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El desafío de hablar de frente: un capítulo exclusivo de la explosiva autobiografía de María Fernanda Cabal

por El Expediente
diciembre 10, 2025
en Corrupción
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El desafío de hablar de frente: un capítulo exclusivo de la explosiva autobiografía de María Fernanda Cabal
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​En el lanzamiento de su autobiografía en Bogotá, la senadora y precandidata presidencial María Fernanda Cabal ofrece un testimonio que, según ella, rompe con el silencio y lo políticamente correcto. Este extracto del libro revela la esencia de su plataforma política y personal: una defensa de la convicción sin adornos y una crítica frontal a lo que la autora denomina la «realidad invertida» en la sociedad colombiana.

​Cabal aborda su postura innegociable frente a la violencia, la paz y la justicia, cuestionando abiertamente la legitimidad de las negociaciones con grupos armados y la interpretación que la izquierda le dio al Paro Nacional de 2021. Con la misma fuerza con la que protagonizó el debate de moción de censura contra el entonces ministro de Defensa, Diego Molano, Cabal sostiene que aquel «estallido social» fue una «toma narcoterrorista» orquestada.

​A continuación, un adelanto del capítulo completo de su libro, donde la senadora explica por qué, tras acercarse a la muerte, decidió que su misión no es otra que «decir lo que pienso sin pedir permiso.»

LA FUERZA DE UN DISCURSO

​No es tan sabia la sabiduría popular cuando pretende enseñarnos que “en boca cerrada no entran moscas”, como aconsejando que si nos quedamos calladitos no tendremos problemas. Semejante moraleja es un insumo fundamental de las dictaduras, una definición de la libertad coartada por el temor y un sinónimo de pusilanimidad y cobardía.

​No es lo mío, definitivamente. Soy una mujer que dice las cosas de frente, sin temor a los censores de la moral ni a los jueces de lo políticamente correcto. Si me quedé en este mundo, después de acercarme a la muerte, no fue para callarme, sino para decir lo que pienso sin pedir permiso; para defender con fuerza mis convicciones y enfrentar con valor la mentira y el engaño. No es fácil, pero es una condición necesaria en el quehacer político bien entendido como servicio público… Hay muchas moscas revoloteando.

​Con esa actitud, y aún desde antes de entrar al mundo azaroso pero gratificante de la verdadera política, he recorrido este país lleno de riquezas, de maravillas naturales y gente buena, pero también de víctimas de todos los males y delitos, comenzando por los millones de víctimas del abandono del Estado en campos y ciudades.

He caminado junto a ellas, que han sufrido, a manos de grupos narcoterroristas de toda laya, el asesinato de los suyos, el secuestro, la extorsión, la tortura, el desplazamiento, y también junto a las víctimas del que considero un crimen horrendo: el robo de los niños y adolescentes para la guerra.6
​Hay quienes todavía creen, bobaliconamente hipnotizados por el progresismo populista, en la “Paz Total” de Petro, los mismos que se dejaron embaucar con la paz “estable y duradera” de Santos.

Otros, incluido mi esposo, han querido creer en otra oportunidad a la paz negociada, pero han terminado perdiendo la fe en la mentirosa voluntad de estos bandidos. Yo no la he perdido, porque nunca la he tenido. Creo en una última oportunidad de sometimiento a la justicia ordinaria –a ninguna otra– con ventajas penales transitorias, pero con plazos y condiciones perentorios. La Ley de Justicia y Paz es un buen ejemplo, aunque quizás yo sería menos indulgente.
​

La experiencia de la Seguridad Democrática me enseñó que con los violentos no se negocia; se los enfrenta, se los somete a la justicia. El diálogo es un lujo que un país asediado por la violencia no puede darse, y la impunidad no solo insulta la dignidad humana de las víctimas, sino que envía un mensaje social inverso y negativo.

​El filósofo brasileño Olavo de Carvalho, llamaba realidad invertida a ese fenómeno perverso en el que el bueno se convierte en malo y viceversa, en que la impunidad se disfraza de paz, el terrorismo se vuelve resistencia y los valores son tergiversados hasta el punto en que la sociedad termina viendo al criminal como víctima; al policía como verdugo, y el delincuente adquiere más derechos que el ciudadano de bien.

