Por: Fernando Álvarez
Siempre se ha dicho que los colombianos tienen la tendencia a votar por el que va ganando para apostarle al voto útil. Por eso tanto aspirantes como electores cifran sus esperanzas en las decisiones que toman a partir de las encuestas. Los que son fieles seguidores ideológica o políticamente marcan en este tipo de sondeos, pero los que dudan y se preocupan por ser partícipes de la determinación final, por hacer más hacen menos, terminan en el triste ejercicio del voto inútil.
Saben que votar por candidatos diferentes a los que muestran posibilidades reales como Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella o Paloma Valencia, no suma y que su voto solo es una especie de constancia histórica. Este voto no solo indica que no creen en los que marcan, sino que les da igual sí termina o no incidiendo en el fiel de la balanza. De otro lado están los colombianos escépticos o apáticos.
Buena parte de ellos se decide emocionalmente en el último mes y ahí juega bien el que sabe manejar las pasiones, incluso las bajas. Aparte hay un porcentaje importante que se podría llamar el de los indolentes, unos resentidos, otros desconfiados, desencantados y hasta los cínicos, al final son lo que coloquialmente se llama importaculistas, que prefieren hacerse los de la vista gorda.
Creen ingenuamente que su abstencionismo es una postura no política y se lavan las manos como Pilatos porque no participan. Pero en la práctica terminan por ser los principales responsables de las desgracias electorales que sufren cada cuatro años los colombianos. Su indiferencia es cómplice, su desidia cohonesta con lo que rechazan y su desgano suma, pero en el sentido contrario. En esta ocasión los indecisos tienen unos referentes que obviamente los ayudarán a tomar partido.
Sergio Fajardo ya ha mostrado guiños a Iván Cepeda y habla de que es un hombre serio y comprometido. Se puede estar ganando el ministerio de educación durante los primeros meses de gobierno, sí gana Cepeda y juega a la apertura. Sergio no le ve muchos defectos a Cepeda mientras que a Abelardo no le ve ni un mérito y jura que por nada del mundo lo apoyaría, casi que con Daniel Coronell votaría primero por un zapato, y quedaría como tal. Sergio deja ver que no le jalaría a la palomita en el ministerio de educación sí gana Paloma Valencia.
Sería mejor irse a ver ballenas 2. En cambio, Claudia López no dijo que no votaría por Paloma. Se puede estar ganando el ministerio de la igualdad. También dice que con Abelardo de la Espriella ni a la esquina.Pero se equivocan quienes creen que hay que pelearse el centro. El centro ya está jugado y tiene claro para dónde cogerá en la segunda vuelta. Y sin mucha encuesta se puede calcular que se va a repartir miti-miti porque la mitad de los que se ubican en ese centro indeterminado no quiere nada con los que ve en los extremos.
Allí están distribuidos por parejo los que odian a Gustavo Petro y los que odian a Alvaro Uribe. Y terminan tibios porque no se la juegan, no arriesgan y de alguna manera son cómodos. Son un poco light. Pero en concreto el centro es amorfo, es apático y es un poco veleta. Por si fuera poco, hoy no hay un líder que entusiasme la actitud pasiva y casi permisiva del centro. No es altiva ni enérgica, es crítica pero insípida.
El centro genera un voto que no inspira, que no asusta. No caza peleas, pero no despierta el más mínimo fervor.Por eso cuando Paloma Valencia ganó de lejos la Gran Consulta cometió un craso error, mató el tigre y se asustó con el cuero. Por creer que debía hacer concesiones al centro terminó por ceder a las presiones del que perdió. No aprovechó que Daniel Oviedo se le puso remilgoso para haber nombrado como fórmula vicepresidencial a alguien que le hubiera sumado en el espectro de los indecisos, que despertara entusiasmo en los escépticos o que tuviera capacidad para seducir a los abstencionistas.
Estos no son el centro, están por fuera de las orillas, pero en el borde. Paloma por derecho propio ya tenía los votos de Oviedo que votarían por ella, pero por hacerle la venia a posturas sonoras, más por sexistas que por centristas, perdió simpatías en la derecha y se desdibujó donde era fuerte, lo cual terminó por visibilizar aún más a El Tigre.
