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¿Qué es ser de derecha, y por qué hoy parece darle vergüenza al Centro Democrático?

por El Expediente
agosto 5, 2026
en Corrupción
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¿Qué es ser de derecha, y por qué hoy parece darle vergüenza al Centro Democrático?
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Por: El Expediente

La distinción entre izquierda y derecha nació el 28 de agosto de 1789, durante la Asamblea Nacional Constituyente de Francia. Los diputados debatían qué poder de veto conservaría el rey Luis XVI sobre las futuras leyes. Quienes defendían mantener ese poder real se sentaron a la derecha del presidente de la asamblea; quienes defendían la soberanía del pueblo por encima del monarca, a la izquierda. Desde entonces, «derecha» quedó asociada a la defensa del orden establecido.

En su versión colombiana, esa idea general se ha traducido en un lenguaje muy concreto: defensa de la familia tradicional como núcleo de la sociedad, respeto a las instituciones y a la autoridad del Estado, un nacionalismo que reivindica la soberanía y la identidad patria, centralidad de las Fuerzas Militares y la Policía frente al conflicto armado, aplicación estricta de la ley, y una oposición ideológica clara frente al socialismo, la socialdemocracia, el comunismo y las agendas identitarias que sus dirigentes consideran ajenas a la tradición cultural del país. Esta matriz de valores —familia, patria, fe, orden, autoridad— es, históricamente, la que ha definido a la derecha colombiana desde el Partido Conservador del siglo XIX, y es también la que millones de colombianos reconocen como propia cuando se identifican con esa tendencia política.

Y aquí aparece un dato que rara vez se cuenta con precisión, y que ayuda a entender la controversia actual dentro del Centro Democrático: Álvaro Uribe no viene de esa tradición conservadora. Uribe construyó toda su carrera política dentro del Partido Liberal: fue elegido senador dos veces bajo esa colectividad, en 1986 y 1990, fue gobernador de Antioquia como liberal, y solo rompió con el partido en 2001, ya con casi treinta años de militancia, por su desacuerdo con la estrategia de negociación de paz con las FARC que promovía el entonces candidato liberal Horacio Serpa —no por una conversión hacia el conservadurismo o hacia una doctrina de derecha tradicional—. De hecho, el propio Uribe llegó a rechazar explícitamente que lo etiquetaran como «derechista y autoritario», prefiriendo definirse como «un demócrata con sentido de la autoridad y un capitalista con vocación social». El Centro Democrático que fundó en 2013 nació, en ese sentido, como un proyecto personalista y pragmático centrado en la seguridad y en su propio liderazgo, no como la expresión partidista de una doctrina conservadora de derecha construida durante generaciones, como sí lo fue, por ejemplo, el histórico Partido Conservador.

Lo que sí ocurrió, en la práctica política de los últimos veinte años, es que ese proyecto liberal de origen terminó capturando casi por completo el voto de las bases más conservadoras del país, primero como oposición a la agenda socialdemócrata de Juan Manuel Santos, y después como principal trinchera contra el gobierno de Gustavo Petro, abiertamente identificado con la izquierda y el comunismo. Millones de colombianos con una visión conservadora, patriótica, nacionalista y católica encontraron en el uribismo su vehículo electoral natural, sin que el partido tuviera que construir, puertas adentro, una doctrina de derecha explícita y coherente —le bastaba con ser la alternativa disponible frente a lo que esas bases percibían como una amenaza mayor—.

Esa tensión de origen es, probablemente, la explicación más honesta de lo que ocurrió la semana pasada. La excandidata Paloma Valencia afirmó que el Centro Democrático «no puede ser definido como una colectividad de derecha», y lo ratificó ante el propio Uribe durante un encuentro en Medellín: «Este no es un partido de derecha. El que cree que este es el partido de Hayek y de las libertades económicas, donde el Estado se queda cruzado de brazos y ve cómo se mueren de hambre los ciudadanos, está en el partido equivocado». Sostuvo que las categorías de izquierda y derecha «entraron en desuso hace mucho tiempo» y que la identidad real del partido es otra: «Nosotros realmente lo que somos es uribistas».

Dicho con franqueza: es un argumento que tiene más de estrategia de comunicación que de rigor doctrinal, y así lo entendieron de inmediato sus propios copartidarios, con una reacción que no dejó lugar a dudas sobre lo que las bases del partido sí sienten y sí reivindican. La exsenadora María Fernanda Cabal calificó las palabras de Valencia como una «catástrofe ideológica» y fue directa: «Ser de derecha no es una enfermedad que deba ocultarse». El representante Andrés Forero respondió en el mismo tono: «A mí me gustan Hayek y Adam Smith, estoy convencido que la preocupación por los más necesitados no es patrimonio de la izquierda». Cabal, de hecho, terminó solicitando formalmente su salida del partido.

Lo cierto es que negar hoy la etiqueta de derecha, cuando durante veinte años ese ha sido el espacio político que efectivamente ocupó el uribismo y el que sus votantes le reconocen, no resuelve la falta de una doctrina propia: solo la esconde bajo un nombre distinto. Y esconderla tiene un costo político real, que ya se hizo visible en las últimas elecciones: mientras Valencia evitaba la palabra «derecha» en plena campaña, buena parte de esas mismas bases conservadoras, patrióticas y católicas que el partido dice representar terminaron votando por Abelardo de la Espriella, un candidato que sí asumió esa identidad sin ningún pudor, y que terminó ganando la Presidencia sin necesitar el aval oficial del Centro Democrático. Si algo demostró esa elección es que a la ciudadanía conservadora colombiana no le da vergüenza ser de derecha; lo que parece darle vergüenza, o al menos incomodidad estratégica, es a una parte de la dirigencia del partido que dice representarla.

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Tags: Abelardo De La EspriellaÁlvaro UribeAndrés ForeroIzquierda y derechaMaría Fernanda CabalPaloma ValenciaPartido ConservadorPartido LiberalTags: Centro DemocráticoUribismo
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