Es la inversión total de la moral de una sociedad en la que, en nombre de los derechos humanos, el lenguaje se manipula para justificar lo injustificable.

​Cuando reviso por última vez estas líneas (octubre 15/25), el frente Jaime Martínez de las disidencias raptaron a dos niñas indígenas en el corregimiento de Timba, municipio de Buenos Aires, Cauca, y dispararon contra la comunidad que intentaba evitarlo. Ante la justicia impune de la JEP, el Secretariado de las FARC reconoció responsabilidad en el reclutamiento forzado de más de 18.000 menores.

​Y si hubo un momento que encarnó esa realidad invertida, fue entre abril y junio de 2021, cuando Colombia vivió uno de los capítulos más oscuros de su historia reciente: bajo la fachada de un “estallido social”, se desplegó una verdadera toma narcoterrorista, planeada y financiada para desestabilizar al país, destruir la propiedad privada, sembrar el terror en las calles y humillar a nuestra Fuerza Pública.

​No fue una protesta espontánea ni un clamor popular legítimo: fue una operación orquestada por las mismas fuerzas que siempre han buscado arrodillar a Colombia ante la violencia terrorista y el caos. Grupos armados ilegales, como las FARC y el ELN, financiados por el narcotráfico, infiltraron las movilizaciones, mientras alcaldías y gobernaciones permisivas se convertían en cómplices silenciosos de la anarquía.
​Las llamadas ‘Primeras Líneas’ no fueron jóvenes idealistas, como intentaron vender los medios afines a la izquierda; fueron verdaderos comandos urbanos, entrenados, armados y financiados para atacar policías, bloquear ciudades, destruir la infraestructura de transporte, incendiar los CAI, asaltar comercios y someter barrios enteros al miedo y la violencia.

​La parálisis fue brutal: más de 1.500 bloqueos en las principales vías nacionales causaron desabastecimiento de alimentos, medicamentos y oxígeno para los enfermos. Más de 3.000 policías heridos, decenas de ambulancias atacadas, hospitales sitiados, y ciudades como Cali secuestradas bajo el terror.

​En Buenaventura, el principal puerto sobre el Pacífico colombiano, bloquearon durante semanas las vías de acceso e inmovilizaron toneladas de carga, colapsando terminales marítimas y obligando a las navieras internacionales a suspender operaciones. El comercio exterior sufrió sobrecostos logísticos que, según Analdex, superaron el 400 %, y exportaciones clave como las de café y azúcar se retrasaron por semanas.
​Mientras tanto, desde el extranjero, grupos de extrema izquierda promovían una guerra mediática para presentar a Colombia como un Estado represor, ignorando deliberadamente quiénes habían iniciado la violencia.

​Ese paro criminal, cuyo principal instigador llegaría a la Presidencia de la República en 2022 por cuenta de la insensatez de la clase política ‘tradicional’, desató una tragedia nacional: paralizó la economía, colapsó las cadenas de suministro, destruyó la infraestructura pública, desmoralizó a la Fuerza Pública y llenó de miedo a millones de colombianos.
​
Pero lo más indignante vino después: en un acto de cinismo absoluto, la izquierda no solo defendió a los violentos, sino que decidió perseguir a quienes intentaron defendernos. El 4 de mayo de 2021, congresistas de oposición encabezados por Iván Cepeda citaron a moción de censura al ministro de Defensa, Diego Molano, acusándolo de “militarizar las ciudades” y de “violar derechos humanos”, cuando en realidad había actuado para proteger la vida, la propiedad privada y el orden democrático.

Era la jugada perfecta de la realidad invertida: convertir en criminal al que enfrenta al crimen.
​Recordemos que era mayo de 2021, cuando todavía estábamos en pleno confinamiento por la pandemia. Los congresistas teníamos autorización para participar en los debates de manera virtual, pero yo estaba indignada. Sentía que debía dar la cara, no esconderme detrás de una pantalla como muchos hicieron, así que hablé con mi equipo y decidimos ir al Congreso.

​Cuando llegamos, lo que encontramos fue grotesco. El recinto, que debería ser un templo de la democracia, parecía un museo improvisado del engaño. Habían cubierto las mesas de la directiva con fotografías de las supuestas víctimas del ESMAD7.

