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El espejismo del voto en blanco de cara a la segunda vuelta

por El Expediente
junio 18, 2026
en Opinión
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El espejismo del voto en blanco de cara a la segunda vuelta
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Por: José Fernando Torres Fernández de Castro

La suerte está echada. Este domingo Colombia resolverá si opta por un sistema de libre empresa, en que prevalezcan las libertades y la democracia, o si opta por un sistema comunista. La verdad es que no se trata de una elección enteramente libre.

De todos es sabido que en las zonas rojas en donde el peso de los grupos armados ilegales se hace sentir en su totalidad, el voto no es libre, espontáneo o consciente, sino que se produce bajo la presión de las armas y por miedo, para favorecer a Cepeda, sin que las autoridades lo impidan, cuando la Constitución preceptúa que “El Estado velará porque se ejerza sin ningún tipo de coacción (…)”. No lo impiden las FFMM, cuya conducción política, a mi juicio, no ha estado a la altura del honor ni de la dignidad que el cargo reclama. Tampoco se advierte una reacción eficaz de las autoridades electorales, que, a mi juicio, lucen inermes frente a lo que está sucediendo cuando deberían impedir el voto en esas condiciones. No existe razón alguna para que, en una democracia, por imperfecta que sea, se reconozca un voto obtenido de esa forma. Tampoco lo impide el gobierno, el cual, empecinado en que gane su candidato, ha puesto todo el aparato estatal en beneficio de aquel y ha diseñado políticas populistas de última hora encaminadas a ese fin, además de que, según se ha denunciado, dispondría de recursos públicos y de la propaganda estatal para respaldar las movilizaciones y actos de campaña de su candidato, sin el decoro que cabría esperar, con las dificultades existentes para ponerle oportunamente coto.

Esta campaña ha sacado a flote los peores sentimientos de no pocos líderes y figuras influyentes que, en lugar de enfilar sus diatribas contra Cepeda, prefirieron atacar a Abelardo de la Espriella y equipararlo con aquel, equiparación que solo se explica por la maledicencia o el deseo de que gane Cepeda. No los movía el amor a Colombia —que exigía respaldar a quien tuviera mayor probabilidad de derrotar a Cepeda—, sino otros intereses, y olvidaron que el péndulo de la historia, tras cuatro años en la extrema izquierda, reclama moverse hacia el lado que representa un mayor bienestar para la sociedad. Por fortuna, pudo más el discurso empático de Abelardo y una campaña impecable, alegre y fervorosa, que supo apelar a las emociones; hasta eso le critican, como si las emociones no fueran decisivas para conquistar el voto popular. Algunos, en vísperas de la elección, dicen ahora que votarán a regañadientes por él, cuando el momento exige acompañar con decisión a la dupla Abelardo/Restrepo, la única capaz de derrotar la opción comunista.

El momento ha servido para identificar a muchas personas que disparan contra la democracia y las libertades, agazapados, no detrás de árboles a la manera de los grupos armados por fuera de la ley, sino detrás de la tribuna de la prensa, bajo el amparo de una mal ejercida libertad de prensa —esa misma de la cual no gozarían en regímenes totalitarios—. Escriben columnas y artículos enderezados a impedir que cristalice la presidencia de Abelardo: en unos casos propalando infundios; en otros, enarbolando desesperadamente tesis sobre supuestos impedimentos para que ocupe la presidencia, no solo de última hora sino carentes de asidero jurídico; y en otros llorando por supuestas violaciones al derecho internacional por parte de Estados Unidos por haber extraído a Maduro, a pesar de conocerse la nefasta influencia de este sobre los grupos armados ilegales. Jamás criticando a Petro ni sus intervenciones contrarias al derecho internacional —esas sí contrarias— al inmiscuirse en asuntos internos de otros países. Predican objetividad, pero solo muestran una cara de la moneda.

También ha servido la campaña para identificar a otros que disparan agazapados bajo el amparo de redes sociales y de grupos de WhatsApp, generando presión para que solo se hable de su candidato y cercenando la libre expresión, sin reconocer que por encima de los candidatos está Colombia y que ello obligaba —y obliga— a votar por quien pudiere derrotar al comunismo y la continuidad de Petro. No es un asunto de malquerencias personales, ni de preferencias, sino de realismo político, de pragmatismo: salvar la democracia, las libertades y los principios de la libre empresa.

La disyuntiva es clara: o se vota por el continuismo de Petro y el comunismo que representa Cepeda o se vota por la democracia, las libertades y la libre empresa, que es lo que representan Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo. El voto en blanco solo favorece a Cepeda. No se puede ser neutral en esta coyuntura pues ello equivale a tomar partido por el bando de Petro.

Conviene, además, despojar al voto en blanco del aura de instrumento de protesta que algunos le atribuyen, porque en esta segunda vuelta no lo es. El parágrafo primero del artículo 258 de la Constitución solo ordena repetir la elección cuando el voto en blanco obtiene la mayoría en la primera vuelta presidencial; de las segundas vueltas no se ocupa. Así lo ha reiterado la Registraduría Nacional: en el balotaje el voto en blanco es apenas una casilla que se contabiliza por separado, que no se suma a ningún candidato y que no obliga a repetir comicio alguno. Quien lo deposite creyendo que abre la puerta a nuevas candidaturas o que castiga por igual a los dos contendores, se engaña: la Presidencia quedará, indefectiblemente, en manos de quien obtenga más votos entre Cepeda y Abelardo.

De ahí que el voto en blanco, lejos de ser neutral o inocuo, sea en la práctica un voto contra la democracia. En una contienda de dos, la abstención disfrazada de pulcritud no reparte su efecto en partes iguales: alivia la tarea del candidato cuya votación está cautiva —la del aparato estatal, la del miedo y la de las maquinarias— y resta, en cambio, del caudal que necesita quien debe vencerlo. Cada voto en blanco es un sufragio que se le niega a la libertad y que, por simple sustracción de materia, termina favoreciendo a Cepeda. No hay allí matiz posible: en la aritmética del balotaje, no sumar a quien puede derrotar al comunismo es, llanamente, contribuir a que el comunismo gane.

Y es preciso desnudar la falsa superioridad moral que suele escudar al voto en blanco. Quien se refugia en él para no “mancharse” con ninguna opción no se sitúa por encima de la contienda, sino al margen de ella, justo cuando el país menos puede darse el lujo de espectadores. La pretendida pureza de no elegir es, en el fondo, una forma elegante de renuncia, y la historia no absuelve a quienes, pudiendo inclinar la balanza hacia la libertad, prefirieron lavarse las manos. Ante la disyuntiva de salvar o no la democracia no existe terreno neutral: hay quienes la defienden y quienes, con su omisión, la entregan.

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