Por esta razón ganará las elecciones presidenciales quien logre convencer apáticos, o seducir indecisos, que ni son de centro, ni de derecha, ni de izquierda. Son desdeñosos, displicentes con todos y difíciles de convencer porque no comen cuento. Se requiere alguien que logre sensibilizar a los incrédulos y recelosos como lo hizo el cura Camilo Torres en su Mensaje a los no alineados en los momentos en que enfrentaba al Frente Nacional. Con magistral talla de sociólogo invitó a los abstencionistas a identificar el carácter de oposición que tenía su postura, pero les propuso convertirla en activa y beligerante. Llamaba a “No votar, organizarse y luchar”. Hoy hay que arengar para invertir la ecuación.
Su No Voto cuenta. Abstenerse es dejar el camino libre a los corruptos. Su apatía no es protesta, es legitimidad para que suceda lo que no quiere. Y ganará el que más grandeza muestre. Abelardo de la Espriella se ve como outsider y debe mantener esa estatura. No se puede resbalar por el despeñadero en que cayó Vicky Dávila cuando enfiló baterías en su contra.
No debe replicar lo que hicieron los de la Gran Consulta para descalificarlo. Por más que llueva, truene o relampaguee El Tigre no debe permitir que su campaña la emprenda contra Paloma Valencia. Es su aliada estratégica. Debe seguir en la tónica de al bagazo poco caso. Ripostar le quita altura y es más lo que le resta que lo que le suma. La clave es la denuncia puntual al gobierno corrupto y a la forma en que Gustavo Petro mete descaradamente la mano a las elecciones. A los indiferentes se les gana con hechos concretos y evidencien sobre las malas intenciones del presidente, como la de generar dudas sobre el sistema electoral. Hoy la tarea no es ganarse al centro, ni despotricar de los partidos tradicionales. Eso ya no vende.
El Tigre no debe dejar que Salvación Nacional se salga de madre. No sirve decir que son distintos si hacen lo mismo. Eso lo dicen todos y nadie lo cree. En eso se parecen todos los candidatos. Cada uno cree que la gente le cree que es distinto y en lo único que se distingue realmente es en el grado de ingenuidad y desconocimiento sobre la realidad. Cada uno es pagado de sí mismo, a su manera, y piensa que la gente se impresiona con su particular estilo, pero ignora que la gente admira cosas de todos y rechaza cosas de todos, solo que la gente también tiene su manera. Y en visita todos son buenos. O sea, delante de ellos son admiradores. En eso son iguales todos porque ignoran que la gente admira con reservas el particular estilo de todos.
Sus fanaticadas son las únicas que creen que son distintos y cada bando ignora que todos quieren hacer la distinción a partir de inventarse un distintivo, un sello de calidad que los diferencie, o un toque de distinción que los haga únicos, pero todos caen inevitablemente en lugares comunes. Todos defienden la democracia, pero cada uno la entiende a su manera. Para unos la democracia es que los pobres sean visibles y se empoderen en cargos oficiales sin importar sus capacidades o habilidades, sin contar con el conocimiento y mucho menos con una postura ética sobre lo público. No es que les interese lo social, en el sentido de preocuparse por las angustias de la sociedad en general.
Les importa quedar bien con unos, aunque no impliquen a la sociedad en su conjunto. Que se beneficie un sector así sea en detrimento del otro. Todos defienden a los pobres, solo que unos a los pobres pobres, otros a los pobres empresarios y otros a los pobres ricos. Pero nadie tiene una formula para generar riqueza o para producir recursos, multiplicar patrimonios, obtener propiedades o construir futuro, que es una manera de eliminar índices de pobreza.
El recurrente discurso contra los ricos no produce riqueza, pero deja la sensación de que alguien se preocupa por los pobres. Los que saben generar riqueza no saben transmitirlo, no saben ganar simpatías mostrando hojas de ruta o indicando caminos. Saben que no hay que regalar el pez, pero no saben cómo enseñar a pescar. Hasta ahora lo que todos han demostrado es que no saben cómo voltear la animadversión que genera la abstención, no han logrado convencer que el No Voto es útil para que las cosas sigan igual.
