Juliana Gutiérrez: veintiséis años en el sector privado, ahora al frente del deporte colombiano

Nació y creció en el barrio Belén Alameda de Medellín, la menor de tres hermanos, en una casa donde la política se hablaba desde temprano — su hermano mayor, Federico «Fico» Gutiérrez, empezó a acompañarla, o más bien ella a él, desde los consejos municipales de juventud, hace ya más de veinte años. Pero la vida de Juliana Gutiérrez Zuluaga no se explica solo por ese apellido. Administradora de empresas de la Universidad de Medellín, con maestría en Administración del Riesgo de la Universidad EAFIT, construyó durante 26 años una carrera propia en el sector privado, lejos de los reflectores que hoy la acompañan como nueva ministra del Deporte del gobierno de Abelardo de la Espriella.


Ese camino cambió de rumbo en 2012, cuando su primer hijo, Jerónimo, murió de cáncer siendo apenas un niño. Fue, en sus propias palabras, un antes y un después: en lugar de quedarse en el silencio del duelo, empezó a trabajar de la mano de fundaciones que acompañan a familias con hijos en tratamiento oncológico, un compromiso que sostuvo durante años sin que fuera, en ese momento, un proyecto político. Cuando más adelante a su hija Alicia le diagnosticaron ataxia cerebelosa, una enfermedad huérfana y degenerativa, esa causa personal se volvió también un asunto de salud pública que terminaría marcando el eje de su discurso cuando decidió, por primera vez, aspirar a un cargo de elección popular.


Ese salto llegó en 2025, cuando encabezó la lista al Senado por el movimiento Creemos —el mismo con el que su hermano ha construido su carrera política— en un intento por recuperar la personería jurídica del partido. No ganó una curul, pero los cerca de 96.438 votos que reunió, y el trabajo territorial que dejó tras esa campaña, la posicionaron como una de las piezas naturales del equipo de empalme cuando Abelardo de la Espriella ganó la Presidencia: llegó a liderar la revisión del sector de Prosperidad Social y hasta sonó como posible directora del ICBF, antes de que la cartera que finalmente se le asignara fuera la del Deporte.


Sobre las preguntas inevitables por su parentesco con el alcalde de Medellín, ella misma ha sido directa: «Nepotismo sería si él me impone en un cargo público, lo cual nunca hará porque tenemos claros los límites», respondió cuando se lo cuestionaron, reivindicando su derecho como ciudadana a competir y a servir por mérito propio, no por apellido.

Ahora, al frente de un ministerio que no era su área técnica de origen, llega con algo que pocas veces se valora lo suficiente en la gestión pública: la capacidad de convertir el dolor propio en política concreta.

Su reto inmediato será sacar adelante el «Pacto Nacional por el Deporte» que propuso el propio De la Espriella para frenar los recortes presupuestales al sector, fortalecer la presencia deportiva en los barrios más golpeados por la violencia, y gestionar recursos internacionales de cara a los próximos ciclos olímpicos y paralímpicos — todo esto con la misma convicción, dice ella, con la que aprendió a transitar el duelo: no como una casilla que se marca y se cierra, sino como un proceso que se construye todos los días.

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