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No es lo mismo

por El Expediente
agosto 12, 2026
en Opinión
Tiempo de leer:4 mins read
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Por Cali, ¿me acompaña?
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Por: Fernando Torres Mejía

El 10 de agosto, el país se detuvo. No fue un alto voluntario ni una pausa anunciada. Fue el golpe seco de la tierra moviéndose bajo nuestros pies, y con él, la certeza de que nada volvería a ser igual.

Ningún dato, ningún papel te prepara para el olor del polvo mezclado con el sudor y la desesperación. No es lo mismo leer un informe que cargar un escombro. No es lo mismo observar una simulación que escuchar el silencio absoluto de cientos de personas conteniendo la respiración para escuchar un golpe, un gemido, una señal de vida.

Estuve en tres de los puntos de remoción de escombros aquí en Cali. Que, a propósito y de acuerdo con el secretario de gestión de riesgo de Cali, son 46 los edificios colapsados. Pero hay algo que sí puedo afirmar porque lo viví: en cada uno de esos lugares había una multitud anónima, de todas las condiciones sociales, unida por un solo propósito: ayudar. No importaba si llegaban en camioneta o a pie, si vestían overol o camisa de vestir. Todos compartían el mismo cansancio, la misma esperanza. Ver esa marea humana organizarse sin esperar órdenes, repartiendo agua, cargando herramientas, ofreciendo sus manos sin pedir nada a cambio, fue una lección que ningún manual de gestión de riesgos puede enseñar. La solidaridad no se decreta, se ejerce. Y en Cali, se ejerció con una fuerza que casi rivalizaba con la del terremoto.

El momento más impactante, sin embargo, fue el silencio. Cuando los rescatistas profesionales pedían calma para escuchar posibles señales de vida, el respeto era absoluto. Cientos de personas callábamos al unísono. Solo se escuchaba el canto de los pájaros, ajenos a la tragedia, y el zumbido lejano de un dron que sobrevolaba la zona. Esa quietud era más poderosa que cualquier grito. Era el reconocimiento de que, bajo esa montaña de concreto, había alguien esperando. Que nuestra función, en ese momento, era no interrumpir la esperanza. Esos rescatistas que se introducían como topos humanos entre varillas retorcidas y losas inestables, arriesgando su vida sin dudar, son héroes anónimos. Su valentía nos interpela: ¿estamos realmente preparados? ¿O solo reaccionamos cuando el suelo tiembla y la realidad se vuelve irrefutable?

La logística de la ayuda también mostró luces y sombras. La generosidad de los caleños fue desbordante: herramientas, guantes, tapabocas, alimentos, bebidas. Pero hubo un momento en que incluso la abundancia se volvió un desafío. Recibí llamadas de personas preguntando dónde llevar más víveres, y tuvimos que redirigirlas a otros puntos porque en algunos ya había suficiente para el día. Eso habla de una ciudad organizada, de una comunidad que no espera que las soluciones lleguen de arriba, sino que se mueve con una energía imparable. Sin embargo, también evidencia la necesidad de una coordinación más eficiente. No basta con donar; hay que saber cómo distribuir. Y en ese aspecto, la improvisación fue una constante que debemos aprender a gestionar mejor. La solidaridad debe ser inteligente, no solo emotiva.

Mi tránsito por el barrio Capri, donde rescataron a Diana, la última sobreviviente conocida, y luego por Cuarto de Legua, el Refugio y la Quinta con 44, fue un viaje emocional. Sentí dolor por las pérdidas, rabia por la falta de prevención, emoción por cada vida salvada, y una gratitud profunda por haber sido parte de algo más grande que uno mismo. Ver a los rescatistas emerger del polvo con una persona en brazos era como presenciar un milagro. Pero también estaba la otra cara: la impotencia de saber que bajo esos escombros había más personas esperando, y que el tiempo se agotaba. Esa dualidad, la de la alegría y la tristeza, la de la esperanza y la desolación, es la que me ha acompañado desde entonces.

Lo que ocurre en las redes sociales y en la televisión es solo un reflejo pálido de la realidad. Los memes, las cadenas de oración, los videos virales, no sustituyen el calor humano de un abrazo entre desconocidos ni el esfuerzo físico de mover una losa. La ayuda real y transformadora se vive en las calles, no detrás de una pantalla fría. Esta experiencia me dejó una certeza: la memoria es frágil, y es fácil volver a la indiferencia cuando el ruido mediático se apaga. Pero hay algo que los datos no reflejan: la capacidad de una ciudad para organizarse sin esperar órdenes, para actuar con humanidad incluso en el caos. Esa es la lección más valiosa.

Por eso insisto y lo reitero con el alma: no es lo mismo. No es lo mismo leer que sentir, no es lo mismo comentar que actuar, no es lo mismo ver por una pantalla que estar con las manos en el barro. Hoy Cali y el país, duelen, pero también se levantan. Y en ese levantamiento, cada persona cuenta. La naturaleza nos ha recordado nuestra fragilidad, pero también nos ha mostrado nuestra grandeza. Ojalá entendamos de una vez por todas que la empatía debe ganarle siempre al fanatismo ideológico, que la solidaridad no es un acto aislado, sino un compromiso continuo. Porque al final del día, compartimos un mismo suelo y una misma fragilidad humana y en esa verdad, no hay diferencias que valgan, pero sobre todo, lo más importante es aportar nuestro granito de arena. Porque haber estado allí, haber tocado el dolor y la esperanza con las propias manos, te cambia para siempre y eso, en definitiva, no es lo mismo.

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