El enfrentamiento que hoy incendia las redes sociales no lo protagonizan Abelardo De La Espriella ni Paloma Valencia. Lo protagonizan sus entornos — asesores con agendas propias e influencers sin mayor capacidad de análisis político — que han convertido una disputa de posicionamiento electoral en una guerra que solo tiene un beneficiario: Iván Cepeda.
Los dos candidatos han guardado silencio. Ese silencio no es debilidad. Es la única señal inteligente que ha salido de este cruce de fuego.
Entre Abelardo y Paloma existe una relación de respeto y admiración mutua que sus entornos parecen ignorar o no les importa preservar. Mientras los que rodean a los candidatos acumulan heridas y rencores, los propios candidatos entienden algo que sus guerreros digitales no: Colombia no puede darse el lujo de que la derecha y el centro lleguen divididos a una segunda vuelta.
La historia reciente del país lo demuestra. Cada vez que las opciones no petristas han fragmentado su voto y degradado sus campañas en disputas internas, la izquierda ha capitalizado.
No por mérito propio, sino por el regalo que le entrega la división del otro lado.Abelardo suma. Paloma suma. Los dos tienen lecturas distintas del país y propuestas diferentes, pero comparten un diagnóstico: cuatro años más de izquierda en el poder son un riesgo que Colombia no está en condiciones de asumir.
El país necesita que esa coincidencia sea más fuerte que las diferencias. Y necesita que quienes rodean a estos dos candidatos entiendan que una guerra de entornos no es estrategia política — es sabotaje propio.




