Antioquia, el otro país

Por: Fernando Torres Mejía

La imagen es poderosa. Mientras una considerable parte de Colombia se sumergía en las celebraciones del 20 de julio y en las trifulcas políticas en la capital por la elección de las mesas directivas del Congreso, un grupo de mandatarios regionales decidió conmemorar la fecha patria en el interior del Túnel del Toyo, en las entrañas de la montaña, en el corazón de una megaobra de 9,7 kilómetros que se convertirá en la más larga de América Latina y en el eje del nuevo corredor vial que unirá a Medellín con la región del Urabá antioqueño. Al integrarse con las vías Mar 1 y Mar 2, este megaproyecto reducirá el tiempo de viaje entre la capital antioqueña y el mar Caribe a aproximadamente 4 horas.

No era un capricho, era una declaración de principios. El gobernador Andrés Julián Rendón y el alcalde Federico Gutiérrez no solo le mostraron al país la majestuosidad de la obra, sino que, al invitar al nuevo presidente, Abelardo de la Espriella, escenificaron un nuevo capítulo en la histórica relación entre el centro y las regiones.

Este evento no debe leerse como un acto protocolario cualquiera. Es la constatación de una realidad: mientras el actual gobierno se debate en promesas incumplidas y disputas internas, Antioquia financia, construye y saca adelante sus propias obras. El caso del túnel del Toyo es emblemático. Gustavo Petro prometió en 2024 que no destinaría más recursos al proyecto para priorizar el acueducto de Urabá, una promesa de un billón de pesos que aún no cumplirá. La Nación no ha puesto los recursos para la instalación de los equipos electromecánicos, una demora que podría alargar la entrada en operación de la vía hasta 16 meses. Ante el vacío y la inacción, la Gobernación y la Alcaldía de Medellín asumieron el costo de finalizar el tramo faltante, demostrando que el verdadero progreso no espera a que el gobierno central se decida. A propósito, Julián Andrés Rendón manifestó: “Los antioqueños solo se arrodillan ante Dios”.

Esta realidad subraya el fracaso del centralismo como modelo de gestión. La Constitución de 1991 estableció un Estado descentralizado, pero en la práctica, el centralismo persiste, alimentando una burocracia ineficiente y costosa que duplica funciones y no da resultados. Las regiones se ven reducidas a suplicar en Bogotá los recursos que necesitan para sus proyectos, en un desfile burocrático que consume tiempo y energía, mientras los políticos de turno se niegan a ceder el control, perpetuando un sistema que concentra el poder y el presupuesto. Esta duplicación de tareas no es una ineficiencia menor: es un lastre que nos impide ser más eficientes como país y que condena a la marginalidad a regiones que no tienen el cabildeo suficiente en los corredores del poder.

Por eso, la autonomía regional no es un capricho, sino una necesidad para el desarrollo equilibrado del país. El gobernador Rendón ha sido un firme defensor de esta tesis y ha puesto cifras concretas sobre la mesa: una mayor autonomía fiscal para los departamentos representaría más de 32 billones de pesos adicionales para las regiones. Esa cifra no es un número en el papel, es el costo de oportunidad de mantener el centralismo. Significa hospitales que podrían construirse, vías que podrían pavimentarse y acueductos que podrían llevarse a cabo sin la intermediación ineficiente de un gobierno central que no está a la altura de las necesidades locales. Y en este punto, hay una coincidencia fundamental: el señor presidente electo, Abelardo de la Espriella, ha manifestado su acuerdo con esta visión, abriendo una ventana de oportunidad para que el debate sobre la descentralización ocupe el lugar que merece en la agenda legislativa.

En esa conmemoración, el gobernador Rendón leyó un poema que resume todo lo que representa el pueblo antioqueño y que se los comparto: No lo busques solo en mapas, ni en los papeles de la nación; busca al paisa en sus obras, en su mesa, en su fogón. Cuando el paisa coge rumbo, no va solo ni perdido; lleva al abuelo en la historia y al nieto que no ha nacido. No emigra porque le toca, no huye de lo que fue; llega con gallinas y cerdos, y la riqueza es su fe. Porque el monte se hace puente y la palabra, obligación; y una Antioquia caminante se vuelve patria y nación”.

Esa es la esencia de un pueblo que no se arrodilla ante las adversidades ni ante el abandono estatal. Lo que vimos en el Túnel del Toyo no fue un mero acto de independencia, sino la demostración de que el futuro de Colombia pasa por reconocer y empoderar a sus regiones.

El reclamo, o mejor la propuesta del gobernador Rendón, no es un grito separatista, sino un clamor de justicia y eficiencia, un llamado a construir una nación donde cada territorio tenga la capacidad de forjar su propio destino, para que seamos finalmente un país completo y en paz; y para lograrlo, para entender esa apuesta, hay que mirar con respeto y atención la tenacidad de Antioquia, el otro país. 

Salir de la versión móvil