Por: Carolina Toro
A mi edad, después de haber participado en múltiples elecciones, después de haber trabajado conorganizaciones, líderes y procesos de transformación, pensé que la política ya no tenía lacapacidad de sorprenderme. Creí que había llegado a ese punto en el que uno vota por deber, porresponsabilidad ciudadana o por simple coherencia ideológica. Me equivoqué.
Mientras regresaba a casa intentaba entender por qué había sentido esa emoción. La respuestaque encontré fue incómoda, pero necesaria: porque hacía mucho tiempo que no veía a un sectorde la ciudadanía actuar por convicción y no por disciplina.
Durante los últimos meses heescuchado una pregunta que se repite constantemente entre amigos, dirigentes políticos yusuarios de redes sociales: ¿nos estamos desuribizando? Mi respuesta es sí y no. No nos estamosdesuribizando de las ideas. Muchos seguimos creyendo en la seguridad, en la autoridad legítimadel Estado, en la libertad económica, en el fortalecimiento institucional y en la defensa de lademocracia.
Seguimos reconociendo el papel histórico que desempeñó Álvaro Uribe en uno delos momentos más difíciles de Colombia y seguimos agradeciendo lo que significó para millonesde ciudadanos. Pero sí nos estamos desuribizando de la idea según la cual la lealtad consiste enobedecer sin cuestionar. Porque la lealtad verdadera no es hacia una persona.
Es hacia unos principios. Y precisamente allí es donde encuentro la explicación de lo que hemos visto duranteesta campaña presidencial. Durante años trabajé en organizaciones donde aprendí una lecciónelemental: ninguna institución sobrevive cuando deja de escuchar a quienes le dieron origen. Lasempresas fracasan cuando dejan de escuchar a sus clientes. Los gobiernos fracasan cuando dejande escuchar a los ciudadanos.
Los partidos políticos no son diferentes.Por eso creo que Abelardo de la Espriella ya representa uno de los fenómenos políticos másinteresantes de la historia reciente de Colombia. No porque sea un outsider, ni porque desafíe alestablecimiento, sino porque fue capaz de concebir, articular y ejecutar una estrategia políticaque terminó conectando con millones de colombianos.
Los analistas suelen explicar la política a partir de partidos, alianzas, maquinarias y estructuras. Sin embargo, quienes observamos procesos de liderazgo sabemos que existe otro factor que sueleser más importante: la estrategia. Y aquí es donde, guste o no, la campaña de Abelardo mereceser estudiada.
Mientras otros candidatos dependían de estructuras políticas consolidadas, de maquinariasregionales o de liderazgos heredados, Abelardo construyó una campaña alrededor de una visión.Supo interpretar un sentimiento que muchos ignoraron. Entendió que una parte importante delpaís estaba cansada de los mismos discursos, de las mismas fórmulas y de las mismas decisionestomadas por las mismas personas.
No fue una campaña diseñada desde un partido tradicional. No fue el proyecto de un lídersupremo. No fue el resultado de una estructura burocrática. Fue una estrategia concebida,impulsada y ejecutada alrededor de una idea muy clara: conectar directamente con losciudadanos.
Como profesional dedicada durante años a la gerencia y al desarrollo de negocios, encuentrofascinante observar cómo una candidatura logró abrirse espacio en un escenario dominado porestructuras tradicionales. Mientras unos confiaban en las maquinarias, Abelardo confió en unaestrategia. Mientras unos esperaban instrucciones, él construyó un movimiento. Mientras unosadministraban poder, él generaba conversación, identidad y sentido de pertenencia.
Eso explica algo que muchos observadores siguen sin comprender: la emoción. La emoción nose decreta, no se compra, no se fabrica desde una oficina de comunicaciones. Se produce cuandouna causa logra conectar con algo profundo en la gente. Por eso esta campaña despertó fervor.
No porque todos consideren perfecto a Abelardo. Ningún líder lo es. Lo hizo porque logrórepresentar el cansancio de millones de colombianos frente a una política que parecía haberperdido la capacidad de entusiasmar.Pero existe una razón adicional para involucrarse en esta elección. Y es que aquí no solamente seestá definiendo un nombre, se está definiendo un rumbo.
Durante los últimos años Colombia hasido gobernada bajo una visión progresista que prometió resolver problemas históricos yconstruir un país más justo. Sin embargo, los resultados distan mucho de aquellas promesas.
La inseguridad se convirtió nuevamente en una preocupación cotidiana, la incertidumbre económicaaumentó, la confianza institucional se deterioró y el país quedó atrapado en una polarizaciónpermanente. Muchos de los problemas que hoy enfrentamos se agravaron durante el gobierno de Gustavo Petro, un gobierno que, en mi opinión, privilegió la confrontación ideológica sobre lagestión efectiva de los problemas reales de los ciudadanos.
Por eso me preocupa la posibilidad deque esa visión continúe profundizándose bajo un liderazgo como el de Cepeda. No solamente porsus propuestas de reformas constitucionales o por su cercanía ideológica con el actual gobierno.
Me preocupa porque representa una corriente de pensamiento que sigue convencida de que lassoluciones pasan por una intervención cada vez mayor del Estado, pese a que esa misma visiónha producido resultados decepcionantes en numerosos países y hoy tampoco ofrece respuestassatisfactorias para Colombia.
Tengo una visión distinta. Creo en la libertad económica, creo en la seguridad, creo en elfortalecimiento institucional, creo en la protección de la familia como eje fundamental de lasociedad y creo en la protección de la vida. Y creo que las democracias prosperan cuando losciudadanos conservan la capacidad de elegir libremente y de cuestionar incluso a quienes algunavez admiraron.Por eso hoy voté con gratitud hacia Álvaro Uribe.
Con admiración intacta por María Fernanda Cabal. Y con la convicción de que Abelardo de la Espriella representa la mejor oportunidad paraimpedir que Colombia continúe profundizando un modelo político cuyos resultados yaconocemos. Hoy voté con emoción, con una emoción que hacía muchos años no sentía ysospecho que no fui la única.
Porque cuando una campaña logra que miles de ciudadanos vuelvan a creer, vuelvan a participary vuelvan a soñar con su país, estamos frente a algo más grande que una candidatura, estamosfrente a un fenómeno político que merece la victoria.




