Por: Fernando Álvarez
En los últimos años ha crecido el número de personas que se sienten políticamente correctas por no pertenecer a ninguno de los bandos enfrentados. Están cómodos con la idea de ser o parecer de centro, percibirse distantes de los extremos y verse a sí mismos como neutrales. El centro ha sido clave en coyunturas históricas de amenazas como la que conformó el grupo de Los No Alineados o la que impulsó la Tercera Vía entre el socialismo y el capitalismo, o la que combatía los designios armamentistas de las superpotencias. Postura que resultó determinante en la guerra fría cuando creó en la Cumbre de Belgrado un bloque de naciones que enfrentó los ánimos expansionistas tanto del imperialismo norteamericano como los del socialimperialismo soviético.
Para Josip Broz Tito de Yugoeslavia, Gamal Abdel Nasser de Egipto, Jawaharlal Nehru de India, Kwam Nkrumah de Ghana y Sukarno de Indonesia, eran tan condenables las tropas gringas en Vietnam como los tanques rusos en Checoeslovaquia. Fueron líderes que lucharon por la descolonización y la soberanía de los pueblos y su decisión fue contundente. No eran aguas tibias. El centro es válido para luchar contra dos filosofías de extremos opuestos, dos concepciones del mundo radicalmente contrarias o dos enfoques sociopolíticos antagónicos. En muchas ocasiones ser de centro ha sido sensato cuando ha enfrentado posiciones radicales de dos orillas polarizantes y la razón ha mandado no identificarse con ninguna de las visiones extremas.
Pero no siempre por considerarse independiente se puede ser neutral. Hay momentos en que hay que establecer cuál es el enemigo principal y tener el suficiente temple para aliarse con el secundario para derrotarlo. Claro que para estos efectos se requiere más que una postura pandita frente a las posiciones extremas, más que una actitud blandita para enfrentar radicalismos ideológicos y más que una actuación cómoda que conlleve no asumir compromisos en aras de guardar la compostura. El centro es respetable cuando se enfrenta con vigor tanto al comunismo como al fascismo, o toma partido enérgicamente contra el imperialismo yankee y contra el socialimperialismo ruso, cuando combate las dictaduras tanto de derecha como de izquierda.
Por eso el centro político en Colombia, por el que todos se pelean y del que todos se reclaman hoy, en realidad no existe. Lo que hay es un centro izquierda que a la hora de la verdad es izquierda vergonzante. Le da vergüenza defender a Fidel porque cree que la situación del pueblo cubano se debe al bloqueo del imperialismo norteamericano, le da vergüenza defender a Maduro y protesta porque el imperio gringo se entrometa para llevárselo preso, le da vergüenza defender a Ortega en Nicaragua porque lo justifica por ser consecuencia de la dictadura de Somoza. El centro en Colombia nunca ha sido capaz de decir categóricamente Ni Pinochet, ni Fidel Castro, Ni Netanyahu, Ni Hamas, Ni Trump ni Putin, porque en el fondo de su alma siempre está con la izquierda.
En Colombia el centro se distingue por hacerle pasito a los vejámenes de la guerrilla, pero levanta energúmeno la voz contra los crímenes de los paramilitares. El centro decidió que las masacres de los guerrilleros son mucho menos oprobiosas que las matanzas de los paramilitares. Critican a voz en cuello que la Policía combata por la fuerza a los que incendian CAI y le ponen paños de agua tibia a las acciones violentas de la Primera Linea. Tímidamente criticaron el asalto al Palacio de Justicia por parte del M 19 pero se envalentonan para descalificar la retoma militar. No fustigan el bombazo al Club el Nogal porque por ser de “pretensiosos arribistas”, sotto voce, lo consideran merecido. Eso no le dio a los del centro para rasgarse las vestiduras.
Para el centro es importante denunciar los 7.000 y cada vez más “falsos positivos” pero no lo escandalizan lo 17,000 y más niños reclutados por las FARC y el ELN que usan de carne de cañón en la guerra. Los del centro se inventaron que la guerrilla existía por las causas objetivas de pobreza y desigualdad para no confrontar la decisión aventurera de unos anarquistas que se alzaron en armas con el sueño de replicar la “hazaña” de Fidel Castro y el Che Guevara, sin tener en cuenta condiciones subjetivas que implican la voluntad popular o el querer del pueblo. Para los del centro los paramilitares son narcoparamilitares pero les cuesta decir que los guerrilleros son narcoguerrrilleros. Lo saben, pero no lo dicen. Ejercen doble racero porque sufren complejo de derecha.
