El cinismo de una sociedad enferma radica en su doble moral y en un eslogan acomodado y cobarde de «…los prefiero en el Congreso que en las armas…». Bajo esa premisa retorcida, hoy se sataniza y se persigue a un abogado como Abelardo De La Espriella, quien, en el ejercicio legítimo y transparente de su profesión, siempre defiende la institucionalidad.
Cuando Abelardo aceptó la defensa de ciertos delincuentes en su carrera, lo hizo bajo una bandera clara: lograr su rendición absoluta ante la justicia, exigirles negociaciones que los sacaran definitivamente de las calles y obligarlos a entregar sus fortunas y bienes para el beneficio real de la sociedad civil. Defender la ley, someter al criminal y exigir la entrega de sus riquezas ahora es visto como un crimen por los mismos sectores políticos que hoy abrazan a los violadores de niños en el Capitolio.
El contraste es moralmente irreconciliable. Mientras Iván Cepeda representa la progenie del terrorismo y la continuidad de un modelo corrupto y arrodillado, cómplices de grupos criminales que jamás han cumplido ni cumplirán su palabra, Abelardo de la Espriella se planta con firmeza y anuncia un camino sin medias tintas: con los criminales no se negocia la Constitución; al terror se le somete con la ley. Corresponde a los colombianos despertar de la anestesia y decidir si quieren seguir habitando el infierno del cinismo o recuperar, de una vez por todas, la dignidad de la patria.
Cuando la indolencia se volvió política de estado
Nos vendieron la charlatanería más cruel de nuestra historia: la idea absurda de que un movimiento que ampara, justifica y protege a criminales de lesa humanidad era el llamado a cuidar el país. Nos hicieron creer que aquellos que vaciaron los campos con el secuestro y la extorsión serían los administradores ideales de los recursos de la nación. Nos exigieron olvidar que ellos mismos reclutaron, violaron y fusilaron a niños campesinos por el único «delito» de extrañar a sus padres.
En los archivos de la Justicia Especial para la Paz (JEP) reposan testimonios que hielan la sangre; verdades monstruosas ante las cuales los victimarios hoy, no muestran el más mínimo remordimiento ni la intención real de reparar a quienes destruyeron. Allí están grabados los horrores de monstruos como alias «Tornillo», un demonio del que los niños reclutados huían para esconderse en los campamentos; un sádico que abusaba de menores de diez años hasta provocarles destrozos internos irreparables, dejando a los que no sobrevivían enterrados en fosas comunes. ¿Cómo se puede tener alma y defender esto? Como el dolor no es de ellos, perdieron por completo la humanidad.
El «Sicariato Digital»: desarmando la mentira en vivo
Juegan sucio. Intentan engañar a la mayor cantidad de personas a punta de mentiras y, si no lo logran, distorsionan la realidad a través de ataques mediáticos sistemáticos. Sin embargo, la astucia de Abelardo es superior; tiene la rapidez mental necesaria para desarmar a estos activistas en vivo y dejarlos en evidencia.
Un ejemplo perfecto de esto sucedió con Jan Pizón, del portal digital Ahoraí de Cartagena. Este episodio se volvió un tema álgido en el debate público cuando intentaron arrinconar a de la Espriella usando la conocida narrativa de la izquierda para frenar las operaciones militares: la contra pregunta sesgada de si su propuesta de mano dura implicaba «bombardear niños» en los campamentos ilegales.
La pregunta del activista no buscaba informar ni debatir una propuesta programática; era una emboscada retórica. De manera magistral, Abelardo le volteó el espejo moral. Al obligarlo a definir si para él combatir a los bandidos está «mal», expuso la enorme condescendencia y simpatía que esos sectores guardan hacia la delincuencia bajo la falsa excusa de las causas sociales. El momento cumbre del video, donde radica la mayor cobardía e hipocresía del comunicador, fue su salida en falso: «No es mi apuesta política, es la suya».
Con esa sola frase, el supuesto «periodista objetivo» firmó su propia partida de defunción profesional por tres razones:
- Admitió tener agenda: Un periodista serio y neutral no va a una entrevista a defender su propia «apuesta política»; va a cuestionar con base en hechos. Al usar la palabra apuesta, confesó abiertamente que actuaba como un militante que defiende los intereses del proyecto político de Iván Cepeda y el Pacto Histórico.
- Evadió la realidad moral: Al decir que combatir bandidos «no es su apuesta», dejó flotando en el aire una verdad incómoda: que para el espectro político que él defiende, la seguridad nacional, el uso legítimo de la fuerza y la protección de los ciudadanos no son una prioridad. Su apuesta es la indulgencia permanente a la delincuencia y el terror.
- Falta de valentía: Cuando de la Espriella lo confrontó con lógica pura, al activista se le acabó el libreto. No tuvo los pantalones para sostener su fachada humanista y prefirió esconderse detrás del micrófono, demostrando que su supuesta indignación por los niños de la ruralidad es solo un instrumento utilitario para hacer campaña.
La respuesta de Abelardo fue un golpe fulminante que desmanteló el libreto de este sicario digital:
«Hermano, tú no estás haciendo periodismo, estás haciendo activismo».
La carne de cañón: el dolor olvidado de las regiones
Mientras el discurso oficial y sus periodistas aliados maquillan la barbarie, la realidad de la fuerza pública y de los campesinos es un calvario diario que no da tregua:
- Héroes Mutilados y Asesinados: Miles de soldados y policías de las Fuerzas Armadas siguen siendo las víctimas de una guerra asimétrica. Hoy son mutilados por la espalda con francotiradores, destrozados por artefactos explosivos improvisados y atacados con la nueva y cobarde modalidad de drones cargados de explosivos.
- Campos Minados: Cientos de campesinos y niños pierden la vida o sus extremidades al pisar minas antipersona en los territorios rurales que el gobierno prometió pacificar con discursos vacíos.
- Terrorismo Sin Freno: El uso de vehículos cargados con explosivos ha vuelto a azotar las carreteras del país, mientras que los responsables de estas masacres son premiados por el decreto presidencial y nombrados «gestores de paz».
La desconexión del gobierno con la verdad, es absoluta y dolorosa. Ayer mismo, un niño de apenas 11 años murió en el Catatumbo luego de que un dron criminal dejara caer su carga explosiva sobre una iglesia. La semana pasada, cuatro campesinos fueron asesinados y sus hogares incinerados en total indefensión. A pesar de la sangre fresca, Iván Cepeda insiste en no levantarse de la mesa de negociación, justificando una «Paz Total» que solo le ha servido a los violentos para fortalecerse y someter al pueblo, autorizando el secuestro de niños en una farsa llamada “diálogos de paz”.
Conclusión: la fe sin obras está muerta
El destino de la nación está estrictamente en nuestras manos. No podemos ser tan ingenuos de escudarnos en un «Dios bendiga a Colombia» si en las urnas permitimos el triunfo de quienes quieren continuar el legado de un exguerrillero que arrastró al país al abismo del caos. El cambio real depende de nuestra responsabilidad absoluta al votar.
Santiago 2:17:«La fe, si no tiene obras, está completamente muerta».