A raíz de los esfuerzos del ESMAD para contener el vandalismo terrorista de 2021, esa unidad fue calificada de violenta y asesina por el entonces senador y precandidato Petro, por la izquierda y por otros sectores de centro. Una vez en el
​genes impresas, seleccionadas cuidadosamente para manipular emociones y reforzar la mentira de una juventud “inocente” masacrada por el Estado.

​Las redes sociales ya estaban inundadas de desinformación, de noticias falsas y montajes para mostrar al ESMAD como victimario y victimizar a quienes habían participado en el vandalismo y la destrucción. Ver todo eso ahí, en el corazón del Congreso, aumentó mi indignación. Y como siempre he hecho en mi vida: de frente, sin miedo, dije lo que pensaba en un discurso que estructuré minutos antes de salir.

Y aunque vivimos la era de la imagen y su inmediatez, que tiende a desvalorizar la palabra, yo creo profundamente en la fuerza de la palabra que brota de las convicciones profundas, en la fuerza del discurso que sale del alma con capacidad transformadora, como me salió el de ese 4 de mayo de 2021. Aquí lo comparto.

​“Quiero iniciar esta exposición señalando mi sorpresa por el nivel de desinformación que existe en el Congreso de la República. La verdad que tanto se ha reclamado aquí, dizque con los acuerdos de paz, es la que brilla hoy por su ausencia.
​¿Acaso no hemos presenciado todos la barbarie que se ha vivido? A mí que no me vengan a decir que, durante cuatro semanas, bloquearon el departamento del Valle y la ciudad de Cali –la tercera más importante de Colombia–, y que eso fue una protesta espontánea.

​¿A quién pretenden engañar? Aquí los responsables ni siquiera son esos jóvenes que ustedes exhiben como un ​gobierno, aunque se había prometido su desmantelamiento, cambió su uniforme, su capacidad operativa y su nombre, pasando de ser la Unidad Móvil Antidisturbios, a la Unidad de Diálogo y Mantenimiento del Orden –UNDMO. El diálogo… siempre el diálogo.
​trofeo, porque ustedes son los que los mandan a la guerra. ¡Cobardes! Salgan ustedes a guerrear si son tan marxistas y revolucionarios. Al lado de esos muchachos deberían estar los 1.035 policías heridos, más los asesinados.

​Que a mí me diga el senador Velasco, ¿cómo responde un policía proporcionalmente, haciendo uso de la fuerza cuando le explota una bomba Molotov? ¿Dónde está escrito eso? A mí que me digan cómo se defendía el policía Briñez de un tiro de fusil cuando el ESMAD sale desarmado. Porque ustedes además han insistido en que se desarme y van a dejar una policía completamente desprotegida, porque la vida del policía no vale nada para ustedes.

​Hoy están usando todo el discurso para decir que a ustedes les preocupan los policías porque son humildes. Ustedes los han estigmatizado como hicieron en Popayán, falseando la verdad de lo que pasó con una niña.
​Menos mal el delegado de Derechos Humanos lo grabó todo. Porque aquí lo que buscan es destruir la moral de la Fuerza Pública. Aquí hay jóvenes entrenados –como bien lo advertía Herbin Hoyos, que en paz descanse–como células urbanas del ELN.

​Están financiados, y esa información tiene que entregarla el ministro de Defensa y los organismos de inteligencia del país.
​Así como paga la disidencia de las FARC, así como llega el dinero del norte del Cauca –lo digo porque lo sé–, también llegan armas para seguir los bloqueos. Pero les parece normal, dizque es la protesta social. Hasta dónde va a soportar esta sociedad.

​La sociedad buena –así les moleste–, la gente de bien, la que trabaja –rica y pobre–, se merece tener la mejor Policía y el mejor Ejército del mundo, pero no se merece esta clase política desvergonzada, que no ha hecho sino robar, robar y robar.
​¿Y ahora nos enseña paz? Y tenemos que escuchar al señor Alexander López, como si fuera juez. Pero no les importó todo lo que hicieron las FARC con los niños. No les importaron los niños desaparecidos de las FARC, porque por eso no él no pregunta. Pregunta por la propaganda política de desaparecidos que todos los días aparecen, porque se los llevan detenidos.

