Por: Paola González
Hay un momento preciso no registrado en el Diario Oficial en el que muchos congresistas electos atraviesan una sala de cirugía. No hay bisturí visible ni anestesiólogo con bata, pero el procedimiento es exitoso: una amnesia selectiva, limpia, sin cicatriz. El paciente despierta investido de poder y desprovisto de memoria. Olvida el país que recorrió, las puertas que tocó, las manos que estrechó, las lágrimas que provocó y detalle menor las promesas que juró cumplir.
Antes del procedimiento, el aspirante conoce la geografía humana del abandono. Sabe de carreteras que no existen, de hospitales que funcionan a pulso, de escuelas que resisten por terquedad cívica. Domina el discurso de la urgencia y pronuncia, con voz grave, la palabra “dignidad”. Después, ya en el Congreso, la dignidad se archiva y la urgencia se pospone. El lenguaje muta: donde había compromisos aparecen “agendas”; donde había soluciones, “mesas técnicas”; donde había plazos, “evaluaciones”.
El derecho comparado nos enseña que el poder es un instrumento, no un premio. En democracias maduras, el mandato es fiduciario: quien gobierna administra lo ajeno con deber de cuidado, lealtad y transparencia. Aquí, en cambio, la investidura opera como patente de corso. Se legisla como si el voto fuese un cheque en blanco y la memoria ciudadana, una formalidad prescindible.
El Congreso se convierte así en una clínica de especialidades: traumatología para la ética, neurología para la memoria y cirugía estética para el discurso. Se retocan principios, se suavizan controles y se implanta una prótesis peligrosa: la ambición sin límites. Todo dentro de la legalidad formal, por supuesto, ese escudo cómodo que confunde lo legal con lo legítimo.
No es casual que, una vez posesionados, algunos representantes descubran súbitamente la complejidad del Estado. La descubren tarde y la invocan selectivamente. La complejidad sirve para explicar la inacción, nunca para impedir la captura del presupuesto, el trueque de favores o la disciplina partidista que anula la deliberación. El país real ese que no tiene lobby queda fuera de la sala.
El sarcasmo es inevitable cuando se escucha a quienes ayer prometían reformas estructurales hoy defender la prudencia inmóvil. Prudencia para no tocar intereses, inmovilidad para no incomodar aliados. Se gobierna con cautela quirúrgica cuando se trata de cumplir, y con audacia cuando se trata de acumular poder.
La Constitución no consagra el olvido. Consagra la representación. Y representar no es ocupar una curul; es sostener una relación viva con quienes otorgaron el mandato. La rendición de cuentas no es una rueda de prensa ni un informe anual; es coherencia diaria entre palabra y voto, entre campaña y ley.
Propongo, entonces, una medida simbólica ya que nos gustan los símbolos: que cada congresista, antes de votar, deba atravesar el pasillo de sus promesas. Un corredor con nombres, fechas, lugares y rostros. No para castigar, sino para recordar. Porque el verdadero riesgo institucional no es el disenso, sino la amnesia.
El país no necesita cirugías invisibles. Necesita memoria activa. Y congresistas que entiendan que el poder no cura: exige responsabilidad. De lo contrario, seguiremos legislando con pacientes exitosamente operados y ciudadanos anestesiados.




