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El divorcio del poder

por El Expediente
agosto 2, 2026
en Opinión
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Por Cali, ¿me acompaña?
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Por: Fernando Torres Mejía

Como analista político, pero sobre todo como un ciudadano común que observa con profunda angustia el devenir de nuestra patria, resulta imperativo detenerse ante el diagnóstico que formuló en su momento Francisco Maturana con dolorosa precisión: Colombia es un país enfermo. Sin embargo, la patología que hoy nos consume ya no es solo la violencia estructural o la pobreza histórica; es una condición mucho más compleja y difícil de sanar: una enfermedad huérfana alimentada por los insaciables egos de nuestros dirigentes. Un mal sin remedio conocido, porque quienes deberían aplicarlo son los mismos que lo padecen.

No importa si se visten con las banderas de la izquierda, de la derecha tradicional o de la naciente ultraderecha. En la cúspide de nuestra política, el bienestar de los colombianos ha sido secuestrado por una disputa perpetua de vanidades. La política nacional se redujo a un ring de boxeo permanente donde las figuras más visibles (desde Gustavo Petro y Álvaro Uribe hasta el presidente electo Abelardo de la Espriella, pasando por Iván Cepeda, estrategas, congresistas, “influencers” y furibundos seguidores en redes sociales) compiten a diario por ver quién lanza el insulto más resonante o el ataque más demoledor.

El termómetro de nuestra democracia marca fiebre todos los días. El país acaba de vivir un proceso electoral tras el cual Abelardo de la Espriella ganó la presidencia al derrotar a Iván Cepeda en la segunda vuelta, con una diferencia de 251.854 votos según el escrutinio oficial del CNE. Muchos colombianos respiraron con la ilusión de que se impondría la cordura. Pero la realidad se ha encargado de fracturar cualquier esperanza: por un lado, antes incluso de su posesión, la derecha que compitió unida ya se fracturaba internamente con un pulso público entre el expresidente Uribe y el mandatario electo por la presidencia del Congreso. El resultado del 20 de julio, con la elección de Honorio Henríquez (respaldado por el Centro Democrático y, de manera insólita, por el Pacto Histórico) como presidente del Senado, dejó heridas abiertas que evidencian que la derecha colombiana libra una guerra interna por el liderazgo.

En la otra orilla, la herida institucional se profundiza aún más por la negativa del presidente saliente a aceptar el veredicto democrático. Petro se niega rotundamente a reconocer el triunfo de Abelardo de la Espriella, insistiendo de manera terca y peligrosa en que hubo fraude y que el verdadero presidente elegido es Cepeda. Esta narrativa insensata fractura todavía más al país, sembrando un manto de ilegitimidad artificial que alimenta el sectarismo. Como resultado, sus seguidores, convencidos de que su líder tiene la razón, se mantienen atrincherados en las calles y en las redes, a la espera de la orden de su caudillo para salir a protestar.

Este es el complejo escenario con el que De la Espriella enfrentará su mandato. Lo más preocupante, y lo que este momento exige subrayar con urgencia, es que Abelardo todavía ni siquiera se ha posesionado (su investidura está prevista para el 7 de agosto) y su relación con el Congreso ya nace fracturada, en un abierto «divorcio» antes de la luna de miel. El nuevo gobierno camina hacia una ruptura con el Legislativo, el órgano con el que inexorablemente tendrá que negociar cada reforma. Gobernar sin el Congreso es como pretender navegar sin remos: se puede intentar, pero el destino es hundirse, y De la Espriella llega sin mayorías consolidadas propias, pues apenas cuenta con cuatro senadores que le serán fieles. Que este quiebre no responda a diferencias programáticas, sino al orgullo herido por el control de una mesa directiva, confirma que el ego es la explicación real de por qué una administración puede nacer coja y herida de gravedad.

Incluso dentro del uribismo hay voces que llaman a la cordura. Congresistas del Centro Democrático como Juan Espinal, Hernán Cadavid y Andrés Forero se han desmarcado de las declaraciones de su colega Rafael Nieto Loaiza, quien habló de una «guerra» (disputa política) contra el abelardismo. «La única ‘guerra’ del Centro Democrático es contra la inseguridad y la pobreza en Colombia», afirmó Cadavid. Sin embargo, la división es profunda y el director del partido, Gabriel Vallejo, ha advertido que hay una estrategia para «aniquilar, arrasar y desaparecer» al Centro Democrático.

Mientras la clase dirigente se desgasta en este ajedrez de prebendas, desconocimiento institucional y vanidades, los problemas reales de la gente se pudren en el olvido. La inflación golpea la canasta familiar, la seguridad rural se deteriora, los servicios de salud agonizan y las regiones claman por soluciones técnicas, no por trincheras ideológicas. La gente está harta, y ese hartazgo ya no distingue orillas; está cansada de la confrontación como tal.

Por eso, antes de que el 7 de agosto se convierta en el prólogo de cuatro años de trinchera permanente, es imperativo encontrar la manera de reparar esas fisuras institucionales, sea cual fuere el responsable de haberlas abierto. Reparar no significa ceder ante el chantaje ni doblegarse ante el poder, sino comprender que la política es el arte del encuentro y no de la aniquilación. Significa anteponer la urgencia de una nación que no puede esperar a los caprichos de la vanidad.

La democracia no resistirá mucho más esta degradación alimentada por la soberbia de sus élites. Ojalá estos líderes entiendan que su verdadero adversario no está en la orilla vecina, sino en los problemas que ninguno ha logrado resolver. Si eso no ocurre, el país seguirá atrapado en su propia tragedia: un país con hambre de soluciones, gobernado por egos con ansias de pelea y un presidente que corre el riesgo de llegar a la Casa de Nariño ya divorciado del Congreso que necesita para gobernar. Todo porque el ego de unos y otros ha convertido la llegada del nuevo mandatario en la antesala de un gobierno cojo, atrapado en la pelea eterna que impide ver que la nación sigue esperando, mientras la paciencia de la ciudadanía se agota con cada insulto cruzado, y así, sin remedio a la vista, el país asiste, impotente, a la consumación de lo que ya es evidente: el divorcio del poder.

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