Roni Kaplan, el portavoz de Israel que llegó a Colombia: de la guerra en Gaza a rescatista en Cali tras el terremoto

Por: El Expediente

Cuando se enciende la luz roja de la cámara, Roni Kaplan queda solo. No hay jefe detrás dándole instrucciones, no hay libreto que seguir en tiempo real: hay un audífono conectando su voz, en español, con millones de personas al otro lado de la pantalla, y del otro lado del cristal, presentadores como Fernando del Rincón, Patricia Janiot o Andrés Oppenheimer esperando una respuesta que no puede fallar. «Uno siente que tiene que darlo todo», ha dicho Kaplan sobre esos momentos, describiendo semanas de hasta dos meses sin volver a casa, con la familia esperando del otro lado de un país en guerra.

Antes de ser esa voz, Kaplan fue un niño judío en Montevideo, nieto de un sobreviviente del Holocausto por el lado paterno. Estudió toda su educación en el colegio de la comunidad judía de la ciudad y creció como miembro activo de Maccabi, la organización deportiva y cultural que durante generaciones ha sido, para buena parte del judaísmo latinoamericano, la primera escuela de identidad antes de conocer Israel de cerca. Esa identidad terminó por llevarlo, en 2003, a emigrar a Jerusalén, donde construyó una formación académica que combina economía, filosofía y ciencia política en la Universidad Hebrea, y más tarde una maestría en diplomacia, estrategia y seguridad en la Universidad de Tel Aviv.

El servicio militar, que cumplió en 2006, lo insertó primero en tareas de economista dentro de las Fuerzas de Defensa de Israel, y después en el área de estrategia. El salto hacia la vocería pública llegó por una razón tan simple como decisiva: el español era su lengua materna, en un ejército que necesitaba una voz capaz de explicarle a América Latina, en su propio idioma, lo que ocurría en Gaza. Desde junio de 2012 —con la Operación Pilar Defensivo como su primer gran examen mediático, y la Operación Margen Protector de 2014 como el segundo— Kaplan se convirtió en el rostro hispanohablante de una de las maquinarias de comunicación militar más escrutadas del mundo.

Esa exposición tiene un costo que Kaplan ha descrito con una honestidad poco común en alguien entrenado para no mostrar grietas: la soledad del vocero, la distancia de la familia, la sensación de estar cumpliendo «una misión muy importante» mientras el país que representa es acusado, cada pocos años, de genocidio. Esa acusación dejó de ser retórica en junio de 2026, cuando el sindicato uruguayo PIT-CNT, la organización Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, la Federación de Estudiantes Universitarios y otros colectivos formalizaron ante la Fiscalía de Montevideo una denuncia penal contra él por crímenes de guerra, lesa humanidad y genocidio, argumentando que su labor como vocero desde la Operación Pilar Defensivo de 2012 no fue «nada inocente ni meramente informativa», sino un ejercicio destinado a «disfrazar, disimular, distorsionar y encubrir» los hechos denunciados contra Israel. Kaplan respondió a los señalamientos con una frase que resume su lugar incómodo entre dos identidades: le pidió al presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, que no hiriera «con sus palabras a los 15.000 uruguayos» que, como él, sienten a Israel como propio.

Alejado del servicio activo con el grado de mayor —pese a que pudo continuar su carrera militar—, Kaplan sigue defendiendo la imagen de Israel desde otro frente: dirige Conexión Israel, una organización que organiza delegaciones de empresarios, líderes religiosos y grupos evangélicos para que conozcan el país de cerca, y asesora al Ministerio de Relaciones Exteriores israelí en asuntos latinoamericanos. En abril de 2026 fue fotografiado junto al presidente argentino Javier Milei durante la visita de este último a Jerusalén. Meses después concedió una entrevista a un medio argentino desde el kibutz Be’eri, a un kilómetro de la Franja de Gaza —el mismo kibutz que Hamás atacó el 7 de octubre de 2023—, donde describió aquel ataque con la misma precisión de datos que empleó durante años frente a las cámaras: «Unos 6.000 terroristas en tres olas llegaron acá a Israel y asesinaron a 1.200 personas, la enorme mayoría civiles, y secuestraron a 251 personas».

El capítulo más reciente de esa vocación de estar donde el dolor es noticia lo escribió esta semana, a miles de kilómetros de Jerusalén. El lunes 10 de agosto de 2026, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente de Colombia y dejó, hasta el momento, cerca de 300 personas fallecidas y más de cien mil afectadas en quince departamentos. Cuatro días después, el viernes 14 de agosto, un avión de la Fuerza Aérea israelí aterrizó en Cali con 82 militares de las Fuerzas de Defensa de Israel —rescatistas, ingenieros y especialistas, la mayoría reservistas— pertenecientes a la Unidad Nacional de Rescate y Salvamento de Israel, un cuerpo que despliega este tipo de misiones internacionales desde 1953 y que con Cali sumó su operación número 39. El mando operativo de la delegación quedó en manos del brigadier general Yossi Pinto; Kaplan llegó como su portavoz y como asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores israelí, la misma función de puente comunicacional que ha ejercido durante casi quince años.

«Estaremos en distintos puntos de la ciudad coordinados con las autoridades locales para ingresar a los lugares colapsados y, Dios quiera, encontrar personas con vida en las tareas de rescate», dijo Kaplan a la agencia EFE apenas aterrizó el equipo. En sus redes sociales fue más allá del parte operativo: «nuestra historia nos enseñó que frente al sufrimiento no alcanza con mirar desde lejos. Hay momentos en los que hay que levantarse, actuar y tender una mano. Este es uno de esos momentos. Colombia querida, Israel está contigo!», escribió. Días después, mientras la delegación trabajaba codo a codo con los bomberos y el Ejército colombiano en Cali, resumió la filosofía detrás de la misión con una frase que podría describir el resto de su carrera como vocero: «Cuando otro pueblo sufre, no preguntamos quién es; preguntamos cómo podemos ayudar».

La llegada de la delegación no estuvo libre de la controversia que suele acompañar a Kaplan. El expresidente Gustavo Petro cuestionó públicamente en X el envío del equipo israelí, calificándolo de «soldados de guerra» en lugar de ayuda humanitaria, y argumentó que Colombia necesitaba en cambio personal médico y rescatistas civiles. Kaplan, fiel al estilo directo que lo hizo famoso frente a las cámaras de Gaza, no dejó pasar el señalamiento: le respondió con un escueto pero firme «con todo respeto», antes de continuar detallando el trabajo de evaluación estructural que su equipo de ingenieros adelantaba junto al personal local en uno de los hospitales de la ciudad.

Es esa doble condición —el niño de Montevideo que hoy, con la misma voz que una vez explicó una guerra en Medio Oriente, coordina un rescate en Cali— la que explica por qué Roni Kaplan sigue siendo, casi quince años después de su primer despliegue mediático, una de las voces más citadas y más disputadas del vínculo entre Israel y América Latina.

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