Por: Luis Duque
El domingo pasado perdimos. Y perdimos feo.
No hay manera elegante de maquillar una derrota estrepitosa. La política tiene esa virtud brutal: después de los discursos, las encuestas, la publicidad, los comités, las entrevistas, las plazas y las explicaciones, queda un número. Y ese número no pide permiso. Simplemente aparece y dicta sentencia.
Yo fui el estratega de Paloma Valencia. Por eso esta derrota también lleva mi firma.
No escribo estas líneas para repartir culpas, ni para lavarme las manos, ni para buscar excusas. En política, quien asesora tiene responsabilidad. Punto. Cuando se gana, uno debe tener la decencia de no creerse dueño de la victoria; cuando se pierde, debe tener el carácter de no salir corriendo por la puerta de atrás. Yo no voy a hacerlo.
Acompañé a Paloma en una campaña compleja, llena de retos y decisiones difíciles. Y, a pesar del resultado, lo primero que siento es orgullo. Orgullo por haber sido parte de una apuesta que puso a soñar a millones de colombianos con algo poderoso: la posibilidad de escoger a alguien que le gustaba al país y no simplemente a quien tocaba. Una candidatura que apostaba por sumar entre distintos, construir desde las diferencias y ofrecer propuestas claras para que Colombia funcionara mejor. Y sí, también por algo simbólicamente enorme: la posibilidad de tener, por primera vez, una mujer presidenta de Colombia.
Paloma era una candidata preparada, valiente, con carácter, ideas y una convicción democrática que nadie serio puede desconocer. Su candidatura tuvo además la audacia de abrir espacio a alguien distinto como Juan Daniel Oviedo: técnico, fresco, decente y capaz de hablarle de frente al país desde los datos sin perder la calle, aunque no siempre lográramos convertir esa diferencia en la fuerza política que necesitábamos.
Ese sueño existió. En las encuestas, en la calle, en las regiones, en mujeres que se sintieron representadas, en ciudadanos que quisieron elegir por entusiasmo y no por miedo, en jóvenes que vieron una alternativa y en personas cansadas que querían orden sin gritos, firmeza sin odio y corazón sin demagogia.
Pero los sueños, en campaña, no ganan solos. La política exige una alineación total entre estrategia, candidatura, campaña y voces íntimas. Y esa alineación no siempre llegó con la fuerza ni con la oportunidad que necesitábamos.
Una presidencial no se pierde por una sola razón, ni por una sola persona, ni por un solo error. Las derrotas grandes suelen ser una suma de advertencias desoídas, tiempos imperfectos, decisiones difíciles, declaraciones no preparadas, oportunidades que no cuajaron y realidades que pesan más de lo que uno quisiera aceptar mientras está en plena batalla.
Aposté a que una candidata potente, una narrativa clara y una estrategia seria podían abrirse paso en un escenario mucho más complejo de lo que muchos alcanzaron a ver desde afuera y desde adentro.
No siempre dimensioné el tamaño de las piedras que cargábamos en la mochila. La apertura que necesitábamos para construir mayorías exigía confianza, amplitud y serenidad política. No siempre las tuvimos en la medida suficiente. A veces pesaron más los temores, las prevenciones y las resistencias que la necesidad de abrir puertas.
Pero esta campaña también demostró que hay millones de ciudadanos buscando una alternativa democrática, firme, institucional y alejada del salto al vacío. Una Colombia que no quiere rendirse ante el miedo, ni resignarse al deterioro, ni escoger entre el cinismo y el fanatismo.
Esa Colombia sigue ahí. Y hoy tiene una tarea superior a cualquier herida personal, cuenta pendiente o vanidad golpeada: derrotar a Iván Cepeda.
Porque el domingo no solo terminó una campaña. También empezó una obligación. Frente a esto no caben neutralidades elegantes.
Agradezco profundamente a Paloma Valencia por haberme permitido acompañarla. Le reconozco su valentía, inteligencia y amor por Colombia. No todos los días se tiene el privilegio de trabajar con alguien que podía hacer historia. Esta vez no alcanzó. Pero nadie podrá decir que no se intentó con coraje.
A quienes confiaron en mí, les digo lo que corresponde: esta derrota también es mía. La asumo con dolor, aprendizaje, orgullo y responsabilidad. No para posar de mártir. Las derrotas no necesitan dramatismo; necesitan carácter.
En la derrota uno aprende quién llama por afecto, quién aparece por respeto y quién entiende que la lealtad no es un discurso de campaña sino una conducta privada. También se distinguen las críticas que sirven, los silencios que hablan y ciertos aplausos que no reconocen el esfuerzo, sino que parecen celebrar la derrota.
Perdimos. Lo acepto. Esta derrota lleva mi firma.
No he sido capaz de dormir bien estas últimas noches. Los fantasmas profesionales de una derrota aparecen cuando se apagan los teléfonos y la adrenalina desaparece. Sería mentira decir lo contrario. Hoy estoy un poco más tranquilo. Hace rato entendí que la victoria no es el Olimpo, ni la derrota es el panteón. Ganar no nos vuelve dioses. Perder no nos entierra vivos.
Por eso esta derrota no la convierto en tumba, sino en camino. En este oficio, como en la guerra, uno aprende que “el mejor guerrero no es el que triunfa siempre, sino el que vuelve sin miedo a la batalla”. Y yo voy a volver.
Estoy seguro de que vendrán días mejores. No por ingenuidad, sino por terquedad. Porque todavía hay causa. Y porque como decía mi abuelo Alpiniano: «el camino es largo y culebrero».
Nos veremos en las próximas. Eso también lo firmo.
