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Así me robaron en El Dorado: ¡Aviso para navegantes!

por El Expediente
octubre 24, 2021
en Opinión
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LOS GRANDES DESAFIOS DE COLOMBIA TRAS LA CRISIS DEL COVID-19
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Por: Ricardo Angoso

Vuelo 6585 de Madrid hacia Bogotá aterriza en la capital colombiana el día 21 de octubre a las 19,05 de la tarde. Todo normal, vuelo excelente, aterrizaje óptimo, pasamos el control migratorio y nos dirigimos a buscar nuestro equipaje. Tras una hora de espera interminable, a raíz del cansancio de más de diez horas de viaje, el equipaje nunca llega.

Trámites en Iberia, presentación de la reclamación oportuna ante la negligente y lenta funcionaria, expedición del documento por la pérdida y hastío mortal rayano al suicidio ante tanta espera, cansancio y letanía de justificaciones sin justificación alguna. Mal final de viaje y presagio de que las cosas, aún en el infortunio, todavía pueden empeorar. Y es que, como siempre, siguiendo el viejo adagio de la Ley de Murphy, «si algo malo puede pasar, pasará».

Claro que pasó. 20,40 horas, llamada de la oficina de Iberia en Colombia, anunciándome que mi maleta, por obra y milagro de la Virgen de Lourdes, había aparecido. Me la entregarían en la oficina de Colsubsidio que estaba a las afueras de la salida de vuelos internacionales. Todo iba bien, aparentemente, pero las cosas, siguiendo los inescrutables designios de la inexorable Ley de Murphy, se tendrían que torcer, no había otra salida posible en esa gélida y lluviosa tarde bogotana.

Llegó a mi apartamento, casi dos horas después de la casi misteriosa desaparición de mi maleta, y abro mi equipaje. ¡Sorpresa! Había desaparecido casi la mitad del mismo; alimentos, enseres personales, una chaqueta, unas tenis, hasta un queso feta de Grecia y un sinfín de otros objetos más. ¡El gran Houdini vive en El Dorado y no hace falta ir a verlo a otros escenarios! Qué gran misterio, dónde se habrían evaporado mis cosas, en qué agujero negro se habrían perdido las mismas.

Pero cuando a uno le roban, la odisea comienza después del robo y lo que empieza mal acaba peor todavía de lo imaginable a priori. La estación de la policía nacional de El Dorado nunca coge el teléfono y solamente lo hace los años bisiestos que terminan en treinta en diciembre; la oficina de Iberia Colombia aplica la misma norma salvo restricciones para aquellos que tienen la suficiente plata para llamar a las oficinas de esta compañía en Madrid que, de vez en cuando, incluso atienden el teléfono; y luego, en el aeropuerto de El Dorado, ni siquiera existen teléfonos de atención público, porque esa chusma, que por cierto les mantienen a todos ellos, no se merece nada de nada. Ni siquiera el olvido.

Un país donde la policía no atiende el teléfono, donde las compañías aéreas te tratan con absoluta inmisericordia y donde los operarios que tienen que devolver las maletas a sus sufridos viajeros les roban, ¿es acaso un país? ¿O qué es? He viajado por más de cien países del mundo y nunca me robó nadie nada de nada y menos una compañía aérea. Yo entregué mi maleta a Iberia en Madrid y en Bogotá la misma empresa me la devolvió; la responsabilidad es suya y de los ladrones de ese aeropuerto que sustrajeron mis bienes. ¿Dónde estarán ya?

Si escribo estas líneas, desde la impotencia, la ira y la rabia, es por si las mismas pueden a ayudar a otros incautos que se les ocurre llevar su equipaje en bodega y confiar en su línea aérea de siempre. Tengo todo el respeto por Iberia, siempre he viajado en esta compañía, y estoy seguro que lo ocurrido no es responsabilidad suya, sino de unos desalmados que denostan y erosionan el nombre de Colombia en el mundo. Cada persona que es robada en Colombia se convierte, en su país, en un embajador en contra de nuestra querida nación; es un desalmado que no merece ni compasión ni perdón, alguien que debería ser juzgado con la mayor severidad como traidor a la patria, como aquellos deleznables taxistas que mataron a un agente de la DEA para robarles sus pertenencias y mancharon el nombre de nuestra nación en todos los medios del mundo mundial, y valga la redundancia.

Epílogo:

Como estaremos de mal en nuestra querida Colombia que nadie, al día de hoy, me contestó de ninguna instancia a la que me dirigí, por varios medios, para denunciar mi robo, pero esta mañana, para mi sorpresa, desde Iberia España me contestaron que estaban estudiando el asunto para reponerme monetariamente del daño causado. Así estamos acá, en el más cruel de los desamparos y abandonados a la intemperie sin que nadie nos auxilie. ¡Qué tristeza de país! Lloro porque también soy colombiano como todos ustedes y veo que estamos cada vez peor y peor sin que nadie lo remedie.

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