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Indiferencia, complicidad

por El Expediente
junio 5, 2026
en Opinión
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¿Serán indígenas?
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Por: Fernando Álvarez

La principal lección que debería dejar el resultado electoral de la primera vuelta es que la mayoría de los aspirantes a la presidencia de la república no saben leer, no saben leer encuestas, no saben leer la realidad del país, no saben leer las emociones de los ciudadanos de a pie y no saben leer las coyunturas históricas. Analfabetismo político que debiera constituir el primer me culpa de quienes pensaban que Colombia en masa los iba a escoger por tener, a su juicio, características y condiciones para regir el destino de la nación. Un país convulsionado, confundido, defraudado y decepcionado con la clase política tradicional y frustrado, ahora con mayor razón, con la izquierda que le prometió el cambio y terminó igual o peor que lo que criticaba.

Es válido que personas con cierto nivel de conocimiento o de reconocimiento caigan en la tentación de soñar con las mieles del poder. Es legítimo que quienes se destacan en algún renglón de la vida pública se dejen seducir por elogios cercanos y terminen por intentar escenarios que les permitan sanamente aportar su mejor papel a la sociedad. Y es lógico que cualquier persona medianamente inteligente que vea la incapacidad o los errores conceptuales de quienes han tenido la oportunidad de dirigir la nación esté en su derecho de sentir ganas de poner el nombre a sonar convencido de que lo puede hacer mejor. Pero no hay derecho que no se haya comprendido que para aspirar se debe tener un profundo sentido de la responsabilidad, individual y colectiva.

La responsabilidad implica saber retirarse a tiempo o apoyar a quien coincida y tenga mayores posibilidades, como lo hizo el exmagistrado del Consejo de Estado, Germán Bula Escobar, quien en las primeras de cambio comprendió que, si su interés no era medirse para masajear el ego, ni lograr un escalón para otro escenario, ni cotizarse y negociar migajas del poder, sino aspirar a ser gobernante si su discurso prendía entre las amplias masas, solo entonces valía la pena. De resto era mezquino meterse al juego.

No solo evita costos a la nación, sino que despeja el debate y permite que brillen más las ideas que los protagonismos, las mayorías tienen mejores elementos de juicio y, sobre todo, contribuye a construir una cultura política que buena falta le hace al país.Pero bajarse del bus cuando no se tienen posibilidades reales requiere grandeza. Y sin duda eso le faltó a la mayoría en esta contienda.

De hecho, José Manuel Restrepo, fórmula vicepresidencial de Abelardo de la Espriella, inició pinitos en las redes para ser candidato, pero se dio cuenta a tiempo que no tenía con qué. No por falta de méritos, sino porque para participar en esta coyuntura había que tener un aval o una gran capacidad económica para buscar firmas.

Esta elección no era un concurso de méritos académicos, ni las hojas de vida eran suficientes, ni la trayectoria en la función pública significaban mucho para el ciudadano agotado de padres de la patria que siempre han exhibido títulos y experticias, pero nunca han cumplido lo prometido. Si se observa el tarjetón hay tres parejas que debieron renunciar antes de que se cerrara la fecha para participar en la primera vuelta. Clara López, Carlos Caicedo, Gilberto Murillo y sus anónimas fórmulas estaban en esa foto para cualquier cosa menos para aspirar a la presidencia.

No vale la pena ni preguntárselo. Roy Barreras debió llegar hasta la consulta y luego de la aplastante derrota retirarse pacíficamente. Miguel Uribe, Sondra Macollins y el exgeneral Gustavo Matamoros, y sus fórmulas, debieron ponerle sensatez al tema y haber renunciado hace rato. No valía la pena ni que se contaran y se nota que no escucharon ni a sus familiares.

El caso de Santiago Botero es aparte, ni él mismo se lo creía y nadie sabrá qué pretendía realmente. Lo que ha resultado lamentable es el papel que jugó Sergio Fajardo en esta ocasión, que luego de haber construido una brillante carrera administrativa y logrado llegar a las grandes ligas en el terreno electoral, terminó como Cassius Clay cuando no supo retirarse a tiempo. Recibiendo golpes que no merecía y exponiéndose a un ocaso triste.

Tener una visión ética de lo público y mostrar un temperamento poco belicoso no lo eximía de esforzarse por estar a la altura de un estadista obligado a hacer sesudos análisis de la coyuntura o ser el mejor interprete de la realidad política. Ubicarse en el centro no siempre es la posición más valiente. A veces puede ser la más cómoda. Y la prudencia que hace verdaderos sabios solo se ve en los pesebres navideños.

El confort en la inercia que lo hizo visible por no estar con ninguno de los dos bandos enfrentados le adjudicó el mote de tibio y Fajardo no hizo mucho para no parecerlo. La suficiencia moral y cierta arrogancia intelectual que antes le daba simpatizantes, ahora producía más bien antipatías. En la inevitable polarización había que ser contundente, lo contrario no es necesariamente ponderación y en ocasiones parece pusilanimidad.

Los polos no fueron un invento mediático, son la realpolitik de un país con guerrillas y paramilitares, izquierda y derecha. Donde destacan dos líderes y no mansas palomas, son dos tigres, Gustavo Petro y Alvaro Uribe, ambos mesiánicos y radicales y cada uno en su mente con un enemigo extremo, uno el fascismo y el otro el comunismo.La apuesta de irse por la mitad de los extremos exigía fortaleza y argumento y a los tigres había que mostrarle los dientes. Ser de centro no significa automáticamente ser equilibrado o tener un alto grado de profundidad y realmente para la coyuntura Fajardo resultó más bien pandito.

El momento requería carácter y agudeza y no tanto buenas maneras que a veces pueden ocultar debilidad conceptual. Por eso Abelardo le pegó al tablero y sacó ventaja porque se mostró claro y contundente. Comprendió el momento histórico y se convirtió en El Tigre a fuerza de imagen y coraje. Golpeó en la mesa sin pedir permiso y le salió bien porque logró interpretar el sentir de la gente indignada con el gobierno. Le robo el show hasta a Uribe y se puso de tú a tú con Petro.Pero quizás la peor parte del llamado centro, que erráticamente ahora todos se lo pelean, es la de no tomar partido en la batalla final.

Tomarse su tiempo y hacer cálculos para determinar si existe un peligro real deja ver lo blanditos que han sido quienes se pretenden quedar con la camiseta del centro. Fajardo, Claudia y Juan Daniel Oviedo con menos peso específico del que creen tener se dan hoy el lujo de pensar con pausa a quién a poyar y a quién enfrentar. Claro lo más cómodo es decir no quiero nada con nadie y muero de pie contra los dos peores.

Pero lo responsable es identificar el enemigo principal y aliarse con el enemigo secundario, eso es parte del abc de la táctica política, si es que tienen hoy nivel de pensar en la estrategia.

Dar rodeos frente al peligro de la constituyente que promueven Petro y su candidato Iván Cepeda, así escondan la mano después de tirar la piedra no es ser tibio, es hacer las del avestruz. Ignorar las advertencias del constitucionalista Mauricio Gaona sobre el peligro de que Colombia puede estar ante las ultimas elecciones democráticas porque lo que se viene si gana el heredero es la dictadura constitucional y el desmonte de los contrapesos para instaurar una tiranía, no es ser de centro, es estar en esa orilla vergonzantemente.

Hacerse el de las gafas frente a la forma en que se obtienen votos para Cepeda en los territorios en la esfera de influencia de las guerrillas no es ser neutral es ser cómplice a la chita callando del proyecto Petro- Cepeda.

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