Por: Fernando Álvarez
Los perdedores están pagando escondederos a peso. Pero no se esconden por miedo sino por vergüenza. Porque el triunfo de Abelardo de la Espriella los dejo en cueros. Se restiaron haciendo toda clase de malabares y triquiñuelas para evitar que ganara El Tigre y quedaron sobreexpuestos ante la opinión como reducidores y cascareros que compraban y vendían toda clase de historias falsas y negociaban en las cloacas todo tipo de falsos testimonios, pero al final quedaron reducidos a sus justas dimensiones. Se la jugaron sin pudor pensando que El Tigre no era como lo pintaban y quedaron empelotos con sus bajos instintos al aire. Hoy no saben dónde meter la cabeza después de haber recurrido hasta a la brujería para evitar el triunfo de Abelardo.
Ni expresidentes, ni expresidiarios, ni experiodistas, ni exnarcos, ni exparamilitares, ni todos juntos, lograron derrotar un fenómeno que desde el inicio se veía ganador. Por eso se asustaron y se desesperaron, jugaron sucio, reencaucharon noticias falsas, revivieron expedientes archivados, buscaron hampones resentidos para volverlos falsos testigos. Esculcaron hasta en el closet alguna pista que permitiera bombardear la candidatura de El Tigre Abelardo. Que si sus clientes, que si sus gustos, que si sus chanzas, que si sus frases burlonas, que si sus empresas, que si sus medias, que si sus canciones, que si su nacionalidad, en fin, se agarraban de cualquier pendejada para magnificarla, viralizarla o mediatizarla con el propósito de trancarlo a como diera lugar.
Conscientes de que en la medida que crecía la tendencia en favor del estrambótico abogado, el aparecido en la política y el provocador empedernido, tenían que arriesgar mucho más de lo calculado y terminaron por jugarse el todo por el todo. Pero este personaje al que las principales criticas que le caían tenían que ver con su personalidad les dio sopa y seco a todos los que se creían dueños del poder, político, económico, judicial o mediático. Les mostró que en democracia el principal argumento que vende es el de ganarse las simpatías de los que no se sienten dueños de ningún poder y lo tienen todo. Que el pueblo había sido engañado durante décadas por la clase política, y ahora por la izquierda, pero ya no quería más ni de lo uno ni de lo otro.
Lo único que necesitaba Abelardo de la Espriella era no hacer lo mismo que siempre hacían los políticos tradicionales y que durante los últimos cuatro años perfeccionó maquiavélicamente el gobierno que se hizo elegir con promesas de cambio. La clave era no subestimar al pueblo, no creerse predestinado como los miembros de algunas castas políticas, ni creerse formador de opinión como presumen los nuevos ricos que se han empotrado en los medios de comunicación. Columnistas y periodistas que aún creen que el pueblo es ignorante craso y que la voluntad popular es manipulable. Pero todos perdieron estrepitosamente y ahora no saben si lo mejor es sumarse a la horda de los incendiarios agazapados o echarle más leña al fuego desde sus poltronas.
La lista de los grandes derrotados es amplia, pero perdieron más quienes más apostaron. Los que invirtieron dinero sabían que como en las carreras de caballos la derrota es parte del inventario, pero los que apostaron su prestigio como la recua de opinadores liderados por Daniel Coronell Castañeda, que se buscaron delincuentes mentirosos o falsas víctimas embusteras para tratar de desacreditar y pordebajear a El Tigre hoy quedaron al desnudo como fariseos del periodismo, falsos profetas de la libre expresión, paquetes chilenos del equilibrio informativo, farsantes de la objetividad y tramposos con la pluralidad porque lo que hicieron vulgarmente fue ponerle conejo a la verdad a punta de vericuetos falaces.
Y perdieron los políticos que resbalaron en las cascaritas que les pusieron los hasta ahora prestigiosos investigadores que hoy quedaron reducidos a baratos cuentistas. Perdieron los políticos farsantes que presumen de correctos y fanfarronean éticas porque se les salió lo peor de cada uno y recurrieron a bajezas, tergiversaciones y expresiones descalificadoras que el pueblo jamás les compró. Perdieron los sabiondos de la política y los maestros de la politiquería porque esta fue una elección contra todos esos vicios que han llevado al país hasta el borde del abismo en que lo recibe Abelardo de la Espriella. Ya descueraron hasta donde más no pudieron a El Tigre pero quedó vivo, ahora asústense los que sigan por esos caminos del mal.
Los que más perdieron fueron las mafias del narcotráfico camufladas en organizaciones guerrilleras. Aquellas que invirtieron hasta en el asesinato del candidato Miguel Uribe Turbay. Esos son los que más escondederos deben estar buscando porque les llegó su hora. Ya Venezuela no será más su escondite porque allá los van a cazar con la ayuda gringa. Ecuador no les abre la puerta hoy. Y en la selva el Ejército volverá por sus fueros como en las épocas del expresidente Alvaro Uribe Vélez. En esa materia Abelardo es la versión Uribe 2.0. Es el momento de que los líderes guerrilleros encarcelados como reyes en Itagüí les digan a sus cuadros que llegó momento de someterse a la justicia porque la suerte que les espera es que sean borrados del mapa.
Abelardo De la Espriella no se pondrá con contemplaciones y ya ha demostrado que tiene de talante de guerrero y dispone de cero arrugas contra el crimen. Sabe que con los asesinos la pelea es a muerte y con los ilegales la daga de la justicia será mortal. Los que venden aún ilusiones nefastas como que El Tigre será enemigo de la libertad de prensa pueden guardarse sus falacias. Los periodistas que hagan honor a su vocación y se apeguen a la verdad no tendrán nada que temer, pero los que recurran a las mentiras o les abran malintencionadamente sus puertas a las falacias se tendrán que enfrentar a la justicia porque el derecho a informar y el derecho a la libre expresión no tiene nada que ver con el falso derecho a mentir impunemente.