El espectro del centro tuvo cierto protagonismo respetable en el país cuando emergió Antanas Mockus. Fue una expresión auténtica porque Mockus venía de decepcionarse de la izquierda y mucho más de la armada. Un día le preguntaron si era de izquierda o de derecha y respondió: “yo no sé, pero a veces como en el tráfico bogotano se fluye mejor por la derecha”. En esas épocas no había tanto complejo de derecha y se tenía claro que la izquierda armada no era opción viable. Y luego del acuerdo de paz del gobierno de Juan Manuel Santos, en el que se reconoció estatus romántico a las FARC, el centro viró de nuevo a la izquierda y se radicalizo contra la derecha. Volvió como su objetivo principal a todo lo que representara al expresidente Alvaro Uribe Vélez.
Por eso el centro se ha desdibujado cada vez más porque sus posturas contra la izquierda son suaves y contra la derecha son duras, pero sin solidez argumentativa. Son tibias por reverencia y por insuficiencia. Las recriminaciones a la extrema izquierda se hacen con pinzas, las criticas al gobierno de izquierda son calculadas y medidas. Los candidatos del centro Sergio Fajardo y Claudia López le apostaban a ganarse el favor de la izquierda y por ende le daban golpes con almohadilla. Con la derecha les era más fácil ser fuertes, pero resultaban panditos porque se anquilosaron en el relato de la izquierda y de la extrema izquierda contra Uribe. La réplica de los del centro quedaba como segundas partes y el mérito antiuribista se lo ganó siempre la izquierda.
El intento de una tercera postura política se vino a menos por sustracción de materia. La estigmatización al uribismo y a los candidatos que parecían uribistas dejaban la sensación de ser apenas rabietas de celos con poco fondo. Recordaban los berrinches del expresidente César Gaviria cuando gritaba “Uribe mentiroso”. Las expresiones casi histriónicas de Fajardo o de Claudia se veían impostadas y poco creíbles. Claudia con la cantaleta de que Abelardo defiende a la mafia o Fajardo con su hipótesis que De La Espriella asesinaría a sus opositores no generaron nunca credibilidad y mucho menos entusiasmo, porque sus postulados se ven flojos. El centro no es visto tibio por quedar como ni fu ni fa, sino por falta de contundencia argumentativa.
Hoy intelectuales, juristas y periodistas que se ubican pomposamente en el centro han perdido el norte. Como si en la época de Hitler a Churchill no le hubiera tocado aliarse hasta con Stalin para acabar con el mal peor. Como si en la época de Pablo Escobar no hubiera sido válido aliarse hasta con el Cartel de Cali para acabar con el monstruo del narcoterrorismo. Les preocupa más la inclusión homosexual que la supervivencia de la democracia. Les preocupa más el maltrato animal que los secuestros a seres humanos. Le temen mas a la falta de equidad de género que a la falta de libertad. En síntesis, el árbol no los deja ver el bosque. Les angustia más las reivindicaciones modernas de la democracia que preservar las conquistas antiguas de la democracia.
Por mezquindades y miopía hoy el centro no ve el peligro principal en el binomio Petro-Cepeda. La amenaza latente contra la Constitución del 91 y el riesgo de autoritarismo que atenta contra la preservación de la democracia, es secundaria frente a las maneras fantoches, gustos estrambóticos y radicalismo verbal contra la izquierda de Abelardo de la Espriella. Les tiene sin cuidado cínicamente que Petro y su heredero sean la versión colombiana del Castrismo, del Chavismo o de lo que se llama Socialismo del Siglo XXI. Hoy ejercen la misma labor de los “intelectuales colaboracionistas” de Hitler y el Nazismo. Todos hoy ven el peligro en Abelardo de la Espriella por ser un corroncho mal hablado y mal vestido, pero ven a Iván Cepeda como un hombre serio y honesto.
