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El comunismo mató 100 millones de personas, Petro y Cepeda defienden esa ideología. La trampa histórica hace que todos hablen de fascismo y nadie de comunismo

por Gustavo Rugeles
junio 8, 2026
en Corrupción
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El comunismo mató 100 millones de personas, Petro y Cepeda defienden esa ideología.  La trampa histórica hace que todos hablen de fascismo y nadie de comunismo
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En cualquier debate político, en cualquier red social, en cualquier confrontación ideológica donde la izquierda se sienta acorralada, aparece invariablemente la misma palabra: fascista. No importa el contexto. No importa el argumento. Cuando Abelardo de la Espriella propone fumigación, es fascista. Cuando Javier Milei defiende el libre mercado, es fascista. Cuando Donald Trump habla de fronteras, es fascista. Cuando Nayib Bukele llena cárceles de pandilleros, es fascista. El término se convirtió en el comodín universal de la izquierda comunista — y en el caso de Colombia, del Pacto Histórico — para descalificar cualquier posición que no comparta su visión del mundo.

El término viaja desde las redes sociales hasta los discursos del propio presidente Petro con una fluidez que revela, en el mejor de los casos, ignorancia histórica, y en el peor, una estrategia deliberada de confusión.

El problema es que una parte de la derecha colombiana cayó en la misma trampa y devuelve el calificativo en los mismos términos. Petro fascista. Cepeda fascista. El resultado es un debate político en el que la palabra más usada es también la más malentendida.

El fascismo fue un movimiento político concreto. Lo fundó Benito Mussolini en Italia en 1919, lo llevó al poder en 1922 y lo convirtió en régimen hasta su caída en 1943. Era nacionalista, autoritario, corporativista y explícitamente anticomunista.

Mussolini construyó su movimiento como respuesta al avance del bolchevismo en Europa. Los bolcheviques eran el partido revolucionario de Vladimir Lenin que tomó el poder en Rusia en octubre de 1917, derrocó al gobierno provisional y fundó la Unión Soviética. Su nombre venía del ruso «bolshinstvo» — mayoría. Instauraron la dictadura del proletariado, eliminaron la propiedad privada, suprimieron la oposición política y crearon el primer Estado comunista de la historia. Su modelo se expandió por Europa en los años siguientes, generando pánico entre las clases medias, los empresarios y los gobiernos conservadores del continente. Fue en ese contexto donde surgió el fascismo como reacción.

Sus escuadras negras atacaban sindicatos, partidos comunistas y organizaciones de izquierda radical. El fascismo no era una versión extrema de la izquierda, era su enemigo declarado y su contraparte histórica por excelencia.

Adolf Hitler adoptó una variante del fascismo con el nacionalsocialismo alemán, el nazismo, que añadió al autoritarismo fascista una doctrina racial. También era anticomunista. La Segunda Guerra Mundial fue, entre otras cosas, una guerra entre el fascismo y el comunismo soviético.

Llamar fascista a Gustavo Petro es un error de manual. Sus referencias ideológicas documentadas son otras: el marxismo, el bolchevismo, el socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez, la revolución cubana y, en su juventud, el M-19 — movimiento guerrillero de izquierda que tomó el Palacio de Justicia en 1985 y que él mismo integró. Su alineación internacional ha sido consistente con Cuba, Venezuela y Nicaragua, tres regímenes de izquierda autoritaria, no de derecha fascista.

Sus políticas económicas, control estatal de sectores estratégicos, redistribución forzada, ataque a la propiedad privada, son del manual del socialismo del siglo XXI, no del fascismo corporativista.

Según El Libro Negro del Comunismo, obra de investigadores del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia publicada por Harvard University Press en 1997, los regímenes comunistas son responsables de cerca de 100 millones de muertos en todo el mundo: 65 millones en China, 20 millones en la Unión Soviética, un millón en Europa del Este, dos millones en Corea del Norte y entre uno y dos millones en Camboya bajo Pol Pot.

Solo el sistema de campos de concentración soviéticos, el Gulag, instaurado por Lenin y expandido por Stalin, cobró entre un millón y medio y tres millones de vidas entre 1930 y 1953.

Si se suman los muertos por deportaciones masivas, ejecuciones y hambrunas artificialmente provocadas, la cifra de víctimas del sistema soviético podría alcanzar los sesenta millones.

La confusión le conviene a la izquierda por una razón precisa: en el imaginario popular europeo y latinoamericano, «fascista» evoca a Hitler y Mussolini y deja de lado a criminales de lesa humanidad como Lenin, Stalin, Lev Trotsky, Gengrik Yagoda, Lazar Kaganovich, Lev Kamenev y Lavrentiy Beria en la Unión Soviética; Mao Zedong en China, responsable de entre 40 y 65 millones de muertes entre hambrunas forzadas y purgas políticas; Pol Pot en Camboya, que exterminó al 25% de la población de su propio país en menos de cuatro años; Kim Il-sung y sus sucesores en Corea del Norte, que llevan décadas sometiendo a su pueblo al régimen más hermético y brutal del planeta; Ho Chi Minh en Vietnam; Mengistu Haile Mariam en Etiopía; y en América Latina, Fidel Castro, cuyo régimen ejecutó a miles de cubanos, encarceló a decenas de miles más y condenó a una isla entera a seis décadas de miseria; el Che Guevara, artífice del paredón de fusilamiento en La Cabaña; Hugo Chávez, quien sentó las bases del colapso venezolano; y Nicolás Maduro y Daniel Ortega, que gobernaron con represión y exilio masivo a sus propios ciudadanos.

Todos ellos son referentes ideológicos del proyecto que Petro y Cepeda representan en Colombia. Ninguno es fascista. Son comunistas.

La izquierda comunista tiene sus propios símbolos y sus propias consignas que la identifican con precisión. El puño cerrado en alto, adoptado por los bolcheviques en 1917, es su gesto universal.

«No pasarán» es su grito de guerra, acuñado en la Guerra Civil Española por Dolores Ibárruri, «La Pasionaria», en defensa de la República contra el franquismo, y apropiado desde entonces por cada movimiento de izquierda del planeta.

La hoz y el martillo es su bandera. La boina del Che su ícono de culto. Son símbolos de una ideología con nombre propio, historia documentada y un rastro de más de 100 millones de muertos. No necesitan que nadie los llame fascistas para saber quiénes son. El problema es que la derecha tampoco lo sabe.

Usar el calificativo de fascistas contra la derecha es una operación de propaganda eficaz. Cuando la derecha lo devuelve sin rigor histórico, valida el juego y pierde el argumento. Y comete además un agravio histórico contra los soldados europeos que murieron combatiendo al comunismo bolchevique precisamente bajo las banderas del fascismo.

En Colombia, De la Espriella no es fascista. Es un demócrata, conservador, de derecha doctrinaria, con propuestas de mano dura en seguridad y libre mercado en economía, exactamente lo opuesto al estatismo de izquierda que Petro representa. En Argentina, Milei tampoco lo es, es libertario, una cosmovisión totalmente distinta. Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, líder del Partido Republicano, el partido que abolió la esclavitud en ese país, tampoco lo es. Confundir los dos extremos no es análisis político. Es ruido, propaganda y desinformación histórica.

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