respaldo de elementos productivos, como el estímulo a la inversión privada nacional y extranjera, estímulo al mercado de capitales, desarrollo y crecimiento del libre comercio y  estímulos arancelarios a los sectores productivos, que permita al Estado, captar y administrar recursos suficientes.

Pero esa inmensa cantidad de promesas, que los autodenominados “progresistas”, proclaman con tanto cinismo, se ha convertido en un objetivo psicológico para lograr aumentar el fanatismo, basado en promesas y artilugios, dirigidos a sectores de la sociedad plenamente identificados. La conocida teoría de la “filosofía del engaño”, la cual, utilizando como premisa, la ignorancia, pobreza y necesidades no satisfechas, de diversos sectores de la población, presentes en países industrializados, pero fenómenos mucho más numerosos, en aquellos en vía de desarrollo.

Surgen como los mesías, algunos victimizándose como producto de oscuros pasados matizados por la violencia y el terror, asegura que salvarán a los países de futuros inciertos, pero sus apocalípticos objetivos, terminarán por destrozar naciones, acabar sus economías, generar climas altamente inseguros, profundizar las brechas sociales, estimular el odio, la venganza y la retaliación, como fundamentos de su propuesta política.

Nelson Mandela, nos deja muchas enseñanzas relacionadas, en esta época, que los seudo líderes populistas, germinan como mala yerba en un jardín, especialmente en América Latina, que se ha convertido en terreno propicio para sus egoístas y pútridos intereses. 

 Nelson Mandela, fue un verdadero fenómeno mundial, este sudafricano, luchó con respeto y dignidad, en contra del Apartheid, esa injusta segregación racial estimulada por la minoría blanca hacia los negros, razón por la cual, fue injustamente privado de la libertad en 1962 y durante 27 largos años, cuando se adelantó el denominado proceso de Rivonia, que lo halló culpable, por su presunta conspiración, contra intereses del poder blanco.

Mandela, cumplió su sentencia, en condiciones inhumanas, en la prisión de Robben y posteriormente fue trasladado a la prisión de Pollsmoor y finalizó sus 27 años de privación a la libertad en la prisión de Victor Vester. Ya entrado en años, recobró su libertad, a los 72 años, gracias al proceso de abolición de la segregación racista, iniciado por su antecesor el presidente Frederick Klerk, a finales del año 1989. Teniendo en cuenta que no había ejecutado ninguna acción violenta o terrorista, contra el estado sudafricano, sino simplemente, expresar una posición política de igualdad y respeto, la justicia sudafricana, lo absolvió. 

Mandela, ya como hombre público y restablecidos todos sus derechos ciudadanos, demostró su altísima calidad como ser humano, ante blancos y negros, contrario a algunos pseudo líderes, latinoamericanos, los cuales construyen, sus plataformas de gobernanza, sobre el discurso delirante de la estigmatización y victimización, creando siniestras y peligrosas tendencias populistas, con la práctica de los más bajos instintos como, el odio, el resentimiento, la violencia y destrucción, de lo construido.

Nelson Mandela, fue detenido no por subversivo o terrorista, ni por levantar las armas contra su pueblo, tampoco por cometer genocidios, secuestros, extorsiones, ni por convertirse con el tiempo, en aliado del narcotráfico. No, Nelson Mandela fue detenido por su defensa irrestricta a la libertad e igualdad, sin la práctica de crueles actos terroristas. Mandela fue un pensador, un conciliador, un generador del espíritu de reconciliación para una nación dividida y fracturada socialmente, fue un constructor de la unidad nacional, a partir de la diferencia y del respeto. Con un pensamiento y un desprendimiento a toda prueba, hacia el poder, como arma para tomar venganza, fue en cambio, digno de reconocimiento de seguidores y antagonistas. Invitó a los que ayer eran sus victimarios, para que hoy se unieran a su causa y con respeto y consideración, formaran parte en la construcción de la nueva Sudáfrica.

Qué gran diferencia y antagonismo filosófico, con siniestros personajes de América Latina, que hoy son verdaderos botafuegos en cada una de sus expresiones públicas. Colombia está viviendo en estos momentos, una indescifrable situación y angustia colectiva, el actual gobierno, se ha convertido en una pesadilla diaria, para sectores de oposición, que disienten profundamente, de su estilo de gobierno, enmarcado por la inoperancia, la improvisación y la amenaza.

La clase media y el sector productivo, han sido el blanco de sus políticas populistas. La defensa de organizaciones y prácticas al margen de la ley, ha tenido el beneplácito del gobierno, que trata estos sectores con “mano de pianista”, mientras a los ciudadanos que observan la ley y que nunca han levantado las armas ilegales, para atacar a su propio pueblo, reciben el desdén del gobierno.

Mandela a diferencia de Petro, estimulaba la relación respetuosa entre inversionistas extranjeros y nacionales, sector productivo de Sudáfrica y clases trabajadoras, blancos y negros, ricos y pobres, izquierdistas o de derecha, católicos o ateos. Convirtió el deporte nacional a través del equipo de rugby “sprinboks” en una herramienta vital, para unir a blancos y negros, ricos y pobres y para convertir el objetivo nacional en una hegemonía popular, a través del olvido y perdón por los actos cometidos injustamente, en contra de él.

Mandela entendió como muy pocos, el deseo social y la propuesta económica planteado por Carlos Marx, pero desechó y se alejó totalmente, de la utópica estrategia de la fuerza, para lograr el fin, propuestos por el filósofo alemán, padre del comunismo moderno, el cual afirmaba que se debía utilizar la violencia, el poder, la amenaza y la fuerza, para doblegar la voluntad del opositor y de esta manera, lograr los objetivos políticos.

Esa es la gran diferencia entre un líder y un pseudo líder, entre un pensador y un extremista, entre un reconciliador social y un bota fuego. Qué bueno que los extremistas de izquierda, que proclaman con hipocresía la igualdad, la convivencia y el respeto al pensamiento, no utilizaran el engaño y la confusión, para controvertir los argumentos antagónicos. 

Es de alguna manera una condición enfermiza de este tipo de seudo líderes, esperar a lograr el poder a través de mentiras, para convertir a sus países, en sus fincas privadas, donde solo el “señor”, decide sobre súbditos, peones y esclavos.

Colombia necesita urgentemente de un líder al estilo Mandela, que cierre las profundas brechas sociales, que este gobierno ha terminado de abrir, con violencia verbal. Que entienda que, a través de la verdadera reconciliación, fundamentada en la justicia, la verdad, la transparencia y la sinceridad, los colombianos podamos volver a unirnos. El Estado no le puede dar igual tratamiento al delincuente que, al ciudadano de bien, el gobierno no puede exaltar a delincuentes, genocidas y antisociales, y encumbrados a los más altos honores de la nación. El gobierno actual, no puede convertir a protagonistas de actos terroristas y criminales, cómo inmerecidos “prohombres”, que se conviertan en ejemplo para las nuevas generaciones, llegando incluso al descaro e irrespeto a millares de víctimas, convirtiendo prendas personales, de extintos delincuentes, en elementos de patrimonio nacional.

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