Abelardo De La Espriella eligió Buga para cerrar su campaña. No es una decisión logística. Es una declaración de principios en la recta final de lo que él mismo ha llamado desde el principio una guerra espiritual.
El Señor de los Milagros de Buga es una de las devociones católicas más profundas y arraigadas de Colombia. La imagen del Cristo crucificado, ubicada en la Basílica de Guadalajara de Buga, atrae cada año a millones de peregrinos de todo el país y el continente. Su historia empieza en el siglo XVI, cuando una humilde lavandera indígena entregó sus ahorros de 70 reales para liberar a un vecino encarcelado por deudas. En recompensa, el río Guadalajara trajo entre sus aguas un crucifijo. Al guardarlo, la imagen creció milagrosamente hasta su tamaño actual de 1,33 metros y cambió de color. Años después, cuando las autoridades eclesiásticas intentaron quemar la imagen para evitar que los fieles la despedazaran en reliquias, el Cristo sudó aceite y se conservó intacto. Ese es el lugar que Abelardo eligió para el acto final de su campaña.
El contraste con su adversario no podría ser más elocuente. El Expediente documentó en una serie de investigaciones el linaje familiar de Iván Cepeda Castro, que por las dos ramas de su árbol genealógico desciende de tradiciones masónicas y comunistas que llevan más de un siglo tejiendo poder en Colombia. Por la rama Castro-Wilches, el general Domnino Castro entró al clan masónico de los Wilches en el siglo XIX, y su descendiente el coronel Carlos Castro Wilches alcanzó el título de Venerable Maestro de Logia, la máxima autoridad masónica. La Logia Estrella del Saravita, fundada en El Socorro, Santander, en 1865, tuvo trece miembros de esa familia entre sus filas. Por la rama Chadid, su bisabuelo Juan Chadid Raide, inmigrante libanés radicado en la Costa Atlántica, fue masón de la Logia Sol de Sábanas en Córdoba y Sucre. Las dos líneas confluyen en su madre Yira Castro Chadid. Una tradición masónica del interior del país. Otra de la costa. Las dos dentro del mismo proyecto político comunista.
La masonería y el comunismo comparten raíces ideológicas comunes: ambos son hijos de la Ilustración, ambos son anticlericales, ambos funcionan con estructuras jerárquicas de lealtad y ambos han usado históricamente el método de colocar cuadros en posiciones estratégicas del Estado. En Colombia ese patrón se repite con precisión documental durante casi dos siglos, y el candidato que hoy aspira a suceder a Gustavo Petro es el heredero documentado de esas dos tradiciones, por ambas ramas de su familia, sin interrupción.
Frente a esa herencia, Abelardo De La Espriella cierra su campaña en el lugar donde Colombia lleva cinco siglos llevando sus dolores, sus enfermedades y sus esperanzas. El 21 de junio, millones de colombianos decidirán entre dos visiones del país que no solo difieren en política económica o seguridad. Difieren en algo más fundamental: en si Colombia es una nación con alma o simplemente un territorio administrado por estructuras de poder que llevan generaciones ocupando el Estado desde adentro. Abelardo eligió Buga para responder esa pregunta antes de que llegue el día de la votación.
