Por: El Expediente
La «Operación Resolución Absoluta» de enero de 2026 ha dejado una víctima política inesperada en el camino: María Corina Machado. Mientras el mundo esperaba que la líder de la Plataforma Unitaria fuera la elegida para la transición tras la captura de Nicolás Maduro, Donald Trump ha preferido pactar una administración tutelada con figuras del propio régimen, como Delcy Rodríguez.
El «feo» de Trump no es una casualidad geopolítica, sino el resultado de un diagnóstico crudo en Washington: Machado ha agotado su crédito político y el gobierno de Estados Unidos ya no compra el relato de un liderazgo que, a juicio de los halcones de la Casa Blanca, ha engañado sistemáticamente al pueblo venezolano con falsas expectativas.
Desde Mar-a-Lago, las palabras de Trump fueron letales. Al afirmar que Machado «no tiene el respeto» necesario para dirigir Venezuela, el mandatario estadounidense desmanteló años de marketing político.
Para la inteligencia estadounidense, Machado representa una facción de la oposición que ha prometido «el final del camino» en repetidas ocasiones, solo para conducir a la población a callejones sin salida, mientras las estructuras de poder real —el estamento militar y el control territorial— permanecían intactos bajo el chavismo.
Trump, que valora los resultados por encima de la retórica, parece haber concluido que Machado es una figura de agitación, pero no de ejecución.
El recelo de Washington también se fundamenta en la desconexión operativa. Mientras Machado se presentaba ante el mundo como la «comandante» de la libertad, los canales de comunicación con el equipo de Trump y Marco Rubio eran prácticamente inexistentes.
Estados Unidos ha detectado que, detrás de las concentraciones y los premios internacionales, no existía un plan real para fracturar a las Fuerzas Armadas.
En su lugar, la Casa Blanca encontró en Delcy Rodríguez a una interlocutora que, aunque enemiga, tiene el control de las llaves del Estado. El pragmatismo de Trump prefiere negociar con quien tiene el poder fáctico que con quien solo posee una narrativa de victoria que nunca se materializa en hechos.
Además, existe la percepción en el entorno de Marco Rubio de que la estrategia de Machado ha sido funcional a la permanencia del conflicto, alimentando una épica de resistencia que no ha logrado mover un solo centímetro el tablero real hasta que EE. UU. decidió intervenir militarmente.
La decisión de Trump de ignorar la legitimidad de las elecciones de 2024 —que Machado defendía para Edmundo González— confirma que Washington no está interesado en validar los procesos de una oposición que consideran ineficiente y desgastada por sus propios fracasos.
Para el gobierno de Estados Unidos, el tiempo de los «interinatos» de papel y las promesas de libertad por redes sociales se terminó.
Al desplazar a Machado, Trump envía un mensaje claro: Venezuela será administrada bajo sus propios términos, priorizando el petróleo y la seguridad nacional, sin intermediarios que, a ojos de la Casa Blanca, han engañado al pueblo con una ilusión de cambio que ellos mismos no supieron gestionar.
El desprecio a Machado es, en última instancia, el fin de una era de complacencia con una dirigencia opositora que Washington ahora considera irrelevante para el futuro de la región.




