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El timón firme ante la tormenta

por El Expediente
agosto 24, 2026
en Opinión
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Por Cali, ¿me acompaña?
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Por: Fernando Torres Mejía

La tierra no avisa, y en Colombia decidió temblar apenas al tercer día de un nuevo gobierno. El 10 de agosto, un sismo de magnitud 7,4 sacudió el centro y el occidente del país, dejando una tragedia que todavía se está dimensionando: más de 300 muertos, más de 4.500 heridos y cientos de desaparecidos, según los últimos reportes de las entidades encargadas. Ningún plan de gobierno, por bien diseñado que esté, contempla una prueba de esa magnitud en su primera semana y, sin embargo, ahí estaba el país, con la tierra todavía temblando bajo los pies de un presidente recién posesionado.”

Abelardo de la Espriella llegó al poder el 7 de agosto con una mochila ya pesada: una herencia fiscal complicada, un sistema de salud que agoniza, inseguridad enquistada, desempleo persistente y una credibilidad internacional que necesitaba reconstruirse. Tres días después, la naturaleza (que no entiende de agendas ni de curvas de aprendizaje) le impuso una prueba mayúscula. El sismo no solo derrumbó viviendas en Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Quindío y Caldas; también obligó a reescribir, de un día para otro, la planeación entera del nuevo gobierno.

Lo que vino después es lo que realmente merece analizarse. De la Espriella tomó una decisión que muchos analistas subestimaron: no delegar la emergencia desde un escritorio, sino recorrer personalmente las zonas afectadas. Esa elección tiene un costo político evidente, porque desconcentra la atención de la reforma tributaria, de la inseguridad, del pacto fiscal. Pero también tiene un efecto menos medible y quizá más duradero: reconstruye el tejido simbólico entre un presidente y su pueblo. No es lo mismo firmar decretos que abrazar a un damnificado o que recorrer un municipio destruido; no es igual leer un informe que hablar con quien perdió su casa.

Ahora bien, no todo ha sido unánime. En paralelo a la emergencia, el gobierno ha enfrentado otro tipo de réplicas: las de la política interna. Algunos nombramientos en cargos altos generaron suspicacias, y la oposición (con Gustavo Petro a la cabeza, aunque había manifestado que ¨no sería un viejito cansón¨) cuestionó la gestión y pidió espacio de réplica tras la primera alocución presidencial. Es previsible: en un país tan polarizado como Colombia, cada decisión tendrá siempre dos orillas, una que aplaude y otra que desconfía. Pero lo que resulta difícil de negar es que, mientras unos exigían más discursos, el presidente recorrió pueblos; mientras otros pedían cifras, él gestionó recursos y medicinas.

El 17 de agosto, en su primera alocución oficial, De la Espriella no prometió milagros: presentó método. Declaró el estado de emergencia económica, anunció el Plan Milagro de Reconstrucción bajo la coordinación del Ministerio de Vivienda y detalló un costo preliminar de reconstrucción cercano a los $30 billones de pesos, unos 9.500 millones de dólares, repartidos entre viviendas e infraestructura vial. Pidió a constructoras y banca que asumieran su parte, y guardó un minuto de silencio por las víctimas. En un país acostumbrado al espectáculo, esa sobriedad (hoja de ruta en lugar de varita mágica) fue recibida con cierto alivio por una ciudadanía que ya no cree en promesas simplistas.

Las dificultades heredadas en salud, seguridad, infraestructura y empleo no desaparecen con un sismo; al contrario, la carga se multiplica. Cuatro años no alcanzan para transformar décadas de rezago estructural, y con esta tragedia de por medio, el camino será todavía más empinado. Pero los grandes procesos no se miden solo por su desenlace, sino por los cimientos que se ponen al inicio. En este primer tramo, el gobierno ha puesto algunos: atención prioritaria a los damnificados, coordinación público-privada y un presidente que, al menos en este episodio, ha hablado más como estadista que como candidato.

La oposición seguirá buscando grietas (los nombramientos cuestionados, los silencios incómodos) y hará bien en fiscalizar, porque esa vigilancia también fortalece la democracia. Pero más allá de las críticas puntuales, lo que queda en el ambiente es una sensación que hacía tiempo no se percibía con tanta claridad: la de un presidente al frente, no detrás de la crisis. La verdadera prueba de gobernabilidad no llegará con la próxima alocución, sino con la ejecución sostenida de la reconstrucción en los meses que siguen, cuando las cámaras ya no estén encendidas.

El país sabe, por experiencia, que ningún milagro nace de un decreto, sino de años de trabajo, errores corregidos y aciertos sostenidos. La credibilidad internacional también está en juego: los mercados y los organismos multilaterales observan con lupa si la respuesta institucional es sólida o si la improvisación termina imponiéndose, y cada gesto de orden en medio del caos pesa tanto como cualquier cifra de crecimiento. Si algo ha dejado claro esta primera prueba de fuego es que gobernar no es solo administrar desde una oficina presidencial, sino sostener, con la mano segura y los pies en el barro, «el timón firme ante la tormenta».

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