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El show debe continuar

por El Expediente
abril 24, 2026
en Opinión
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¿Serán indígenas?
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Por: Fernando Alvarez

La eficacia de los debates televisados en las contiendas electorales por la presidencia aún está por demostrarse en Colombia. Habría que preguntarse sí el elector tiene real interés en escuchar las diferentes propuestas o en ver y oír a los distintos candidatos para comparar y tomar una decisión sobre su voto. Sí de analizar los programas se trata, al ciudadano del común le resulta difícil encontrar diferencias de fondo en los temas que anuncian los aspirantes.

Todos quieren mejor educación, mayor cobertura en la salud, aumentar el empleo, disminuir la pobreza, garantizar la igualdad de oportunidades y bajar tasas de interés para adquirir vivienda. Todos dicen pensar en los más pobres y, como dato curioso, todos juran luchar contra la corrupción. Observadores juiciosos y estudiosos serios deben pensar que este tipo de debates resulta prácticamente inútil porque los contrincantes llegan al contrapunteo a recitar lugares comunes, repetir sus frases de campaña y agitar consignas que a su juicio tienen acogida popular.

Los candidatos de izquierda van a hablar siempre contra la amenaza fascista y los de la derecha alertarán sobre la amenaza comunista. Los del centro navegan en advertencias sobre el peligro de ambas amenazas y se limitan a ser la alternativa a estos polos opuestos.

Por otro lado, es difícil que los debates puedan ser profundos porque lo formatos parecen interrogatorios de parte con respuestas de sí o no y el tiempo limitado a segundos no se presta para respuestas elaboradas. A los que le interesan los debates más que a los electores es a los medios de comunicación.

Todos quieren pegarle al tablero con innovaciones escenográficas y vedetes periodísticas o con pretensiosos estilos de moderación. Pero a los medios los tiene sin cuidado la idea de ayudar a lograr claridad conceptual o contribuir a la comprensión programática porque los que les gusta es lo que produce rating, lo que genera titulares o incluso lo que produzca escándalos.

En ese pugilato los medios promueven la controversia antes que la ilustración. No les importa la visión de país, el modelo económico, el proyecto social, o que sirva para formar cultura democrática o aporte elementos académicos para construir pensamiento crítico.

Les interesa cabalgar sobre el prejuicio que tiene cada uno sobre su rival. Su apuesta es la de convertir el set en ring. La premisa de los medios es que el show debe continuar y hay que hacer lo posible por encender las hogueras para que se llegue al debate con las uñas bien afiladas.

Así los debates terminan en una especie de exhibición histriónica en la que cada participante busca la posibilidad de aumentar puntos a su imagen positiva a costa de la del contrario. Para estos efectos lo que se necesita es que los contrincantes tengan la mayor capacidad de atizar las sospechas sobre el otro con frases rimbombantes y adjetivos descalificativos.

Los comunicadores y presentadores requieren acusaciones sin importar si son rumores, hechos probados o calumnias.A Abelardo de la Espriella lo acusan de haber defendido delincuentes y como eso no es delito, ni falta disciplinaria, porque los abogados están para defender ciudadanos inocentes o culpables, ahora lo acusan de haber robado a los delincuentes.

Periodistas militantes antiabelardistas con testimonios falsos de criminales que buscan beneficios jurídicos les dan bombo a las mentiras de los hampones. David Murcia, el ladrón de los ahorradores en DMG, el Mono Abello, narcotraficante, Salvatore Mancuso narco y paramilitar reencauchado por el presidente Gustavo Petro, y cercanos a Alex Saab, testaferro de Nicolás Maduro, exdictador venezolano, han salido a decir sin pruebas que El Tigre Abelardo los tumbó.

Leña para la hoguera mediática y para el debate. A Paloma Valencia la acusan de segregacionista por haber propuesto en alguna época una redistribución pragmática de la tierra en el Cauca. Y aunque casi nadie entiende el sentido ni el contexto de la propuesta resulta suficiente carne para el asador de los medios que terminan haciendo eco a la propaganda izquierdista y a su descalificación a base de adjetivos sonoros. Con esa lógica la mayor acusación contra la candidata uribista es ser uribista.

Como Sergio Fajardo, Claudia López y Roy Barreras no marcan en encuestas casi no tienen acusaciones mediáticas. Y por extraña razón la prensa hace oídos sordos a las sindicaciones contra Iván Cepeda en cuanto a su complicidad explícita con los guerrilleros de las FARC mimetizados en la Segunda Marquetalia.El heredero del gobierno de Gustavo Petro tiene mediáticamente una especie de teflón para que las sombras de la corrupción del gobierno y las medidas anticonstitucionales que decreta el presidente no lo toquen.

Hasta tal punto que Cepeda se da el lujo de aceptar el debate si él pone las condiciones para que no se hable de la responsabilidad que le cabe en esperpentos como la paz total o en la desgracia en que ha caído la salud por cuenta del Chu Chu Chu de Petro. Se da el lujo de amenazar a quienes afirmen que es el candidato de las FARC porque pretende desviar el tema como si el señalamiento fuera que es miembro de la guerrilla y no que se beneficia de que se ha comprobado que el grupo guerrillero le hace campaña y presiona con las armas a los votantes.

Finalmente, los debates se vuelven un pretexto democrático para darle palo al contendor que prefiere evitarlos o para exigirlos con virulencia cuando se busca audiencia porque no se tiene visibilidad. Es normal que quien siente que va ganando trate de evadirlos y que el que no marca en las encuestas los impulse. El que va ganando lo ve como una perdedera de tiempo y el que va perdiendo ve la oportunidad de remontar su déficit en reconocimiento. Pero el debate sobre los debates lo que hace es ambientar expectativas para lograr sintonías. La suerte ya está echada y los bandos enfrentados ya tomaron partido.

Los simpatizantes de las alternativas de centro esperan milagros y los indecisos no esperan que los debates los guíen para decidir. Quizás el debate interesante debiera ser con los aspirantes a vicepresidente porque al no ser los protagonistas principales es más fácil que jueguen con mayor libertad que la de los presidenciables con su acartonado libreto. Hoy debe ser mucho más ilustrativo escuchar a Juan Manuel Restrepo versus Aida Quilcué hablando de las posibilidades para solucionar el tema de orden público o sobre el proceso de paz total, ver a Edna Bonilla enfrentada con Juan Daniel Oviedo hablando de las soluciones de vivienda social, o a Leonardo Huerta contra Luz María Zapata discutiendo sobre reforma agraria.

Despierta mucho mayor interés intentar vislumbrar las capacidades y experticias de los segundos a bordo que lo que se ha escuchado hasta en cansancio de sus líderes.Habría novedades que mostrarían otros elementos de juicio. Podrían presentarse sorpresas en niveles cognitivos y descubrirse talentos desconocidos. Se rompería la leyenda de que los segundos no son buenos, o que resulte que el suplente sea incluso mejor que el titular como le ocurrió a Pelé en su debut.

Primero porque se conocen muy poco y segundo porque tendrán mejor oportunidad de exponer su conocimiento y comprensión sobre lo que los identifica o distancia de sus fórmulas presidenciales. Esta podría ser la tarima ideal para que los colombianos evalúen escenarios posibles como el del voto por si acaso. Sería una vitrina perfecta para ver quién dirigiría al país si se presentara la falta parcial o total, Dios no lo quiera, del presidente elegido,.

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