Joaquín Gutiérrez Caballero llegó a De La Espriella Lawyers en 2006 como subgerente, cuando la firma apenas empezaba a crecer. Venía de la Fiscalía General, donde había sido asesor del fiscal Mario Iguarán. Era administrador de empresas con especialización en gerencia de salud, no abogado, y esa diferencia resultó ser exactamente lo que Abelardo necesitaba: alguien que supiera convertir un talento jurídico desbordado en una organización que funcionara. Lo logró. Y veinte años después, repitió la operación a escala nacional, esta vez convirtiendo un movimiento ciudadano sin maquinaria ni partidos en la campaña presidencial más votada de la historia reciente de Colombia.
Gutiérrez es de Santa Marta. Uribista de toda la vida. Su formación no es la del político que aspira ni la del abogado que litiga: es la del hombre que sabe cómo se administra una visión, cómo se traduce una idea en agenda ejecutable y cómo se sostiene una operación compleja bajo presión. Esas habilidades lo llevaron primero a la Fiscalía, donde trabajó con Mario Iguarán en años en que esa institución enfrentaba algunos de los casos más complejos de su historia. Fue en ese entorno donde conoció a Abelardo, quien también tenía vínculos cercanos con Iguarán.
Su paso por De La Espriella Lawyers entre 2006 y 2009 coincidió con los años de mayor crecimiento de la firma. Casos de alto perfil pusieron el nombre del bufete en los titulares nacionales y convirtieron a Abelardo en el abogado penalista más reconocido del país. Gutiérrez estuvo adentro durante esa etapa, administrando la estructura que hizo posible ese crecimiento. Cuando salió de la firma, no salió de la órbita de Abelardo.
En el organigrama de la campaña presidencial, Gutiérrez aparece como jefe de campaña. Pero ese título describe apenas una parte de lo que hace. Coordina la agenda del candidato, organiza los eventos, gestiona los relacionamientos políticos y opera como el filtro por el que pasa todo lo que llega a Abelardo. En los últimos meses fue designado compromisario para negociar con la campaña de Iván Cepeda las condiciones de un debate presidencial, una misión que requiere conocimiento preciso de los intereses del candidato y capacidad para sostener una posición bajo presión. Gutiérrez la asumió con la misma naturalidad con que asume todo lo demás.
Lo que hace a Gutiérrez distinto en el entorno inmediato de Abelardo es algo que la política colombiana rara vez produce: un hombre de confianza que no tiene agenda propia. No aspira a ningún cargo. No compite con el candidato en visibilidad ni en protagonismo. Su trabajo es que Abelardo funcione, y esa claridad, en un ambiente donde los intereses cruzados son la norma, lo convierte en una pieza que no tiene reemplazo.
En la recta final de cara al 21 de junio, Gutiérrez sigue haciendo lo que ha hecho desde 2006: asegurarse de que la operación sea exitosa. Esta vez, la operación es la presidencia de Colombia.