​¡Dejen de invertir la realidad! Respeten a la gente buena, respeten al trabajador que no puede llegar porque le incendian el medio de transporte, respeten al empresario porque ese no roba, ese pagó los impuestos que aquí se roban.
​Empecemos por decirnos la verdad. Y no voy a hacer un pacto con nadie que no respete los mínimos éticos de una sociedad de valores. A esos muchachos los llevaron a la guerra ustedes, los políticos de izquierda que les fascina decir que Colombia es un Estado genocida. Pero no les preocupa que haya aquí diez curules para los que no pagaron un día de cárcel.

​¿Y ahora nos someten a un diálogo con los Elenos? ¿Quién eligió el Comité del Paro? ¿Qué legitimidad tienen unos sindicalistas que hasta su propia elección es cuestionada? Ellos deben ser judicializados por los niños muertos. Porque si una ambulancia no llega, eso es un crimen de guerra. Nadie piensa en ellos.

​Quiero recordar hoy, para terminar, al Policía que está en la UCI quemado vivo, porque ahora les gusta quemar vivos a los policías, y eso no se lo muestran a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ni a la señora de la ONU. Allá se fueron a pasear, a denigrar de Colombia para que nos dejen sin soporte a la Fuerza Pública, para que la gente de bien quede desprotegida, porque quieren generar una guerra civil.

​Porque los del golpe de Estado son ustedes. Senador Petro, los del golpe de Estado son ustedes. Ustedes son los que suplantaron las reglas del juego de la democracia, las reglas del juego de la mayoría.

​En ese debate dije lo que he repetido muchas veces desde entonces, para que a nadie se le olvide: “No fueron manifestaciones pacíficas. Fue violencia sistemática, organizada y financiada”.

​Los titulares recogieron el discurso al día siguiente. “Cabal respalda a Molano y acusa a la izquierda de proteger a violentos”, tituló Blu Radio. “¿Qué saben ustedes de guerra?”, pregunté con toda la fuerza a quienes se permiten juzgar desde su burbuja ideológica. La FM no tardó en hacer eco de esas palabras.
​No había terminado aún el debate y un video de mi intervención ya rodaba por los celulares de todo el país, especialmente entre los policías del Escuadrón Antimotines, que por esos días custodiaban el Congreso. Cuando salí, me estaban esperando. Se acercaron, me dieron la mano y me agradecieron. Ese, para mí, fue el mejor reconocimiento.

​Esa tarde supe con absoluta claridad que me había salido de la manada. Marqué distancia. En ese momento –mayo de 2021– no éramos oposición y nadie pensaba que lo seríamos en el siguiente cuatrienio. Por el contrario, estábamos convencidos de que seríamos gobierno. Sin embargo, ante el Congreso de entonces, y ante el país, ese día consolidé una posición clara contra las narrativas perversas de la izquierda, contra esa realidad invertida que estaban plantando con éxito en amplios sectores de la sociedad que la politiquería tradicional siempre había conquistado con una lechona y dos tejas.

​Frente al descalabro electoral, el precedente de ese discurso me convirtió en figura de la oposición y, desde entonces, no he dejado un solo día de denunciar la corrupción, el despilfarro y los escándalos del Gobierno, las decisiones ideologizadas y erráticas que han afectado al país en materia de salud, educación, pensiones, política energética y relaciones exteriores, solo para mencionar las más sonadas, y, sobre todo, porque rechazo con indignación y contundencia las negociaciones con terroristas, y apoyo el fortalecimiento de la Fuerza Pública para enfrentarlos.

​Esa intervención no fue solo un discurso: fue una declaración de principios. Fue una proclama de coraje para un país cansado del miedo disfrazado de mesura. Y esa noche, lo sentí: había comenzado a consolidarse un liderazgo sin adornos, sin miedos y sin compromisos con el silencio.
​Pero, para entender de dónde viene esa fuerza, esa obsesión que tengo por la verdad, esa necesidad de pararme firme sin importar el costo, hay que mirar más atrás. Mucho antes de mi paso por Congreso…, mucho antes de las cámaras y los titulares

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