Durante veinte años, votar por Álvaro Uribe Vélez fue el acto reflejo del electorado conservador en Colombia. Ese ciclo está cerrando.
En las últimas semanas de campaña presidencial, Abelardo de la Espriella pasó del 21,5% al 31,6% de intención de voto en la encuesta de Invamer — diez puntos en un mes — y dejó a Paloma Valencia, candidata del Centro Democrático y heredera directa del uribismo, en el 14%. El movimiento del electorado de derecha tiene un destino claro y una explicación de fondo.
De la Espriella recoge las banderas de Álvaro Gómez Hurtado, el líder conservador asesinado en 1995, cuya figura da nombre al Movimiento Salvación Nacional que respalda su candidatura. Gómez Hurtado encarnó un conservatismo doctrinario, sin ambigüedades y sin negociaciones. Ese perfil nunca fue el del Centro Democrático.
La razón está en el origen. Uribe militó en el Partido Liberal durante 24 años, entre 1977 y 2001. Como senador liberal, en mayo de 1992 promovió y fue coautor la ley que extendió el indulto total a los exguerrilleros del M-19, incluyendo su responsabilidad en la toma del Palacio de Justicia.
Su texto no admitía ambigüedad: pedía que «la amnistía y el indulto incluyan aquellos delitos tipificados en el holocausto de la Corte». Entre los beneficiados estaba Gustavo Petro.
El partido que Uribe fundó en 2013 incorporó en sus filas a militantes de esa misma guerrilla. Everth Bustamante, fundador del M-19, fue asesor presidencial, director de Coldeportes y senador del Centro Democrático. Rosemberg Pabón, excomandante del M-19 y líder de la toma de la embajada de República Dominicana, fue nombrado director de Dansocial.
La relación con el gobierno de Petro siguió ese patrón. En junio de 2022, días después de la victoria electoral del Pacto Histórico, Uribe se reunió con Petro durante tres horas. Tras el encuentro, declaró que apoyaba la compra de tres millones de hectáreas propuesta por el presidente, pidió que no se estigmatizara al gobierno como «neocomunista» y calificó el diálogo de «constructivo».
En febrero de 2023, cuando un militante llamó a Petro «guerrillero» en un foro del partido en Montería, Uribe lo interrumpió desde el estrado: «En mi presencia ningún insulto al presidente de la República». Petro retuiteó el video. En noviembre de ese mismo año se realizó una segunda reunión en la Casa de Nariño entre Uribe y Petro.
Dentro del partido, la fractura era visible desde antes. La senadora María Fernanda Cabal perdió dos consultas internas consecutivas para ser candidata presidencial. En mayo de 2026 declaró que «nunca iba a ser la candidata». El electorado más doctrinariamente conservador del país tomó nota.
De la Espriella llegó a ocupar ese vacío con un perfil radicalmente diferente. Su programa propone desmantelar la Paz Total, aplicar cero negociación con organizaciones criminales, destruir 330.000 hectáreas de coca mediante fumigación aérea y extradición, y ejecutar un choque de 90 días para recuperar el control territorial.
Ha construido su campaña sobre referencias a Nayib Bukele en El Salvador y ha sostenido una confrontación directa y sin matices con el gobierno de Petro.
Abelardo De La Espriella recoge las banderas de Álvaro Gómez Hurtado
Analistas señalan que Uribe se está convirtiendo en un lastre electoral y que el uribismo muestra su desgaste, señalándole a la derecha la urgencia de construir un post-uribismo con una nueva agenda y un nuevo liderazgo.
De la Espriella comprendió el momento emocional del país. Su campaña interpretó el cansancio ciudadano frente a la inseguridad, la percepción de debilitamiento institucional y la frustración económica de amplios sectores.
Lo que no logró Paloma Valencia, atrapada entre la renovación que prometía y el desgaste que heredaba, De la Espriella lo construyó desde afuera del establecimiento uribista.
Treinta años después del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, el conservatismo doctrinario que él representó tiene por primera vez un candidato que lo reclama sin intermediarios.




