Por: Juan Daniel Giraldo
Comencemos con esta premisa: el acceso a la tecnología informática no es un lujo, es una necesidad.
Leí hace poco que el Gobierno Francés ha decidido dejar de comprar licencias de uso de Microsoft (para quienes no conocen la mundialmente famosa Office con sus aplicativos Word, Excel, etc.) para su uso de oficina y en las entidades gubernamentales, y así fomentar el uso de aplicaciones de oficina de código libre generados a partir de sistemas operativos como Linux que no tienen costos asociados y periódicos de uso. Además, impulsó el desarrollo de herramientas propias para videoconferencia y otras en nube pública que le generan mayor seguridad y soberanía sobre su data.
Que los países comiencen a tomar en serio la soberanía informática y del dato no es algo ni casual ni de poca monta; ni una vanguardia ni una moda, es la conclusión de una realidad que requiere que se discuta en términos de geopolítica, gobernanza y política pública. Y sí lo es, porque va más del solo hecho de ser esnobistas y pretender estar en lo último de avances tecnológicos; es entender que ahora el dato gobierna la sociedad.
Pero, ¿qué se entiende por soberanía digital? Es nada más y nada menos que la capacidad que tenemos como individuos, sociedad y Estado de tener control, autoridad e independencia sobre sus activos digitales, llámense datos, software, hardware e infraestructura de telecomunicaciones. Ello significa que se tenga autodeterminación en el uso y el alcance que hacemos de nuestra información, como activo valioso.
Desgraciadamente, en medio de la actual contienda electoral, hemos oído discursos por la presidencia y el poder en los próximos cuatro años de todo menos de este tema, que como activo valioso y generador de riqueza y soberanía, requiere de acciones puntuales a corto, mediano y largo plazo para asegurarnos una posición importante en el marco mundial. Y no es una aseveración comunista ni utilitarista ni mucho menos, pero si es un concepto que debemos entronizar, discutir e incluir en la agenda pública del país.
La pandemia y los avances actuales de la civilización ya nos están llamando a gritos para que incluyamos transversalmente la innovación tecnológica en la agenda pública, no solo como un punto de innovación y de uso en ciertas aplicaciones, sino como una herramienta en todos los campos de la vida cotidiana.
Comenzar por entender que requerimos un mínimo vital de consumo de datos para nuestras actividades cotidianas, que ese mínimo vital no debe depender de empresas del sector privado sino como una garantía del estado para algo tan simple como solicitar una cita médica o acceder a un certificado de antecedentes judiciales; entender que en las zonas no conectadas es requerido la inversión estatal (y no de las empresas de telecomunicaciones, que piensan en el factor de retorno de la inversión), para poder asegurar que toda la población acceda a los servicios que el estado y la sociedad brindan, ese debería ser uno de los desafíos y los puntos que más se hablen en esta y las siguientes contiendas.
Debemos hacer un llamado a los candidatos a que se informen, incluyan no solo en sus discursos y planes sus propuestas para el impulso de la soberanía digital y el mínimo vital de consumo de datos, sino también para que se apropien de las tendencias tecnológicas, y no solo la apliquen como videos divertidos e imágenes generados por Inteligencia Artificial.
El camino es largo, pero tenemos la capacidad humana y las condiciones para generar una sociedad soberana digital y a la altura en innovación tecnológica: ojalá y seamos insistentes como sociedad para exigir ello a quienes nos gobiernan.
