Por: TC (r) Gustavo Roa C
«Colombianos, despertemos. No podemos permitir que Gustavo Petro e Iván Cepeda recorran el mismo camino, de trampa manipulación y engaño, de Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Daniel Ortega: cuestionar las elecciones, victimizarse, promover el caos y la confusión y llamar al desorden institucional, solo buscan perpetuarse en el poder, no caigamos en la trampa».G.R.C.
La frase que da título a esta columna, ha sido atribuida a Fidel Castro y refleja una práctica política que muchos analistas han señalado en distintos regímenes autoritarios de la extrema izquierda latinoamericana, y cuya estrategia consiste en aceptar los procesos electorales, como una muestra engañosa de aparente tendencia democrática, únicamente cuando estos garantizan la permanencia en el poder.
Su contenido invita a reflexionar sobre un fenómeno que ha marcado a numerosas naciones durante las últimas décadas y en las cuales no puede caer el pueblo colombiano.
No se trata de una dinámica exclusiva de América Latina. La historia demuestra que diversos gobiernos han consolidado su permanencia mediante el control de las instituciones, la restricción de la oposición y la concentración progresiva del poder.
En Rusia, Vladimir Putin ha logrado mantenerse durante más de dos décadas como figura dominante de la política nacional, apoyado en una estructura estatal altamente centralizada y en una narrativa basada en la estabilidad y el orden.
En Venezuela, desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 y posteriormente bajo el gobierno de Nicolás Maduro, se han realizado seis elecciones presidenciales, todas manipuladas. Sin embargo, todos estos procesos han estado acompañados por denuncias de irregularidades, cuestionamientos sobre la transparencia electoral, inhabilitaciones de dirigentes opositores, a través de infamias y mentiras, generando fuertes críticas provenientes de distintos sectores de la comunidad internacional.
Una situación similar ha sido denunciada en Nicaragua bajo el régimen de Daniel Ortega, quien ha permanecido durante años en el poder en medio de severos cuestionamientos relacionados con la independencia de las instituciones democráticas y las garantías electorales. A ello se suma el caso de Cuba, donde el sistema político ha permanecido bajo el control del Partido Comunista durante más de seis décadas, sin alternancia real en el ejercicio del poder.
Frente a estos antecedentes, muchos colombianos observan con preocupación algunas señales que consideran inquietantes dentro del actual panorama político nacional. La primera de ellas ha sido el cuestionamiento anticipado a los resultados electorales y a la transparencia de los procesos democráticos, pese a que estos cuentan con mecanismos de vigilancia nacional e internacional, organismos de control y observación permanente, ejercido como nunca antes por miles de jueces árbitros y observadores.
La experiencia latinoamericana demuestra que las democracias no suelen desaparecer de un día para otro. Con frecuencia se debilitan gradualmente cuando se desacreditan las instituciones, se siembra desconfianza en el sistema electoral y se profundiza la polarización entre los ciudadanos, labor que Petro y Cepeda han venido fortaleciendo, después de la derrota en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, por parte del candidato de la oposición Abelardo de la Espriella.
Por ello, la oposición colombiana debe actuar con firmeza dentro del marco constitucional y democrático. El Congreso de la República, las altas cortes, los organismos de control, la sociedad civil y las Fuerzas Militares tienen la responsabilidad histórica de garantizar que las elecciones presidenciales de 2026 se desarrollen con absoluta transparencia, legalidad y respeto por la voluntad popular.Colombia enfrenta un momento decisivo.
Lo que está en juego no es únicamente el nombre del próximo presidente, sino la fortaleza de nuestras instituciones democráticas y la confianza de los ciudadanos en el sistema republicano.
La historia enseña que la libertad puede perderse cuando los pueblos bajan la guardia. Por eso, más allá de las diferencias ideológicas, el verdadero compromiso debe ser con la defensa de la democracia, la transparencia electoral y el respeto irrestricto a la voluntad soberana de los colombianos.
El futuro de Colombia debe decidirse en las urnas, con reglas claras, instituciones fuertes y resultados respetados por todos.




