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ADIÓS AL SÁTRAPA

por El Expediente
junio 9, 2026
en Opinión
Tiempo de leer:5 mins read
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Una Colombia llena de problemas
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Por: Jair Peña Gómez

El presidente de Colombia, Gustavo Petro, concluye un mandato marcado por una serie de enfrentamientos con las distintas ramas del poder público. El mandatario optó por amedrentar, injuriar y descalificar sistemáticamente a jueces, fiscales, legisladores y opositores en general, acusándolos de golpistas, corruptos y enemigos del pueblo.

La Real Academia de la Lengua Española define a un sátrapa como aquel hombre que gobierna de forma despótica o abusa de su poder. Palabras que le hacen justicia a un jefe de Estado que, a punto de abandonar el Palacio de Nariño, deja un registro de declaraciones y acciones que, para muchos analistas, encajan perfectamente en esa definición. Es un secreto a voces que su máxima aspiración era (y sigue siendo) una constituyente para refundar el Estado, pero al no contar con las mayorías, recurrió a la herramienta del más débil: el agravio y la amenaza velada contra quienes le hicieron contrapeso democrático.

Lejos, por no decir que en las antípodas de la institucionalidad, Petro mostró su verdadero rostro cuando la justicia le dijo que no a sus ambiciones dictatoriales.

Esta es una muy resumida recopilación de sus principales arremetidas, que ponen en evidencia su talante radical y autocrático:

Ataques a la justicia

En mayo de 2026, el Consejo de Estado suspendió un decreto que ordenaba el traslado de 25 billones de pesos de fondos privados a Colpensiones. La reacción de Petro no se hizo esperar. En un acto público en Timbío, departamento del Cauca, afirmó: «El magistrado y sus amigos… está cometiendo un delito y he ordenado su denuncia como me corresponde por la ley». Y, por si fuera poco, graduó al director de Asofondos (agremiación de fondos privados) como «ladrón».

La respuesta institucional fue unánime. La Corporación Excelencia en la Justicia (CEJ) anunció que acudiría a instancias internacionales como la CIDH para proteger al magistrado, advirtiendo que «la desinformación y la descontextualización de las decisiones judiciales deterioran la confianza institucional».

A decir verdad, el sátrapa no sólo atacó fallos específicos, sino la moralidad de los tribunales. Luego de la elección de Carlos Camargo como magistrado de la Corte Constitucional, el presidente aseguró que la designación fue un pacto de cuotas. «Magistrados a los que Camargo entregó puestos lo designaron para que senadores con puestos lo eligieran. Así no se hará justicia en Colombia». Y en esa misma línea, revivió el fantasma del Cartel de la Toga, asegurando que fue un mecanismo «de enriquecimiento ilícito vendiendo sentencias», construido —según él— por abogados de Cambio Radical para proteger líderes políticos.

Adicionalmente, en uno de los episodios más oscuros y manipuladores de su discurso, utilizó una tragedia de su propia familia para atacar a la Fiscalía. En mayo de 2026, señaló directamente al ente acusador por la pérdida de Laura Ojeda (pareja de su hijo Nicolás). El dignatario escribió en su cuenta de X: «Acabo de perder a un nieto por la barbarie de una fiscalía política y la codicia de los dueños de la prensa tradicional». Hecho que revela una característica muy propia de las mentes totalitarias: la de no reconocer límites entre lo personal y su investidura de gobernante.

El fantasma del fraude electoral

¡Es curioso! Cada vez que Petro gana, habló el pueblo, habló Dios y habló la democracia. Cada vez que pierde, o mejor, cada vez que se aproxima una apabullante derrota (como es el caso de la segunda vuelta presidencial), acusa un fraude.

En marzo de 2026, la Procuraduría pidió medidas cautelares para frenar la narrativa del presidente sobre un presunto fraude electoral. La respuesta del líder del Pacto Histórico fue un desafío abierto. «Por objeción de conciencia y por mi libertad propia no me dejó censurar de nadie», y acto seguido, exigió al registrador nacional: «Más bien que muestre el registrador qué pasó con el software y las más de tres mil mesas donde al Pacto le puso el software: ‘Null’».

Exmagistrados y miembros de la Registraduría han dicho que no existe ninguna evidencia técnica de tales anomalías, pero el presidente insiste en generar suspicacias sobre los organismos electorales, sembrando un manto de duda en la ciudadanía, ¿acaso para justificar un llamamiento a la sublevación popular? ¿Acaso para insistir en una Asamblea Nacional Constituyente? ¿Acaso para fraguar un auténtico golpe de Estado y no ceder el poder?

Hostilidad hacia las Fuerzas Militares

Aunque el pulso más duro lo tuvo con los jueces, la cúpula militar y los partidos de oposición no se salvaron de sus ataques verborrágicos. Petro siempre vio a la fuerza pública con recelo, señalando a los militares como herederos del uribismo y de la casta política.

La desconfianza de Petro hacia las Fuerzas Militares se notó desde el inicio de su mandato. Apenas llegó al poder promovió un relevo masivo de generales y almirantes, un verdadero «descremado», enviando un sólido mensaje: que buena parte de la oficialidad era incompatible con su proyecto político.

La guerra contra la libertad de prensa

Una mención especial la merecen los medios y los periodistas, quienes fueron sus blancos constantes. Todo aquel que osara expresar su opinión, siempre que fuera contraria a la imagen del presidente, automáticamente era catalogado como miembro de una «derecha criminal» o un «narcogenocida». Por ejemplo, cuando surgieron investigaciones en Estados Unidos sobre sus posibles vínculos con el narcotráfico (The New York Times), Petro salió al paso diciendo: «No me gustan los narcos porque son los genocidas de mi pueblo y los aliados permanentes de la derecha criminal».

Gustavo Petro deja tras de sí un legado, que no es precisamente el de la transformación por la vía democrática, sino el del intento fallido de subyugar a los poderes autónomos. Su forma de desgobierno, reitero, se acercó más a la del sátrapa que a la del estadista: menospreció a las cortes, insultó a los contralores, despreció el sistema electoral y mostró una incapacidad manifiesta para aceptar la derrota judicial.

Las instituciones colombianas resistieron por cuatro años sus embates, pero el fantasma de su ungido, Iván Cepeda, acecha. ¿Qué podría pasar si Petro continúa gobernando en cuerpo ajeno otro periodo? ¿Podrá soportarlo el sistema democrático colombiano? Es mejor pasar de ese experimento…

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