El 2 de noviembre de 1995, sicarios asesinaron en Bogotá a Álvaro Gómez Hurtado, uno de los líderes históricos del conservatismo colombiano del siglo XX, fundador del Movimiento de Salvación Nacional y una de las voces más influyentes —y más señaladas— de la política nacional de su época. Gómez Hurtado había competido tres veces por la Presidencia de la República sin lograrlo nunca; el Palacio de Nariño fue, para él, una meta siempre esquiva.
Tres décadas después, casi al cumplirse ese aniversario, su nieto Nicolás Gómez Arenas entra a trabajar todos los días a una oficina que colinda, puerta con puerta, con el despacho del presidente de Colombia —no porque él mismo haya ganado esa carrera, sino porque su familia terminó, generación tras generación, encontrando otros caminos hacia el mismo lugar.
Gómez Arenas, politólogo y magíster en Políticas Públicas de la Universidad de los Andes, no llegó a la política por herencia directa de cargo, sino construyendo currículo propio en los espacios donde se cocina la política real antes de que llegue a los titulares: fue profesor universitario, columnista de opinión y asesor legislativo en el Congreso de la República, donde apoyó el trabajo de la bancada del Centro Democrático, antes de asumir en diciembre de 2021 la secretaría política de Salvación Nacional, el movimiento que su bisabuelo Laureano Gómez, el único de la familia que sí llegó a la Presidencia, entre 1950 y 195, ayudó a moldear ideológicamente, y que su propio abuelo terminó de fundar formalmente.
En sus columnas y redes sociales se consolidó como una de las voces más críticas del gobierno de Gustavo Petro, cuestionando particularmente lo que denominó «agendas ambientales radicales» y defendiendo posiciones de mano dura en seguridad, propiedad privada y orden social.
Intentó llegar al Concejo de Bogotá en 2023 con propuestas centradas en seguridad y reducción del gasto burocrático, sin conseguir la votación necesaria.
Su verdadero terreno de prueba llegó con la campaña presidencial de 2026: fue una pieza activa en la estrategia que llevó a Abelardo de la Espriella a la Presidencia, en un momento en que Salvación Nacional, dirigido por su propio padre, Enrique Gómez Martínez, se convirtió en el único partido bajo cuyo aval el hoy mandatario aceptó presentarse a las urnas.
Ese respaldo, sellado en la plaza pública y no solo en el papel, terminó de definir la confianza que hoy lo llevó a la Jefatura de Despacho Presidencial: la oficina que hace parte del Departamento Administrativo de la Presidencia (Dapre), desde donde coordinará la agenda del mandatario, hará seguimiento a la agenda legislativa del gobierno y asesorará en la formulación de política pública.
Ya empezó a ejercer, de hecho, mucho antes de la posesión oficial: acompañó al presidente electo en Cúcuta durante la primera de las 32 reuniones territoriales de empalme anunciadas por el nuevo gobierno.
Su llegada no ocurre en el vacío familiar: su padre consolidó las mayorías legislativas que hoy respaldan a De la Espriella en el Congreso, su tío Miguel Gómez Martínez asumirá el Ministerio de Hacienda, y él mismo se estrena como jefe de Despacho, tres Gómez, tres frentes distintos del poder, una sola generación activándose al mismo tiempo.
Treinta años después de que un asesinato le arrebatara a esta familia a uno de sus líderes en plena carrera hacia la Presidencia, el apellido regresa al corazón del poder ejecutivo por una vía distinta a la que Álvaro Gómez Hurtado persiguió sin éxito: no ganando la Presidencia, sino ocupando, generación tras generación, los despachos más cercanos a quien sí llegó a ella.




