Por Edmundo del Castillo Restrepo
Desde la noche electoral comenzó a consolidarse una narrativa según la cual Colombia quedó partida en dos mitades casi idénticas. La explicación parece sencilla: más de 25 millones de votos depositados en las urnas y una diferencia cercana a los 250.000 sufragios entre Abelardo De La Espriella e Iván Cepeda. La conclusión parece lógica a primera vista. Sin embargo, considero que es profundamente equivocada. Los números, por sí solos, no cuentan toda la historia. Una elección no es únicamente el resultado de una suma de votos. También es el producto de las condiciones políticas, institucionales y territoriales bajo las cuales esos votos son obtenidos. Por eso considero apresurado concluir que Colombia quedó dividida exactamente en dos mitades equivalentes.
A mi juicio, existen cuatro factores que ayudan a explicar por qué la diferencia terminó siendo estrecha y por qué la votación obtenida por Iván Cepeda fue tan alta. El primero tiene relación con el deterioro de las condiciones de seguridad ocurrido durante el actual gobierno. Amplias regiones del país terminaron bajo una creciente influencia de organizaciones armadas ilegales, estructuras criminales y economías ilícitas. En ese contexto surgieron múltiples denuncias sobre presiones, intimidaciones y amenazas contra electores en distintos municipios del país. Está más que probado que hubo “voto fusil» en muchos municipios, más de 440 mesas de votación en los cuales solamente obtuvo votos el candidato Cepeda, o más del 90%, fenómeno que se dio en zonas donde los grupos criminales manejan el territorio y en dónde la población fue presionada para que solo se votara por él. El segundo factor fue la abierta participación política del gobierno nacional durante la campaña. Consejos de ministros, alocuciones, intervenciones públicas y concentraciones masivas ampliamente divulgadas por los medios de comunicación terminaron convirtiendo al gobierno en un actor central de la contienda.
La controversia fue de tal magnitud que altos funcionarios enfrentaron sanciones disciplinarias, suspensiones e investigaciones por presunta participación en política. Directores de entidades públicas, embajadores y otros servidores del Estado fueron objeto de actuaciones por parte de organismos de control, mientras algunos ministros quedaron vinculados a investigaciones relacionadas con estos hechos.
El tercer factor está relacionado con la utilización del poder gubernamental y de la capacidad institucional del Estado para influir en el ambiente electoral.
Durante los meses previos a la elección se multiplicaron anuncios, promesas, beneficios, subsidios y mensajes dirigidos a distintos sectores de la población, especialmente a los más vulnerables.
El cuarto factor corresponde a las denuncias divulgadas por distintos medios según las cuales algunos funcionarios públicos habrían presionado a sus subalternos para obtener respaldo electoral, no solamente de ellos sino también de sus familiares y círculos cercanos, bajo la amenaza implícita o explícita de afectar su permanencia en los cargos. La verdadera pregunta que muchos analistas no parecen formular es otra. Si el gobierno de Gustavo Petro hubiera sido exitoso, la alta votación obtenida por el candidato de continuidad sería perfectamente comprensible. Pero si, como sostienen millones de colombianos, el gobierno deja un balance profundamente negativo en materia de seguridad, salud, infraestructura, crecimiento económico, lucha contra el narcotráfico y cumplimiento de promesas de campaña, entonces la pregunta cambia completamente. La sorpresa de esta elección no es que Abelardo De La Espriella haya ganado. La verdadera sorpresa es que, pese al desgaste del gobierno y pese a los cuestionamientos
acumulados durante cuatro años, la diferencia final haya sido tan reducida. A mi juicio, la explicación de la alta votación obtenida por Iván Cepeda no puede encontrarse únicamente en los resultados del gobierno. Debe analizarse conjuntamente con los cuatro factores anteriormente
descritos. Por esa razón, no considero que la diferencia de apenas 250.000 votos constituya la prueba de una nación dividida exactamente en dos mitades equivalentes. En mi opinión, de no haber concurrido esos factores, la diferencia electoral habría superado ampliamente los tres o incluso los cuatro millones de sufragios. Por eso me parece equivocado reducir esta elección a una simple operación matemática. Las elecciones no solamente cuentan votos. También reflejan las condiciones bajo las cuales esos votos son obtenidos.
Reflexiones finales
Los colombianos ya tomaron una decisión y corresponde ahora al presidente electo asumir la enorme responsabilidad de conducir los destinos del país durante los próximos cuatro años. Por esa razón, deseo sinceramente que a Abelardo De La Espriella le vaya bien. Que le vaya bien por él, pero sobre todo por Colombia. También espero que quienes tienen la responsabilidad de proteger al presidente electo comprendan la magnitud del desafío que enfrentan. Más allá de las diferencias ideológicas y de las controversias propias de cualquier elección, la protección de la vida
y la seguridad del nuevo presidente debe convertirse en una prioridad nacional. El recuerdo de Miguel Uribe Turbay acompañó esta campaña hasta el último día. Muchos colombianos vieron en él la representación de una generación política que intentaba abrirse camino en la vida pública y que terminó convirtiéndose en símbolo de una tragedia que conmovió profundamente al país. Estoy convencido de que una parte importante del respaldo obtenido por Abelardo De La Espriella estuvo
también asociada al recuerdo de Miguel Uribe Turbay y al sentimiento de solidaridad que su historia despertó entre millones de colombianos. Ojalá que ese recuerdo permanezca vivo, no solamente como homenaje a Miguel Uribe Turbay, sino también como recordatorio de la responsabilidad que tiene el Estado de proteger la vida y la seguridad de quienes asumen el liderazgo de Colombia.




