Por: Edmundo Del Castillo
El próximo 21 de junio los colombianos no elegiremos simplemente un presidente. Elegiremos el rumbo del país para los próximos años. Elegiremos entre dos visiones profundamente distintas sobre la seguridad, la justicia, la economía, las instituciones y el futuro mismo de Colombia.
No pretendo escribir estas líneas desde la neutralidad. Tengo una posición clara y la asumo con transparencia. Apoyo la candidatura de Abelardo de la Espriella porque considero que representa la mejor alternativa para recuperar el orden institucional, la seguridad y la confianza que el país ha perdido durante los últimos años. Y mi posición no nace de una simpatía pasajera.
Nace de mi experiencia de vida. La noche del 7 de febrero de 2003 me encontraba en el Club El Nogal cuando un atentado terrorista cambió para siempre la vida de cientos de familias colombianas. Esa noche murió un gran amigo que estaba sentado conmigo en la misma mesa. Yo sobreviví por circunstancias que todavía agradezco a Dios.
Al día siguiente, el 8 de febrero, mi hija mayor cumplía apenas seis meses de edad. Muchas veces he pensado que estuvo a punto de crecer sin su padre por cuenta de unos criminales que decidieron convertir un lugar lleno de civiles en escenario de una masacre. Por eso me cuesta entender la ligereza con la que algunos sectores políticos hablan de quienes durante décadas sembraron terror en Colombia.
Hablo desde la experiencia de una víctima. Hablo como alguien que vio de cerca el dolor, la muerte y las consecuencias humanas del terrorismo. Todos queremos la paz. Pero una cosa es la paz y otra muy distinta la impunidad. La paz verdadera debe construirse sobre la justicia, la verdad, la reparación y las garantías de no repetición.
Más de veinte años después de aquel atentado, Colombia sigue enfrentando enormes desafíos de seguridad. Amplias regiones continúan sometidas a la influencia de organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico, la extorsión, el secuestro y otras actividades ilegales.
En demasiados lugares la presencia efectiva del Estado sigue siendo insuficiente. Desde esa perspectiva, me sorprendió el importante respaldo obtenido por Iván Cepeda. Respeto profundamente el derecho de cada ciudadano a votar por quien considere mejor.
Sin embargo, no comparto la visión política que representa ni considero que sea el camino que necesita Colombia. A mi juicio, esa corriente política ha depositado demasiadas expectativas en procesos de negociación cuyos resultados han sido insuficientes frente a los desafíos de seguridad, crecimiento económico y fortalecimiento institucional que enfrenta el país.
En contraste, veo en Abelardo de la Espriella una alternativa distinta. Muchos de sus críticos centran sus cuestionamientos en su estilo directo, en su forma de expresarse, en los lujos que le gustan o incluso en aspectos relacionados con su imagen pública. Están en su derecho.
Pero reducir una candidatura presidencial a esos elementos superficiales es desconocer aspectos mucho más importantes. He tenido la oportunidad de conocerlo y tratarlo personalmente. No hablo desde la distancia ni desde la admiración ciega.
Lo he visto trabajar, tomar decisiones, construir equipos y asumir responsabilidades. Por eso mi apoyo no nace de una campaña política ni de una afinidad ideológica, sino de la convicción de que posee condiciones humanas, profesionales y de liderazgo que Colombia necesita en este momento.
Lo considero una persona inteligente, disciplinada, frontal y con capacidad de gestión. Como cualquier ser humano tiene defectos y seguramente cometerá errores. Pero también posee una cualidad escasa en la política: decir claramente lo que piensa y asumir las consecuencias de sus posiciones. Creo que Colombia necesita recuperar principios básicos que hoy parecen debilitados: autoridad legítima, respeto por la ley, fortalecimiento institucional, seguridad para los ciudadanos y confianza en el Estado.
No hablo de autoritarismo. Hablo de orden. Hablo de que los ciudadanos honestos vuelvan a sentir que las instituciones están de su lado y de que quienes delinquen sepan que existen consecuencias reales para sus actos. Uno de los principales desafíos del próximo gobierno será recuperar la confianza en las Fuerzas Militares y en la Policía Nacional.
Ningún país puede aspirar a la prosperidad si quienes tienen la responsabilidad de proteger a los ciudadanos carecen del respaldo institucional, moral y material necesario para cumplir su misión. Pero gobernar Colombia será mucho más complejo que ganar una elección. Quienes hemos ocupado responsabilidades públicas conocemos las enormes dificultades que genera una estructura estatal compleja, lenta y excesivamente regulada.
Reformar entidades, modernizar procesos, ajustar estructuras administrativas o racionalizar el gasto público exige superar obstáculos jurídicos, administrativos y políticos que muchas veces impiden avanzar con la velocidad que demandan los ciudadanos. La modernización institucional será una tarea inaplazable. No para desmontar el Estado ni para eliminar servicios esenciales, sino para hacerlo más eficiente, más transparente y más útil para los ciudadanos. La seguridad será una prioridad, pero no la única.
También será indispensable fortalecer el sistema de salud, mejorar la calidad de la educación, impulsar la infraestructura, promover la inversión y generar condiciones para la creación de empleo. Un país sin seguridad tiene dificultades para progresar. Pero un país sin educación tampoco tiene futuro. Y un país con instituciones débiles termina perdiendo la confianza de sus ciudadanos. Considero además que una de las primeras reuniones institucionales del próximo presidente debería realizarse con las altas cortes. No para interferir en sus funciones ni para buscar afinidades políticas, sino para construir una agenda institucional que fortalezca la justicia colombiana. Sin justicia no hay seguridad. Sin justicia no hay inversión. Sin justicia no hay confianza ciudadana. Y sin confianza resulta imposible construir un país moderno.
La justicia necesita respaldo, recursos, tecnología e independencia. Necesita ser fortalecida para responder con eficacia a las necesidades de los ciudadanos y para garantizar que el Estado de Derecho funcione adecuadamente. La elección presidencial no resolverá todos los problemas nacionales. Ningún presidente tiene esa capacidad. Pero sí definirá el rumbo que tomará Colombia durante los próximos años. Yo ya estuve una vez a pocos metros de una tragedia que pudo dejar a mi hija mayor sin padre.
Hoy tengo tres hijas. Cuando pienso en el futuro del país, pienso en ellas. Pienso en la Colombia que heredarán. Pienso en si crecerán en un país con instituciones fuertes, con seguridad, con oportunidades y con confianza en la ley. Por esa razón apoyaré a Abelardo de la Espriella. Porque creo que Colombia necesita recuperar la seguridad, fortalecer sus instituciones, respaldar a la justicia, respetar a las víctimas y volver a creer en el futuro. Al final, esa es la verdadera elección que tenemos por delante: decidir qué país queremos dejarles a nuestros hijos y a las próximas generaciones.




